Movimento Operaio

La pagina di Antonio Moscato

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Dossier Venezuela

E-mail Stampa PDF

 

El debate en la izquierda latinoamericana. Tres visiones divergentes sobre Venezuela tras los resultados electorales del pasado domingo. (In attesa di traduzione in italiano…)

 

 

1)   LAS REVOLUCIONES Y SUS INTÉRPRETES

por Guillermo Almeyra

Cuando el descontento, la ira y la conciencia de mismas y de la necesidad de un cambio social ganan a las grandes masas de explotados u oprimidos éstos buscan la dirección que necesitan en los pequeños grupos de las clases medias más extremos afines a ellas (Oliver Cromwell y los “cabezas redondas “en Inglaterra, Robespierre-Saint Just y los jacobinos en Francia, Lenin y los bolcheviques en Rusia, militares nacionalistas y conservadores, como Perón, o nacionalistas antiimperialistas como Hugo Chávez, jóvenes estudiantes como Fidel Castro y la mayoría de los del Moncada).

Esa confluencia entre el levantamiento de los de abajo y los revolucionarios candidatos al poder aglutina a las masas detrás de ellos. Pero no para siempre. Porque las revoluciones-sean ellas democráticas, nacionales antiimperialistas o para avanzar al socialismo- no son eternas. Sus momentos iniciales, movilizadores y radicales, son breves, abarcan muy pocos años. Después tropiezan con dificultades, obstáculos, resistencias históricas, que las llevan a enarenarse o encauzan el proceso en la institucionalización, transformando la revolución en Estado.

Los procesos originados por una revolución pueden durar muchos años, pero a costa de la degeneración del proyecto inicial, como pasó en la Unión Soviética, en Cuba, o en los 17 años del chavismo. Quienes participaron en el impulso inicial mueren, cambian, son desplazados; a lo largo de los años, los que conocieron las condiciones anteriores al levantamiento y sus motivaciones motrices políticas y morales envejecen y sus hijos no tienen la misma relación que sus padres con un proceso al cual no le dieron vida y se guían frente al mismo por su situación actual. Buena parte de quienes votaron contra el chavismo en Venezuela fueron jóvenes que no pueden comparar el país con el pasado del mismo  pero repudian la escasez, la delincuencia, la inseguridad, la corrupción. Buena parte de los jóvenes cubanos, sobre todo en La Habana, no tienen memoria pero necesidades insatisfechas y sólo conocieron en su vida las dificultades del “período especial” de crisis y racionamiento o la apertura a los valores y el consumo capitalista traídos por el turismo.Para ellos,los llamados a defender el “socialismo” que no es tal, no tienen sentido.

No hay remedio contra eso salvo una clara conciencia y una permanente autocrítica por parte de la dirección del proceso revolucionario estancado pero no obstante ello violentamente combatido por fuerzas superiores (el mercado mundial, la agresión imperialistas).

Pero esas direcciones evolucionan en el proceso mismo (el monárquico constitucional Robespierre ni pensaba en que votaría decapitar al rey, Stalin buscaba sólo eliminar al zar en Rusia y modernizar el país, no la revolución socialista mundial, como creía Lenin, Fidel Castro era nacionalista pero ni soñaba en 1959 con aliarse con la URSS, Chávez era social cristiano y sólo en el proceso se declaró socialista y marxista manteniendo grandes ilusiones en el peronismo, o sea, en una dirección militar reaccionaria y conservadora de un movimiento de liberación nacional, no de revolución anticapitalista.

Ese empirismo de gente llevada por un proceso que las supera y es más fuerte que ellas determina buena parte de los errores e insuficiencias de las direcciones, los intentos voluntaristas que llevan a fracasos, la tendencia a buscar solucionar los problemas burocráticamente, con los aparatos, el caudillismo o decisionismo que sustituye la acción del declarado sujeto de la revolución (el pueblo, los descamisados o el proletariado). De ahí la corrupción y la burocratización de  parte del aparato del partido que se fusionó con el Estado y perdió su independencia crítica, como en Venezuela.

Ante este curso en los procesos revolucionarios se definen cuatro posiciones, tres que ignoran la definición de clases y una última clasista y revolucionaria.

La liberal-capitalista sostiene que hubiese sido mejor y menos costoso evitar los intentos de los trabajadores peronistas de modificar las relaciones sociales entre las clases, el castrismo o el chavismo y, como Pablo Stefanoni, dice que Leopoldo López, por ejemplo, es liberal, kropotkiniano, partidario de la  línea de la socialdemocracia alemana olvidando que en Venezuela, país dependiente,  hay un claro enfrentamiento de clases y una clara intervención del imperialismo y que la “línea de la socialdemocracia alemana” es el resultado de la existencia de un poderoso imperialismo frente a un poderoso proletariado industrial en Alemania, no el producto de algún  teórico. La oposición venezolana no es unánimente vendepatria o fascista, como decía Maduro, pero tampoco es democráticabuscará un golpe, “blanco” o no, ayudar a acabar con el castrismo en Cuba, imponer la voluntad de la derecha en todo el continente bajo la dirección de Washington aunque esté compuesta por AD, los adecos (que se dicen socialdemócratas y provocaron el Caracazo), por los socialcristianos de COPEI y un montón de grupos políticos o empresariales más además de algunos ex chavistas. Esta posición justificativa del cambio reaccionario y conservador dice que el proceso revolucionario nació muerto porque estaba dirigido por una dirección inadecuada y voluntarista.

Otra línea sostiene lo mismo, pero partiendo de otras premisas: por ejemplo, los partidos que integran el Frente Izquierda y de los Trabajadores argentino (que es sólo un pool electoral, porque sus integrantes no actúan como frente ni en lo político, ni en el campo estudiantil, ni en lo sindical y se combaten ente permanentemente pues tienen posiciones diferentes). Según el sectarismo seudotrotskista, los movimientos y revoluciones burgueses de liberación nacional dirigidos por una gran variedad de clasemedieros, en América Latina, Africa, el mundo árabe o Asia construyen Estados que son capitalistas en países capitalistas dependientes y oprimen a los trabajadores en cuyo nombre a veces hablan. Por eso, por el carácter de estas direcciones, hay que combatirlos sin tregua incluso cuando hacen algo correcto o el imperialismo los atyaca.

Un tercer grupo suma a quienes, como los Borón de todo tipo, acríticamente apoyan a procesos de revolución antiimperialista y a las direcciones que califican de socialistas, sin tener en cuenta que el socialismo no se da en un solo país ni en el atraso y es fruto de la conciencia y la acción del proletariado independientemente del Estado y los aparatos de la burguesía. Esta gente tiene el síndrome del colectivero, que respeta y hace respetar el cartelito que dice “no molestar a quien conduce”. Por eso se limitan a gritar ¡Viva!y jamás hacen la menor crítica ante un error evidente, ni siquiera después de una derrota que era previsible. El daño que le causan a Cuba y a Venezuela (o a Bolivia, Ecuador, Argentina) es enorme porque no aportar una idea ni una propuesta a procesos que las requieren con urgencia.

Quedamos, por último el puñado de  militantes que apoyan los procesos revolucionarios independientemente de su madurez y de sus direcciones-personalmente, fui presidente del Comité de apoyo a la revolución cubana dos años antes de que los revolucionarios entrasen en La Habana-, apoyamos con todo vigor cada avance pero criticamos en nombre del socialismo todo lo que impida la independencia de los trabajadores frente al Estado. No somos antiperonistas ni peronistas: tratamos de comprender las motivaciones de los obreros peronistas, que no son las de los Perón, Menem, Kirchner. No somos ni castristas, ni chavistas, ni evistas sino luchadores en defensa de los procesos revolucionarios en esos países, desde el punto de vista de los intereses del proletariado local y del mundial y de ahí nuestras críticas propositivas.

En Venezuela el chavismo sufrió una durísima derrota provocada por el cerco imperialista, el poder capitalista en la economía que dejó intacto, las limitaciones de una dirección que en 17 años no pudo ni construir una agricultura para la autoalimentación del país ni un sistema de mercados populares y de distribución de los productos esenciales y prefirió en cambio importar y depender del precio del petróleo, fijado por el imperialismo y sus agentes.

Con la mayoría en las Cámaras la derecha ligada a Washington se lanzará a cortar la ayuda a Cuba y a los países del Alba, a liquidar o transformar la UNASUR, a derribar a Maduro. Más que nunca hay que apoyar la resistencia del pueblo venezolano. Pero también, más que nunca, hay que señalarlos errores de un gobierno paternalista y sustitucionista para que no debiliten esa resistencia.

2)      El ocaso de los ídolos

por Pablo Stefanoni *

El tono entrecortado con el que la presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, anunció los resultados pasada la medianoche del domingo no era más que una expresión corporal de lo que significaban esos números. Aunque ya se descontaba un triunfo de la oposición agrupada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), los guarismos superaron cualquier pronóstico previo sobre un posible –pero al fin más estrecho– triunfo de la oposición que quizás no se tradujera en una mayoría significativa en la Asamblea Nacional, que el chavismo venía controlando cómodamente. Ignacio Ramonet, de hecho, decía desde el plató de Telesur que una cosa eran los votos y otra la cantidad de diputados. Pero todo eso estalló por los aires cuando Tibisay resumió la nueva composición parlamentaria: la MUD 99 diputados, y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) 46 (aún falta asignar 22 escaños). Eso es lo que el bloque oficialista tenía hasta ahora.

Maduro apareció sombrío en la pantalla de televisión, los aplausos a sus intentos de reafirmar la moral se vieron bastante forzados y su discurso tuvo un núcleo contradictorio que posiblemente él mismo no llegó a percibir: a la vez que mencionaba que “triunfó la democracia” –en efecto, votó un impresionante 74,25% en un país marcado por la abstención– señalaba que los resultados evidenciaban el éxito de la “guerra económica” y de la contrarrevolución y llamaba a resistir desde las catacumbas (como si ya estuviera fuera del Palacio de Miraflores).

Frente a esto surgen varias lecturas: desde los sectores nacional-populares se suele achacar (casi) todo al enemigo externo, sin poder explicar por qué, por ejemplo, Evo Morales tiene una economía estable desde hace diez años –con el mismo ministro de economía desde que puso un pie en el Palacio Quemado– y Venezuela tiene una economía en crisis permanente: desabastecimiento, tipos de cambio que van desde los 7 a los 700 Bolívares, corrupción masiva y descontrol inflacionario. Si el término “tecnopopulismo” –que usa Carlos de la Torre para el caso ecuatoriano– es válido para describir los esfuerzos meritocráticos de Rafael Correa, en Venezuela hay una suerte de “caos-populismo”, en el que la guerra económica es solo una variable –en parte derivada de los propios incentivos de economía política a la especulación– de la que participan también los militares y la boliburguesía, además de infinidad de “bachaqueros” pertenecientes a los sectores populares.

La columna de Ronald Denis en Aporrea el 28/9/2015 (“Adios al chavismo”), más allá de que las posiciones de este ex ministro de Chávez sean a veces políticamente algo ingenuas, introduce un elemento fundamental: además del análisis ideológico sobre el carácter de la revolución de viejo cuño, es necesario introducir las tonalidades gangsteriles de una gran parte de la dirección chavista. El oscuro y aun poco claro affaire de los “narcosobrinos” (sobrinos de la Primera Dama, llamada Primera Combatiente) es la última expresión de la opacidad de la elite bolivariana.

Desde los sectores nacional-populares situados más a la izquierda, la lectura es algo diferente: el problema sería que no se profundizó en la revolución y no se creó más “poder popular” contra la “derecha endógena”. Pero a menudo estos análisis pecan de voluntarismo y carecen de las dimensiones de sociología (y economía) política que permitan discutir su viabilidad y las razones por las que no se produjo esa profundización de la revolución bolivariana, predominó siempre el voluntarismo de Hugo Chávez y dejan en segundo plano los obstáculos severos que la construcción de un “hombre nuevo” -imagen poco feliz del guevarismo- enfrenta en estas tierras de mega-shoppings, consumismo real o aspiracional e imaginarios que combinan bolivarianismo con fuertes sintonías culturales con Miami. Es esta izquierda la que criticaba al kirchnerismo por ser demasiado poco chavista.

Finalmente, desde la izquierda trotskista, se apela a la infalible receta tradicional: como el chavismo no hizo una verdadera revolución, y se quedó en un tibio nacionalismo burgués, es responsable de “haber entregado el poder a la derecha” y cosas por el estilo. Como habría ocurrido con el kirchnerismo con Macri.

Se podría decir, como dice un rumano en la excelente película Bucarest 12.08, respecto a la caída de la dictadura de Ceaușescu, que “se hace la revolución que se puede” y posiblemente los venezolanos hicieron la que pudieron en un país petrolero y rentista, donde “sembrar petróleo” es la utopía permanente –y como tal inalcanzable– desde que apareciera el oro negro. Pero en todo caso, el tema es cómo (re)pensar la experiencia chavista de manera honesta, sin negacionismo ni evasión, sin hacer leña (hoy) del árbol caído y con una perspectiva productiva hacia el futuro de la región.

Uno de los problemas a enfrentar es que en el giro a la izquierda se incrustó demasiada cultura nacional-stalinista extemporánea: una suerte de mezcla de populismo sentimental y marcos interpretativos de la vieja izquierda antipluralista: a menudo el adjetivo “burgués” colocado junto a la palabra democracia suele servir para caer en visiones plebiscitarias y épico/emotivas de la política que desprecian las formas institucionales –incluso, hay que insistir, las creadas bajo este ciclo político, por ejemplo mediante reformas constitucionales– y habilitan cierto infantilismo que recrea con cierto tono de red social las luchas de los 70. Precisamente, para evitar triunfos de la derecha parece más necesario que nunca poder expresar los proyectos de cambio en una clave que los vuelva compatibles con la democracia –radicalizada pero no debilitada–. No es menor que hoy muchos de los discursos nacional-populares declinados en terminologías setentistas y playagironescas suenen algo ridículos y puedan ser crecientemente “refutados” por los nuevos discursos pot-ideológicos y post-políticos de las nuevas derechas, que más que restaurar a secas el viejo orden son también actoras de una disputa por el devenir latinoamericano.

Hasta ahora, pese a esta situación, entre el “pueblo chavista” y la oposición de la MUD existía una fuerte barrera de clase. Los chavistas, más allá de sus críticas, no votaban por los “enemigos”, pero todo tiene un límite. Y eso se quebró por varias razones: la crisis llegó a niveles excepcionales (a la economía se suma la inseguridad que altera cualquier vida normal en Caracas, además de la corrupción impune y generalizada) y la oposición ha ido sabiendo debilitar sus aristas más clasistas y derechistas (en línea con la “nueva derecha” regional, como el macrismo argentino ). La MUD, que articula de manera no muy ordenada a una treintena de partidos no se cansa de repetir que su proyecto es “socialdemócrata”. Freddy Guevara, 29 años, parte de la generación de estudiantes que se movilizaron en 2007 y uno de los líderes del partido Voluntad Popular de Leopoldo López, llegó a ubicar entre sus influencias “la socialdemocracia, el socialismo liberal, el anarquismo de Kropotkin y la democracia liberal”. Todo eso puede convivir con vínculos con el uribismo o el Partido Popular español.

Por otro lado, la condena a López a trece años de prisión, en un proceso difícil de defender como tal, volvió a ese “niño rico”, ex alcalde del Chacao y carilindo, un mártir preso en una cárcel militar en condiciones mucho más duras que el propio Hugo Chávez tras el golpe de 1992. Sin duda, López lideró la llamada “La Salida” en 2014, que derivó en unos 40 muertos en diferentes contextos, pero no obstante, eso no excluye el carácter político de su condena. Uno de los problemas de los gobiernos nacional-populares es que mientras consideran que sus procesos revolucionarios pueden tensar las instituciones heredadas (e incluso las nuevas) por su carácter conservador, exigen a los opositores un respeto sueco a la legalidad, y en ese hiato se cocinan diversas tensiones entre democracia y revolución, que en el caso venezolano se agravan por el carácter militar y militarizado del socialismo bolivariano (que Chávez recordara con admiración al dictador Pérez Jiménez no asimila al chavismo a una dictadura pero pone de relieve algunas de sus aristas ideológicas).

Por otro lado, que socialismo vuelva a rimar con mercado negro, colas, autoritarismo, desorden económico, “inventos” de diversa naturaleza para sobrevivir (“matar tigritos”) reactualiza los problemas del Estado, la gestión de la economía y la burocracia cuando se busca sustituir al mercado. El propio Chávez definió al modelo como un “socialismo petrolero muy diferente del que imaginó Marx”  y ese socialismo hereda y potencia diversos problemas del rentismo, del “Estado mágico” (F. Coronil) y de la incapacidad para producir (¿acaso la “guerra económica” y el desabastecimiento no están asociados a la importación de casi todo lo que se consume en el país?).

El cierre de la frontera con Colombia en el estado de Táchira se vincula con el mismo problema: la corrupción y el contrabando, sobre todo de combustible, que en Venezuela es casi gratis (corrupción en la que están también involucrados los funcionarios de oposición que gobiernan estados fronterizos). Llenar un tanque de un automóvil promedio cuesta unos 4 bolívares, mientras que una cajita de chicles llega a 60. Pero a esto se suman los cuatro tipos de cambio, que van desde 6,30 (el que se usa para importar medicinas y alimentos) hasta 700 bolívares (el dólar paralelo), pasando por uno de 13,50 (que se utiliza para bolivarizar los gastos de los viajeros que consiguen permisos) y otro de unos 200 bolívares.

En este marco, que la dirigente chavista Jacqueline Faría haya dicho en una jornada de reparto de alimentos que las colas le parecían “sabrosas” y llamara a disfrutar de ellas, puede ser leído como un ejemplo de la desconexión entre la elite y el pueblo bolivariano, además de una provocación bastante infame. Y su visión de la revolución también resulta significativa: “salen de su casa, vienen con su bolsita, compran y se van para su casa… eso es la revolución, lo que nuestro presidente Maduro ha ordenado, así que vamos a disfrutar de estas colas sabrosas para el vivir viviendo” (al menos Perón decía del trabajo a casa y de casa al trabajo, no de la cola).

Mientras estaba Chávez, su carisma irrefrenable podía domar en parte al león, pero eso ya no es posible con el liderazgo mediocre de Maduro y su doble comando con Diosdado Cabello, representante de sectores militares y boligurgueses. Maduro intentó, durante la campaña, resucitar a Chávez, pero claramente eso ya no fue suficiente. Más grave que la propia crisis, es la incapacidad de la dirección bolivariana de mostrar alguna luz al final del túnel . Si la política, como dijo una vez Néstor Kirchner, es “cash más expectativas”, el madurismo no tiene suficiente cash, debido a la baja de los precios petroleros, y ya es incapaz de generar expectativas de un futuro diferente. Y como ocurre en otros países, “lo conseguido” no puede ser una bandera eterna para conquistar el voto, especialmente cuando “lo ganado” ya es puesto en riesgo por la propia realidad.

Más que al Chile del 73, la situación venezolana tiene aires de familia con la derrota sandinista de 1990, en medio de una crisis moral del proyecto, que sucedió a una (en ese casí sí) guerra sin cuartel del reaganismo imperial. Que Maduro haya “reconocido” los resultados y abandonado la resistencia anunciada al triunfo de la derecha posiblemente fuera la única opción en la noche del domingo pero no deja de ser un sano reflejo hacia cierta normalidad.

Pero es la dimensión de la derrota la que la vuelve cualitativa y pone en cuestión la propia supervivencia del chavismo tal como lo conocemos y sus posibles rconfiguraciones. También la mayoría opositora obligará a la MUD a pensar salidas  pactadas a la crisis. Con 100 diputados se posee mayoría de 3/5 para, por ejemplo, imponer voto de censura y destitución contra vicepresidente y ministros. Con 111 diputados se cuenta con mayoría calificada de 2/3 y se puede convocar a una Asamblea Constituyente (golpe parlamentario) que obliga a elecciones generales para renovar a los representantes máximos de los 5 poderes públicos- recuerda un artículo de Jesús Silva –que se define como un “chavista sin enchufe”– en la página Aporrea. Por ahora la MUD tiene 99 pero faltan asignar varios curules.

En este marco, hablar de “fin de ciclo” no parece aportar nada significativo, el problema ya no es el “ciclo” sino cómo se posicionan y reposicionan las fuerzas favorables al cambio social progresista frente a una multiplicidad de problemas políticos, económicos e ideológicos en los que se está disputando el devenir de la región. De hecho, el nuevo “ciclo” venezolano será un espacio de disputa entre un chavismo debilitado –y quizás a partir de ahora más dividido– y una oposición que deberá unificar criterios entre las múltiples fuerzas. Posiblemente ni el Ejército Blanco a las puertas de Miraflores, ni la Liberación del yugo chavista que Vargas Llosa o el lobbysta Felipe González ya están barruntando.

La amnistía de López y otros presos será posiblemente una de las primeras batallas. Sin duda, comenzará una etapa en la que el chavismo, por primera vez, deberá compartir el poder. Y la oposición, con poder parlamentario, comenzar a actuar, también en el terreno institucional que algunos de sus miembros más radicales habían desahuciado. El desafío, entonces, para las izquierdas es poder pasar a dar la pelea en escenarios menos épicos y más normales, con menos certezas de victorias finales y más energías puestas en el “movimiento” (me tomo esta licencia bernsteinana entre tanta retórica épica descontrolada y a menudo desconectada de la realidad real de parte de la izquierda latinoamericana; quizás en ese movimiento más allá de las intenciones del socialdemócrata alemán encontremos algunas claves para un reformismo radical capaz de interactuar con la democracia y la “posmodernidad”, en un mundo “hostil” que suele torturar demasiado las almas de las izquierdas, a veces más catárticas que propositivas).  Así evitamos un tipo de populismo que sostiene que el pueblo siempre tiene razón, salvo cuando vota contra nosotros.

* Jefe de Redacción de la revista Nueva Sociedad. Panamá revista, http://panamarevista.com/

3) Venezuela: La trampa

por Atilio Borón

Resumen Latinoamericano

Las elecciones parlamentarias en Venezuela arrojan varias enseñanzas que creo necesario subrayar. En primer lugar que, contrariamente a todas las predicciones de los lenguaraces de la derecha, el comicio se realizó, al igual que todos los anteriores, de una manera impecable.

No hubo denuncias de ningún tipo, salvo el exabrupto de tres ex presidentes latinoamericanos, que a las cuatro de la tarde (dos horas antes de la conclusión del acto electoral) ya anunciaban al ganador de la contienda. Fuera de esto, la “dictadura chavista” volvió a demostrar una transparencia y honestidad del acto electoral que más quisieran tener muchos países dentro y fuera de América Latina, comenzando por Estados Unidos.

El reconocimiento hecho por el presidente Nicolás Maduro ni bien se dieron a conocer los resultados oficiales contrasta favorablemente con la actitud de la oposición, que en el pasado se empecinó en desconocer el veredicto de las urnas. Lo mismo cabe decir de Washington, que al día de hoy no reconoce el triunfo de Maduro en las presidenciales del 2013. Unos son demócratas de verdad, los otros grandes simuladores.

Segundo, resaltar lo importante de que luego de casi 17 años de  gobiernos chavistas y en medio de las durísimas condiciones prevalecientes en Venezuela, el oficialismo siga contando con la adhesión del cuarenta por ciento del electorado en una elección parlamentaria.

Tercero, el resultado desplaza a la oposición de su postura facilista y de su frenético denuncialismo porque ahora, al contar con una holgada mayoría parlamentaria, tendrá corresponabilidades en la gestión de la cosa pública. Ya no será sólo el gobierno el responsable de las dificultades que agobian a la ciudadanía. Esa responsabilidad será de ahora en más compartida.

Cuarto y último, una reflexión más de fondo. ¿Hasta qué punto se pueden organizar “elecciones libres” en las condiciones existentes en Venezuela? En el Reino Unido debían celebrarse elecciones generales en 1940. Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial obligó a postergarlas hasta 1945. El argumento utilizado fue que el desquicio ocasionado por la guerra impedía que el electorado pudiera ejercer su libertad de manera consciente y responsable.

Los continuos ataques de los alemanes y las enormes dificultades de la vida cotidiana, entre ellos el de la obtención de los elementos indispensables para la misma, afectaban de tal manera a la ciudadanía que impedían que esta ejerciera sus derechos en pleno goce de la libertad.

  ¿Fueron muy distintas las condiciones bajo las cuales se llevaron a cabo las elecciones en Venezuela? No del todo. Hubo importantes similitudes. La Casa Blanca había declarado en Marzo que Venezuela era “una inusual y extraordinaria amenaza a la seguridad nacional y a la política exterior de Estados Unidos”, lo que equivalía a una declaración de guerra contra esa nación sudamericana.

Por otra parte, desde hacía muchos años Washington había destinado ingentes recursos financieros para “empoderar la sociedad civil” en Venezuela y ayudar a la formación de nuevos liderazgos políticos, eufemismos que pretendían ocultar los planes injerencistas de la potencia hegemónica y sus afanes por derrocar al gobierno del presidente Maduro.

La pertinaz guerra económica lanzada por el imperio así como su incesante campaña diplomática y mediática acabaron por erosionar la lealtad de las bases sociales del chavismo, agotada y también enfurecida por años de desabastecimiento planificado, alza incontenible de los precios y auge de la inseguridad ciudadana.

Bajo estas condiciones, a las cuales sin duda hay que agregar los gruesos errores en la gestión macroeconómica del oficialismo y los estragos producidos por la corrupción, nunca combatida seriamente por el gobierno, era obvio que la elección del domingo pasado tenía que terminar como terminó.

Desgraciadamente, el “orden mundial” heredado de la Segunda Guerra Mundial, que un documento reciente de Washington reconoce que “ha servido muy bien” a los intereses de Estados Unidos, no ha sido igualmente útil para proteger a los países de la periferia de la prepotencia imperial, de su descarado intervencionismo y de sus siniestros proyectos autoritarios.

Venezuela ha sido la última víctima de esa escandalosa inmoralidad del “orden mundial” actual que asiste impertérrito a una agresión no convencional sobre un tercer país con el propósito de derrocar a  un gobierno satanizado como enemigo.

Si esto sigue siendo aceptado por la comunidad internacional y sus órganos de gobernanza global, ¿qué país podrá garantizar para sus ciudadanos “elecciones libres”? Por algo en los años setenta del siglo pasado los países del capitalismo avanzado bloquearon una iniciativa planteada en el seno de la ONU que pretendía definir la “agresión internacional” como algo que fuese más allá de la intervención armada.

Leyendo la reciente experiencia del Chile de Allende algunos países intentaron promover una definición que incluyese también la guerra económica y mediática como la que se descargó sobre la Venezuela bolivariana, y fueron derrotados.

Es hora de revisar ese asunto, si queremos que la maltrecha democracia, arrasada hace unas semanas en Grecia y este domingo pasado en Venezuela, sobreviva a la contraofensiva del imperio. Si esa práctica no puede ser removida del sistema internacional, si se sigue consintiendo que un país poderoso intervenga desvergonzada e impunemente sobre otro, las elecciones serán una trampa que sólo servirán para legitimar los proyectos reaccionarios de Estados Unidos y sus lugartenientes regionales. Y pudiera ocurrir que mucha gente comience a pensar que tal vez otras vías de acceso al -y mantenimiento del- poder puedan ser más efectivas y confiables que las elecciones.