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Attualità e Polemiche --> Actualidad latinoamericana --> Magri, Ulm y el estalinismo

Magri, Ulm y el estalinismo

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Encuentros y desencuentros.

 

Magri, Ulm y el estalinismo

 

 

Antonio Moscato

 La mia recensione al libro di Lucio Magri Il sarto di Ulm è stata tradotta in Spagna e ha circolato anche in qualche sito latinoamericano (come la traduzione della mia recensione al libro di Losurdo sullo stalinismo). La inserisco quindi nella sezione Actualidad latinoamericana, che è abbastanza visitata. L’articolo originale è sul sito col nome Magri, Ulm e lo stalinismo


 

Cuando llegó la inesperada noticia de que Lucio Magri había decidido discretamente poner fin a su vida, en Italia se alzó un coro miserable de condena y escarnio de su decisión, una decisión que merece, por supuesto, el máximo respeto y que además es particularmente comprensible en un momento tan difìcil para la izquierda revolucionaria. Apenas un año antes se había ido del mismo modo Monicelli, y antes todavía Primo Levi. Desde luego, Magri también tuvo que llevar la carga del luto familiar, pero es evidente que resulta más difícil afrontar el dolor por la pérdida de una persona querida cuando se siente la soledad de la propia batalla en un contexto de graves derrotas y defecciones. Ironía de la historia, su interesante libro, El sastre de Ulm, del que en Italia solo se habían vendido dos mil ejemplares en tres años, ha alcanzado ahora unas ventas de 5.000 ejemplares en una semana. Escribí una reseña poco después de la publicación del libro, por su gran valor testimonial y también en recuerdo de diversos encuentros (y desencuentros). Propongo ahora la misma reseña de entonces, publicada originalmente en la revista ERRE.



El libro de Lucio Magri El sastre de Ulm 1 merece una lectura atenta y paciente. No me cabe duda de que sobre este libro habrá que discutir largo y tendido. Sin embargo, creo distinguir dos partes bastante diferenciadas, cuya línea divisoria se sitúa en el año 1956. Ese año ingresamos los dos en las filas del Partido Comunista de Italia (PCI) y empezamos a reflexionar políticamente, también sobre el pasado del partido. Para mí tan solo implicó, naturalmente, una intensa militancia de base, aunque tuve algunas ocasiones de vivir directamente el debate nacional en el seno de la sección concreta en que militaba, de la que formaban parte personas como Ingrao, Natoli y muchos otros dirigentes del partido (de las vivencias en esa sección ya hablé hace unos años en un informe a una conferencia que ahora aparece en mi sitio web bajo el título de “Una sección del PCI nel 1956”)2.

Magri estuvo, en cambio, durante décadas en el centro de la política nacional, primero como miembro liberado del aparato central del PCI y después como dirigente nacional de Il Manifesto, del PdUP y después nuevamente del PCI. El libro se nutre en gran medida de sus experiencias de dirección, aunque también de los cinco años en que, una vez cerrada la Rivista del Manifesto y por tanto liberado él de compromisos inmediatos, Magri trató de repensar desde la distancia todo lo vivido y de escribir sobre ello.

Conocí personalmente a Lucio Magri en 1966, durante el XI Congreso del PCI, en el que estuvimos librando la misma batalla; estuvimos de acuerdo –no en todo, ya entonces– en un debate al que yo le había invitado en mi sección. En aquella época las diferencias de valoración entre nosotros se referían a la estrategia del PCI, particularmente en el sindicato, pero posteriormente, aunque leía sus escritos con interés y apreciaba mucho su inteligencia, constaté repetidamente una divergencia profunda sobre algunos momentos cruciales de la historia del movimiento comunista, en particular sobre los frentes populares y el “viraje de Salerno”3. Aunque de forma más articulada y compleja que en otros escritos del pasado, esto aflora también en este libro.


No me explayaré apenas, en cambio, sobre las páginas iniciales del libro, donde Magri reivindica el papel del movimiento obrero en Europa entre los últimos decenios del siglo XIX y los primeros del siglo XX. Las comparto plenamente y además me parecen muy hermosas. También es justa la reivindicación de toda la historia del movimiento socialista y comunista, visto como un conjunto único hasta el acontecimiento que desencadenará una división irreparable, la primera guerra mundial, una tragedia de la que Magri dice con razón que ha quedado totalmente postergada, en las reconstrucciones de la historia actualmente en boga, basadas únicamente en las ideas y apenas en los hechos.

Magri, quien junto con Chiarante llegó al PCI procedente del “catocomunismo” –pero del verdadero, el que nació en la inmediata posguerra en un sector de la Democracia Cristiana (DC), no del inventado por Berlusconi e inmortalizado por el dibujante satírico Vauro como “gatocomunismo”–, formula hoy un juicio severísimo sobre el estalinismo (mientras que otros, de la misma procedencia, justificaban más generosamente al grupo dirigente soviético). Se puede discutir sobre diferenciaciones cronológicas, sobre el hecho de que Magri considere menos grave el exterminio de los kulaks, o más criminal e injustificada la represión de los últimos años de Stalin, pero no hay ni un atisbo de indulgencia sobre el fondo de la cuestión.
“La represión (…) si cebó –escribe– no solo en los restos de una élite bolchevique ya carente de influencia en la sociedad y en los aparatos, y sinceramente dispuesta a acatar la disciplina, sino también en el mismo partido en su conjunto, en aquellos que habían seguido y aplicado las decisiones de Stalin y le seguían siendo fieles” (p. 46).
Pero todavía más significativa es la observación de que suponían una novedad horrible “las justificaciones aceptadas como pruebas para los veredictos más crueles, en los principales juicios, y las confesiones forzadas”: “agentes provocadores, complots terroristas, espías de los fascistas o incluso de los japoneses desde el principio”…

Magri se sorprende de que se siga preguntando: “¿Qué sabías de todo esto?”. Y se pregunta a su vez: “¿Cómo podía nadie creer efectivamente que casi la totalidad del grupo de hombres que habían dirigido la revolución de octubre ya estuvieran trabajando para hacerla fracasar, o que la mayoría de los cuadros que habían afianzado a Stalin y le habían seguido se prepararan para traicionarle?”.
Es la pregunta que yo ya me hice en el lejano año de 1955, cuando en el partido comunista argentino me pusieron en la mano como un evangelio el Breve curso de historia del PCUS, pero de hecho son muchos lo que no se la planteaban y siguen sin planteársela. En un comentario aparecido en el sitio web del Manifesto sobre un artículo mío, un tal Ruggero escribió indignado que yo hubiera citado a Trotsky (junto a Lenin y Luxemburg) como uno de los grandes pensadores marxistas: “Fue un gran saboteador de la revolución, como ha reconocido el movimiento comunista internacional”. Me queda la curiosidad de saber a qué “movimiento comunista internacional” se refería, y estamos hablando de 2009… Es espantoso, pero al menos no se trata de un profesor universitario como Domenico Losurdo (con quien he polemizado bastante, aunque ni mucho menos lo suficiente, visto que todavía goza de gran veneración en determinados sectores de la izquierda …).

Magri, en todo caso, comprende perfectamente la diferencia entre Stalin y Lenin, que recalca varias veces, y busca con razón las premisas de la involución, no en una persona, sino en el asedio injustificado por parte de todas las potencias europeas (la “guerra fría comenzó en 1918”) y en la dureza de la guerra civil en un país atrasado.
Los puntos de divergencia arrancan del momento en que entró en escena Parlmiro Togliatti. Si saco a relucir polémicamente algunos puntos, no es para “corregir un error” desde la superioridad de una supuesta competencia de “historiador de profesión” (nada más lejos de mí, que, dicho sea de paso, me hice historiador casi por casualidad, pues comencé a estudiar la historia del movimiento comunista tan solo para explicarme la tragedia de 1956), sino para entender cómo incluso un dirigente de su talla e inteligencia “interiorizó” algunas de tantas mistificaciones de la que era la vulgata del PCI.

Resulta poco convincente, por ejemplo, el apartado sobre el “Genoma Gramsci”. Es de justicia defender a Togliatti de las acusaciones de los buscadores de inmundicias y reconocerle el mérito de haber querido salvar y publicar los Quaderni, publicándolos (con pocos cortes) en antologías temáticas que, aunque desde el punto de vista filológico no fueran rigurosas, facilitaron su utilización a gran escala. Podría añadir que aquello fue un acto valiente: en el conjunto del movimiento comunista, de Gramsci no se leían más que las cartas de la cárcel, y se le recordaba (una vez muerto) únicamente como víctima del fascismo, no como pensador. Sus hijos cofirmaron que sabían que en Moscú le consideraban un hereje y un traidor.
Magri subvalora, además, o incluso omite, la ruptura entre ambos dirigentes en 1926 y comenta muy de pasada el hecho de que el uso político de Gramsci en el PCI como “precursor” de la línea de colaboración de clase en la segunda posguerra se basó exclusivamente en un uso forzado de algunos pasajes de los Quaderni y en el olvido de los escritos políticos “leninistas” de 1919 a 1926. Pero ni siquiera esto es lo esencial. Las divergencias mayores se centran en cuatro puntos:

1) El pacto Ribbentrop-Mólotov. Sobre este punto, Magri repite el argumento estrella de todos los justificacionistas, desde Giorgio Amendola hasta Luciano Canfora: Francia y Gran Bretaña no se comprometían a crear un frente contra Hitler, y Polonia (que tenía un Gobierno anticomunista e impregnado de antisemitismo) descartaba todo acuerdo antialemán con la URSS, por lo que no había más remedio que pactar con la Alemania nazi. Este razonamiento, que en sí mismo es discutible (es como si uno que después de llamar en vano a la policía para que le proteja de una banda mafiosa acudiera directamente a la mafia…), olvida algunos pequeños detalles: no solo hubo el pacto, sino también los protocolos anexos (entonces secretos pero hoy publicadísimos, aunque la mayoría todavía los ignore), que preveían el reparto de Polonia y la asignación a la URSS de los países bálticos y de Finlandia como “zona de influencia”. Sobre todo hubo, un año después, la ocupación y anexión efectivas de Lituania, Estonia y Letonia, y el intento de ocupación de Finlandia, so pretexto de la necesidad de rectificar las fronteras por razones de seguridad, pero con el objetivo de anexionarla, como demostró el Gobierno fantoche que siguió al Ejército Rojo. El fracaso de la operación finlandesa, que supuso un coste enorme y demostró la fragilidad e indeptitud de los mandos soviéticos tras los estragos de 1937, que supusieron el exterminio de los oficiales más experimentados en la guerra civil, envalentonó a Hitler y le animó a adelantar el ataque a la URSS, que de hecho no estaba preparada. Más que “ganar tiempo”…
Una respuesta autorizada a los argumentos que repite Magri la dio hace años Fidel Castro, quien a veces se muestra indulgente con otros aspectos del estalinismo, pero que es un gran experto en historia militar: “Desde que tengo conciencia política y revolucionaria, analizando aquellos hechos, me pareció un enorme error de política exterior soviética, cometido por Stalin en vísperas de la guerra. (…) El pacto de no agresión, en vez de alargar los plazos, los acortó, porque en definitiva se desencadenó la guerra.”
Y a propósito de la ocupación de Polonia para “proteger” a ucranianos o bielorusos, Castro añade que fue un “grave error” y dice que los cubanos habrían actuado de otro modo: “Antes de transmitir la idea de que estábamos atacando en la retaguardia a un país invadido por Hitler, habríamos preferido invitar a la población a cruzar la frontera de nuestra parte para protegerse, no habríamos violado jamás la frontera de un país ni nos habríamos vuelto jamás contra él con las armas en la mano, cualesquiera que fueran las diferencias ideológicas.”
Castro continúa después señalando a lo largo de una docena de páginas otros “errores garrafales” de Stalin, desde la invasión de Finlandia hasta la pasividad durante los tres meses que siguieron a la invasión de Yugoslavia, que tuvieron un significado inequívoco. (Fidel Castro, Un grano de maíz, conversación con Tomás Borge, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana 1992, 1994, pp. 40-53).
Magri olvida señalar otro factor que explica este acuerdo funesto en el plano político (pienso en los discursos de Mólotov sobre la “política de paz” de la Alemania nazi…), e inútil y perjudicial en el plano estratégico: para Stalin un gobierno democrático y uno fascista eran equivalentes. No se puede hablar de Hitler sin mencionar la tremenda responsabilidad de Stalin en su ascenso.
Magri subvalora a todas luces el efecto a largo plazo de esa política criminal. En primer lugar, el profundo resentimiento de Polonia, desmembrada y decapitada (con la masacre de los oficiales polacos en Katyn, que demuestra que de hecho no se estaba pensando en una guerra contra los nazis). Pero hay más. Cuando Magri intenta formular una explicación de la guerra fría y de los consensos que genera en Europa, dice justamente que, en la posguerra, Stalin (con un país por reconstruir y otros países, recién incorporados a su zona de influencia, por reorganizar) no quería y no podía invadir ningún otro país. Eso es cierto, al menos en parte, pero a los occidentales no les resultaba difícil agitar el fantasma: Stalin lo había hecho en 1939-1940, ocupando incluso partes de Rumania (Besarabia porque durante un tiempo había formado parte del imperio zarista, pero también Bucovina, que no cumplía ese criterio), y por otro lado lo había reclamado en las conferencias internacionales (la de Yalta, aunque hubo más de una) que restituyeron a la URSS los territorios de Polonia anexionados en 1939, incluida Prusia oriental, más algunos parajes de aquí o allá para “rectificar” y “racionalizar” las fronteras…

2) Las democracias populares. Magri señala con razón que en el proyecto inicial de Stalin no estaba previsto asimilarlas, pero se le escapan muchos aspectos que ya aparecían en la fase en que se puso coto a las reformas estructurales, las nacionalizaciones, la reforma agraria: por ejemplo, la violencia contra la socialdemocracia, imponiendo la unificación con los comunistas y eliminando a los dirigentes recalcitrantes; la discriminación anticatólica y antirreligiosa; más en general, la imposición de Gobiernos dominados por los comunistas en países en los que el PC representaba al 17% y contaba con pocos miles de miembros reeducados, como Ungría, o donde el grupo dirigente comunista había sido prácticamente eliminado por la represión estalinista en los años treinta, como en Polonia. Sobre esto he escrito mucho, y en mi sitio web hay dos libros enteros dedicados a estos dos países, pero prefiero remitirme al texto –que me parece más sintético y, espero, eficaz– que escribí polemizando con un libro del jefe de filas de la corriente “justificacionista”, Luciano Canfora (en el sitio web con el título Togliatti e i dilemmi della politica.)
Además, Magri se equivoca (y así lo señala Rossanda en su reseña) cuando separa más de lo debido los casos de Hungría y Polonia (no entraré aquí en detalles, pero me remito a los textos sumamente articulados incluidos en mi sitio web, basta pinchar sobre el nombre de los dos países). Con respecto a Hungría, me parece que Magri se basa esencialmente en una fuente de origen burocrático, que insiste en una presunta componente aristocrática de la protesta. En cambio, lo que espantaba a líderes como Tito o Mao (no a los “países” comunistas, como escribe Magri), eran en realidad los consejos obreros. Con respecto a Checoslovaquia en 1968, Magri lo ha comprendido mejor (véase pp. 242-245).

La supresión y el silenciamiento de los “hechos de Hungría”, de la que fue la primera y más grande revolución antiburocrática, cuya sofocación en un baño de sangre marcó el futuro de este país y de todos los demás que formaban parte del sistema, es una práctica análoga a lo que se hizo (¡o se hace todavía!) con respecto a la gran revuelta obrera de Berlín este en junio de 1953, calificada de espasmo de nostálgicos del nazismo y liquidada como tal.

3) El Partido nuevo. Magri conoció bien a Togliatti, con quien colaboró estrechamente. Lo admiraba y todavía lo admira, en algunos aspectos no sin razón, y lamenta que hubiera muerto “en un momento crucial, en el que se trataba de comprobar el rumbo”, es decir, en vísperas del XI congreso que Magri considera la ocasión perdida para reflexionar sobre las profundas transformaciones de la sociedad italiana. Magri escribe que el papel de la personalidad de Togliatti en la historia era relevante, “por la concurrencia en su persona del gran intelectual y del gran político” (concurrencia de la que hoy ya no queda ni rastro); por las experiencias extraordinarias y diversas a cuyo amparo se formó y que vivió después (con Gramsci, el Ordine Nuovo y la sugestión de la Revolución rusa y del leninismo todavía vivo; el nacimiento del régimen fascista, el VII congreso y la dirección de la Komintern, la guerra civil española, la época del terror, la gran victoria del antifascismo y la costrucción del nuevo partido; el momento culminante del Kominform, la desestalinización y la fatigosa conquista de la autonomía para afirmar una “vía italiana al socialismo”). (p. 239)

Me sorprende, sin embargo, que Magri sitúe en el mismo plano vivencias diversas y papeles distintos como el de consejero (desleal) del Frente Popular en España (sobre lo que he escrito tanto que no voy a dedicarle aquí más palabras) o en el gran terror, del que Togliatti fue un propagandista sin pudor, y el de inventor del “partido nuevo”. Dejemos de lado ahora el juicio sobre la manera en que fue utilizado el partido nuevo durante la experiencia de participación en el Gobierno. Nótese, no obstante, que no se puede atribuir al genio de Togliatti la transformación de un partido de cuadros modelado a imagen y semejanza del partido bolchevique en un “partido nuevo”, en el que en lugar de militantes conscientes había una masa pasiva a adoctrinar. Stalin aconsejó lo propio a Thorez en el mismo año 1944, para aclarar de dónde partió la idea, derivada de la decisión de renunciar a una perspectiva revolucionaria en los países no adjudicados a la zona de influencia de la URSS. Por otro lado, tenía raíces lejanas, como la “Quinta Lenin” que impulsó Stalin poco después de la muerte del gran dirigente bolchevique, haciendo caso omiso de sus recomendaciones: Lenin había propuesto reducir el número de militantes, pero Stalin lo amplió mediante operaciones de reclutamiento en bloque de trabajadores inexpertos y no preparados, obligados a asistir a “cursillos” sobre leninismo.

La cuestión se entrelaza con la de los parcos resultados de la participación en el Gobierno de unidad nacional, que no se explica únicamente por supuestos “errores” de análisis y subvaloraciones subjetivas. El propio Magri alude al hecho de que prácticamente el único resultado positivo fue la Constitución, tan importante que, para conseguir un voto definitivo sobre una redacción casi terminada, el PCI renunció a manifestarse contra su expulsión del Gobierno en mayo de 1947. Seré un extremista incorregible, pero quisiera recordar que de aquella “bellísima” Constitución hasta ahora solo se ha aplicado el artículo 12, que describe los colores de la bandera…

Me gustaría que Magri tuviera en cuenta, además de la vulgata aprendida en las estancias de Botteghe Oscure, la bella biografía, ignorada y olvidada, de Aldo Agosti, en la que se analiza bien la dialéctica entre la elaboración autónoma de Togliatti y las exigencias soviéticas, incluso a la luz de documentos originales (véase la discusión sobre este libro entre Santarelli, Cortesi y yo, publicada en mi sitio web con el título Togliatti. In ricordo di Luigi Cortesi).
En mi opinión, el punto débil de la apología de Togliatti que hace Magri no solo está en la falta de reflexión sobre las razones y la dialéctica interna que condujo al VII congreso de la Komintern, prescindiendo incluso de los resultados obtenidos con los Frentes populares, sino también en la ausencia de una comparación entre la experiencia italiana y la francesa, por ejemplo, como asimismo de una comparación entre el impulso que dieron los comunistas a la resistencia en Italia, Yugoslavia y Grecia y la táctica que llevó a la derrota de la revolución y con ella de la República española.

4) Sobre Grecia, Magri reconstruye correctamente la sucesión cronológica (al comienzo no hubo una “insurreción comunista”, como dice una leyenda persistente, sino una respuesta, además tardía, a un ataque británico). Sin embargo, la reconstrucción que hace Magri del entendimiento entre Stalin y Churchill es totalmente fantasiosa: “El acuerdo secreto Stalin-Curchill, con sus ridículos porcentajes de influencia país a país, no garantizaba gran cosa, y el propio Churchill lo rompió muy pronto en Grecia” (p. 96).
No sé muy bien qué es lo que induce a la risa, pero es todo el periodo el que es absurdo. El acuerdo fue respetado, salvo en Hungría y Yugoslavia, donde se modificó a favor de la URSS porque Churchill era un realista y había tomado nota de la gran fuerza de los partisanos yugoslavos (en cuyas filas se hallaba su hijo, enviado por él como oficial de enlace y observador de confianza), y de que Hungría había sido ocupada por el Ejército rojo pocas semanas después del encuentro de Moscú en el que se había firmado el acuerdo.
El propio Churchill admite, en sus memorias sobre la guerra, que el motivo principal de la intervención británica en Grecia fue la fuerza de los partisanos, que «llenaban el vacío dejado por los invasores en retirada» mucho antes de que las tropas inglesas lograran arribar, y no respetaban «las solemnes promesas hechas» de esperar la llegada de las fuerzas aliadas. (Winston Churchill, La seconda guerra mondiale, vol.11: L\'onda della vittoria, Oscar Mondadori, Milán, 1970, p. 326-327).

En la descripción de los preparativos, Churchill subraya varias veces que contó con el consentimiento de Stalin. No solo se trata de una constatación a posteriori, ya que reproduce íntegramente una carta enviada a su ministro de Asuntos Exteriores el 7 de noviembre de 1944 (un mes después del encuentro de Moscú con Stalin, un mes antes de la masacre de Atenas), en la que dice textualmente: “A mi juicio, habiendo pagado a Rusia el precio que debíamos para tener libertad de acción en Grecia, no debemos dudar en emplear tropas británicas para ayudar el Gobierno heleno presidido por Papandreu [el abuelo del primer ministro que acaba de dimitir; nota del autor]. Por ello, deberán intervenir tropas británicas para impedir acciones ilegales.”

El “precio pagado” era la vía libre concedida a Stalin para conservar todos los territorios que obtuvo de Hitler en 1939 y para mantener en la esfera de influencia soviética a Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia, etc., al margen de la opinión de sus habitantes y de la debilidad extrema de los partidos comunistas de esos países…
Hay más cuestiones, ya en la primera parte del libro, sobre las que podría hacer alguna que otra observación (por ejemplo, sobre ciertas alusiones a China y sobre una reconstrucción de la guerra de Corea que en conjunto comparto, aunque en ambas cuestiones falta cualquier referencia al papel de Stalin y a su actitud ambigua hacia la revolución china), pero renuncio a ello para centrarme en lo esencial.

Los cuatro puntos en los que me he explayado un poco son suficientes para identificar una actitud que todavía prevalece en Magri: considera inevitabile casi todo lo que acaeció antes del inicio de su militancia. Es cierto que hoy proclama que otra vía era posible: lo ha hecho, en efecto, al hablar en particular de los pobrísimos resultados de la participación en el Gobierno en 1944-1947. En este caso se pregunta: “¿No era posible otra política?” Y se refiere tanto a la política económica como a la reconstrucción del Estado y de sus aparatos. Por ejemplo, escribe, se podía “comenzar a poner en práctica lo que se estaba escribiendo en la nueva Constitución. Se podía, pero no se hizo, y ni siquiera se propugnó”. En ocasiones analiza las posibles alternativas cuando examina el comportamiento de los adversarios, pero siempre lo hace más bien en la segunda parte y en las conclusiones, donde hace una apología totalmente asumible de la “historia contrafactual”, que no se queda únicamente en el nivel teórico, sino que la aplica a muchas cosas que ha vivido. Pero sobre esto, como ya he dicho, volveré más ampliamente en la segunda parte de la reseña.

En numerosas partes del libro se diría que Magri se quedó a mitad de camino. Por ejemplo, a propósito del grupo dirigente del PCI que condenó a Tito dice, como de costumbre, que “no podía evitarlo”, pero añade que si bien no podía no participar en el linchamiento de Tito, sí habría podido hacerlo “de otra manera”, por ejemplo evitando decir que era un espía, que se habìa vendido a los americanos, etc. Pero esto sí que era poco verosímil, pues en medio de una campaña mundial que repetía la calumnia era imposible participar sin hacerlo del todo. Faltó el valor para decir que no. Las medias verdades no existen, son mentiras encubiertas.

Magri cita decenas de veces al Gramsci de los Cuadernos, pero solo un vez, de pasada, la correspondencia de 1926. En realidad lo hace para elogiar el “valor” de Togliatti, que tampoco fue para tanto: finalmente admite la existencia de aquellas cartas, publicándolas en Rinascita, pero solo cuando se percata de que iban a incluirse en la antología Duemila pagine di Gramsci de Giansiro Ferrata. Hasta que fueron publicadas por una revista del “renegado Tasca” o por Bandiera Rossa, que podían sera tachados de “calumniadores”, Togliatti no simuló nada. Magri haría bien en releer aquellos textos.

Gramsci, en su respuesta personal, que tal vez no por casualidad Togliatti no encontraba y no recordaba ni siquiera en 1964, cuando publicó el resto de la correspondencia, manifestó un juicio severísimo sobre el episodio de la carta bloqueada en Moscú: “Esta manera tuya de razonar [...] me ha dado una impresión penosísima”, escibió; en efecto, “todo tu razonamiento está viciado de burocratismo”. La frase más dura, sin embargo, que dejaba entrever una ruptura de relaciones humanas y políticas, va a la raíz de la mentalidad de Togliatti: «Seríamos revolucionarios bien mezquinos e irresponsables si dejáramos pasivamente que sucedieran los hechos consumados, justificando de antemano su necesidad“. (La correspondencia completa apareció con una introducción de Franco Ferri en Rinascita - Il contemporaneo, 24 de abril de 1970.)

Haría falta repetírsela todos los días, esta frase, y pensar en ella. Fue esa aceptación fatalista de lo existente lo que tanto indignaba a Gramsci, que llevó a Togliatti a servir a Stalin y después el conjunto del movimiento comunista a dilapidar un acervo acumulado en el curso de decenios de luchas. Como también a gran parte de la “nueva izquierda” a renunciar a luchas difíciles, pero no imposibles, solo porque la victoria no estaba asegurada. Pero de esto hablaremos también en la “próxima entrega”, a propósito de las ocasiones perdidas…

/1 Lucio Magri, El sastre de Ulm. El comunismo del siglo XX. Hechos y Reflexiones, El Viejo Topo, Madrid 2010
/2 Véase http://antoniomoscato.altervista.org/index.php?option=com_content&view=article&id=102:una-seción-del-pci-nel-1956&catid=6:il-dibattito-sul-qsocialismo-realeq&Itemid=15 (en italiano)
/3 Se refiere a una decisión del PCI de 1944 de propugnar la formación de un gobierno de unidad nacional con las fuerzas antifascistas y la monarquía.

Traducción: VIENTO SUR

Testo originale in italiano: Magri, Ulm e lo stalinismo

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