Movimento Operaio

La pagina di Antonio Moscato

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Un debate cubano

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Un debate cubano

Da mesi a Cuba si è sviluppato un dibattito sull’emigrazione. Lo avevo seguito con un certo interesse, senza tuttavia pensare di inserirne almeno uno stralcio sul sito. Ma ogni tanto incontro compagne/i latinoamericane/i (soprattutto legate/i al PC cileno) che ritengono che chiunque critichi Cuba sia pagato dalla CIA e dovrebbe andarsene subito dall’isola. Questo stralcio dal dibattito cubano dovrebbe far riflettere su un problema che invece proprio i militanti rivoluzionari più convinti, e non disposti ad andarsene, considerano fondamentale. Il dibattito si è sviluppato sull'Observatorio critico desde Cuba, ed è stato ripreso in parte da sinpermiso. (a.m. 23/10/12)

 

Cuba: tres cartas a propósito de un joven que se va

Rafael Hernández · Diosnara Ortega González · Víctor Fowler · · ·

 

02/07/12

 

 

 

1) Rafael Hernández: Carta a un joven que se va: levántate cada día recordando esta nave donde seguimos remando, que solo se mueve si todos la empujamos

 

Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.—San Pablo, Epístola 1ª a Timoteo, cap 4, vers. 12, 16.

Seguro no recuerdas la caída del  muro de Berlín, pues quizás naciste en ese mismo año o cuando más terminabas la primaria. Para ti y tus amigos, la muerte del Che es un acontecimiento tan remoto como lo era la Revolución rusa para los que nos fuimos a alfabetizar en 1961. Tan remoto como el siglo pasado. Aunque celebraste el nacimiento del nuevo milenio, te sientes más del siglo XXI que del XX. Si alguien te dijera que eres un cubano de transición, lo mirarías con extrañeza. (Te comento que esa frase despedía cierto resplandor en los años 60; ahora no tanto). En cambio, si alguien te preguntara si eres un ciudadano del Periodo especial, quizás te encogerías de hombros o le harías un comentario mordaz, pero en el fondo estarías más de acuerdo. La mayor parte de tu infancia y adolescencia han coincidido con ese Periodo especial, que a diferencia de los viejos, a ti no te ha tocado vivir como malos tiempos o incluso derrumbe de ilusiones, sino como único horizonte de vida. En estos 22 años, que  vienen siendo como una generación y media, según los expertos, no has recolectado epopeyas como Playa Girón o la Crisis de Octubre, ni siquiera la guerra de Angola.

Sientes que la mayor diferencia con los viejos, sin embargo, no ha sido la falta de aquellas gestas, sino de aquellos sueños. Esa épica revolucionaria se aleja más de ti mientras más la televisión vacía sus imágenes repetidas en la pantalla, las has visto tantas veces que no te dicen nada. Pero no es tanto eso lo que te falta, sino los proyectos que otros antes de ti pudieron hacerse. Cuando llegaste, todo estaba hecho, armado, por los que habían demolido lo viejo (lo que para ellos era el pasado), construido y reglamentado el orden nuevo. Tú, que no llegaste a tiempo para aquellas edificaciones, piensas que aquel país inventado por otros (para ti, el pasado) ya no existe, y solo sobrevive un orden viejo, más bien irremediable. Lo peor, sin embargo, no es haber nacido en un orden preestablecido, porque eso le pasa a todo el mundo, sino tus inciertas posibilidades de cambiarlo. En todo caso, no quieres invertir tu vida intentándolo, porque no tienes otra que esta; y aspiras a conseguir un techo propio, un empleo que te guste y te permita lo que puedas con tu capacidad y esfuerzo, sin penurias de transporte y luz, y planear para irte de vacaciones a alguna parte una vez al año, aunque tengas que quitarte de otras cosas. Piensas que la única manera de asegurarte esa vida es saltar por encima de este horizonte y buscar otros.

No sé cuándo lo decidiste y quizás una parte de ti todavía duda. Puede ser que se te haya ocurrido la primera vez cuando supiste que un amigo tuyo ya no estaba aquí; cuando, en un encuentro con viejos compañeros de clase, se pusieron a inventariar al grupo, y ahí se dieron cuenta de que muchos se habían ido. O porque a tu pareja se le ha metido en la cabeza y no para de hablar de eso el santo día. O porque esa misma pareja se ha hecho ciudadana española, y con ese pasaporte ya pueden irse a vivir a Europa o a cualquier país, hasta los mismos Estados Unidos. O porque tus parientes en Miami, Madrid o Toronto pueden darte una mano. O porque simplemente necesitas respirar otro aire.

Esta carta parte de creer que piensas con tu propia cabeza. Mi intención no es disuadirte, ni hacerte advertencias, ni mucho menos endilgarte un discurso patriótico. No pretendo hablarte como tu padre, consejero o guía espiritual; ni como mensajero de una fe religiosa, verdad revelada, voz de la experiencia o autoridad de maestro. Te invito a pensar entre los dos tus razones, pero sobre todo el contexto y significado de tu decisión de irte del país. A poner en situación tus argumentos, para sacar algo en limpio que, tal vez, pueda servirte. No creas que lo hago solo por ti. Tengo mis propios motivos, porque tu decisión de partir nos implica a todos, y sobre todo a los que no hemos pensado nunca en irnos.

Te propongo primero que miremos juntos lo que tenemos alrededor.

Oyes decir que los jóvenes no tienen valores, reniegan del socialismo, se quieren ir del país y no les interesa la política. Quizás los que así piensan identifican valores con sus valores, la política con movilizaciones y discursos, la defensa del socialismo con determinados mandamientos entre otros, que este sistema es solo para los revolucionarios comprometidos, que un ciudadano cubano solo lo es mientras resida en la tierra donde nació, o que disponer de otro documento de viaje equivale a ponerse a las órdenes de una potencia extranjera.

Te advierto que los que así razonan no son nada más algunos funcionarios, sino muchas otras buenas personas, íntegros ciudadanos, para quienes defender la patria no es una declaración. De hecho, cuando estos hablan de defender las conquistas sociales de la Revolución,  la mayoría piensa en educación y salud gratuitas, y si esa es la medida de la Revolución y el socialismo en el plano social, es lógico que muchos digan que tú deberías pagarlas, si te quieres mudar a otra parte donde no vas a defenderlas.

En cambio, tú crees que esos derechos los conquistó la Revolución para todos, y por eso mismo son tuyos, sin más condiciones que haber nacido en esta isla. Has escuchado que, según la Constitución, los derechos básicos de un cubano están más allá de su manera de pensar; y que la justicia social y la igualdad son precisamente eso: principios y valores que hay que ejercer de verdad, sin sujetarlos a clase, raza, género, orientación sexual, religión o ideología, porque representan la conquista más importante de todas, la de la dignidad plena de la persona. Bueno, si tú estás de acuerdo con eso, quizás te sorprenda escuchar que eres una criatura del socialismo. Si te importan el bienestar de toda la sociedad, la democracia de los ciudadanos, la libertad (incluida la de todos los que te rodean) y la independencia nacional, te advierto que eres un ser más polítizado que muchos habitantes del planeta incluidos probablemente la mayoría de ese país para donde vas.

También tú tienes, como esos otros buenos ciudadanos que acabo de mencionar, tus propias verdades asumidas, que compartes con tus amigos, y que ustedes tampoco ponen nunca en tela de juicio. Por ejemplo, piensan que son un cero a la izquierda, y que nada pasa por ustedes. Sin embargo, te comento que este sistema nuestro te consulta y te pide que te movilices, porque  tu movilización y tus opiniones le son necesarias para que la mayoría de las políticas funcionenaunque ni tú ni muchos burócratas lo entiendan así. En efecto, aunque ellos sigan pensando que lo decisivo es aceitar la cadena de mando y cumplir el plan,  y tú creas que eres una nulidad en el sistema, cuando pides la palabra para criticar los Lineamientos, reclamas tus derechos en cualquier parte, protestas ante desigualdades y privilegios, aplaudes una crítica dicha sin pelos en la lengua, pides que las políticas no solo se enuncien sino tengan resultados e incluso cuando acudes a la Plaza refunfuñando, para hacer quórum en la misa de Joseph Ratzinger estás contribuyendo activamente a la política, y a mantener vivo un tejido sin el cual este sistema languidecería, y que los sociólogos llaman consenso.

Por cierto, ese tejido es lo que sostiene también al capitalismo. La diferencia consiste en que este no requiere que participes activamente, basta con que no intentes subvertirlo, tengas la sensación de estar informado y poder decidir quién gobierna, yendo a votar (o no) cada cierto tiempo. Naturalmente que allá puedes expresar muchas opiniones y escuchar otras miles, elegir entre varios candidatos, enterarte de quiénes son y cómo piensan, sus planes y propuestas para los grandes problemas del país, e ir a votar (si eres ciudadano) por el que te parezca. Quizás te hayas preguntado a veces por qué este sistema nuestro, que tiene sus elecciones, no puede darle a la gente que piensa como tú la posibilidad de expresar sus opiniones políticas en la televisión, proponer tantos candidatos como quiera (no solo abajo, sino a todos los niveles), escucharlos, hacerles preguntas y saber lo que tienen en la cabeza, antes de votar por ellos y sus propuestas. Siempre has oído que la confrontación política en la televisión, una lista abierta de candidatos y el debate entre ellos no es otra cosa que la politiquería del capitalismo. Que si abrimos ese espacio, los americanos, la mafia de Miami y los disidentes se van a aprovechar para usar sus dineros y confundir al pueblo. Y al enemigo no se le puede dar ni tantico así. Etc.

También debes haber oído, sin embargo, que nosotros mismos podemos acabar con esto que tenemos más probablemente que ese enemigo. Y que este y sus planes no pueden ser la causa de que dejemos de hablar de nuestros problemas, porque al final, la verdad se impone. Lo has oído, en la voz de los principales dirigentes, una y otra vez, pero es como si nada, los argumentos de siempre siguen ahí. Estás cansado de escuchar anuncios de cambios que no acaban de llegar, y que no dependen de factores objetivos, sino de una vieja mentalidad que sigue sujetando las riendas.

Por cierto, ahorita que mencioné una frase suya, me pregunto si alguna vez has leído al Che Guevara. Hasta no hace mucho saludabas todas las mañanas recordando su nombre. Me figuro que lo admiras como protagonista de mil hazañas de guerra, y sobre todo, haber sido capaz de morir por sus ideas. Te es familiar el guerrillero heroico, pero lo que sabes del pensador político del socialismo es apenas unas frases sacadas de contexto en vallas y muros despintados, y ciertos lugares comunes, como el tema del hombre nuevo y los estímulos morales versus materiales. ¿Por qué será que nunca te hicieron leer en clase El socialismo y el hombre en Cuba? El Che no creía en la infalibilidad del gobierno o de lo que él llamaba la vanguardia. Sin embargo, el Estado se equivoca a veces. Cuando una de estas equivocaciones se produce, se nota una disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que la forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a cantidades insignificantes; es el instante de rectificar. También advertía que la participación ciudadana era esencial: el hombre en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor. Todavía es preciso acentuar su participación consciente, individual y colectiva en todos los mecanismos de dirección y de producción».

Tú también piensas que la participación no puede ser solo cosa de marchas, actos y reuniones, donde tu presencia no cambia nada ni incide en los mecanismos de dirección, sino por el contrario, se diluye en cumplimiento de metas y otras formalidades. Sientes que en esa participación falta compromiso, sinceridad, espontaneidad. Si te piden que pongas un ejemplo de formalismo, tal vez menciones a las organizaciones juveniles y los medios de comunicación, cuyo estilo y retórica te hacen desconectar a ti y a tus amigos; o los CDR y la FMC, donde tampoco te sientes participante de nada sustancial.

No sé si sabes que, en un país donde puedes votar y ser elegido para cargos en el Poder Popular desde los 16 años, la presencia de jóvenes delegados en municipios y provincias ha ido bajando, desde 22 % (1987) hasta 16 % (2008). En la Asamblea Nacional, esa presencia promedio cayó al 4% en los años 90; y aunque creció en las últimas elecciones, sigue siendo inferior a 9% de los diputados.  Como habrás oído, el porciento de viejos en el país ha aumentado y hoy es el más alto que hayamos tenido nunca (17,73 %); mientras el de niños y jóvenes ha disminuido. Sin embargo, los de tu edad, 16-34, son todavía el 31,41 % de toda la población que puede participar en el sistema político muy por encima de los mayores de 60, que son solo el 21,6 % de los que tienen ese derecho. Obviamente, la presencia de jóvenes en cargos elegidos por voto está muy por debajo de su peso en la población adulta. Sea cual sea la causa de ese bajísimo perfil, está claro que mientras más jóvenes como tú salgan del país, menos será su presencia en cargos políticos; y si resides afuera no vas a poder votar ni mucho menos ocupar ninguna responsabilidad. Como ves, tu decisión de irte tiene hondas implicaciones también para los que nos quedamos.

Esto de irse del país no es nada nuevo, claro. Desde antes del 59, cada vez más gente se iba, sobre todo al Norte; de hecho, ya íbamos en camino de alcanzar una cifra como la de hoy, con más de un millón de nacidos aquí en el exterior. Cientos de miles, incluida la clase alta y muchos profesionales, se fueron en los 60. Cuando el Mariel (1980) y los balseros (1994), partieron otras decenas de miles, entre ellos muchos que no trabajaban, administrativos y obreros. En esas oleadas de los últimos treinta años, no había tantos jóvenes, profesionales y mujeres como ahora. Algunos te dirán, sin embargo, que de otros países México, Centroamérica, el Caribe, para hablar solo de los vecinos se va más gente que de esta isla y no pasa nada. Que hay más dominicanos, jamaicanos y guatemaltecos tratando de llegar a EEUU o adonde sea, que cubanos.  Y que en definitiva, las remesas de los que se han ido mantienen a flote la economía de sus parientes y de su país. ¿Por qué tanto trauma con el caso de Cuba, si eso le pasa a otros muchos? ¿No habría que empezar a pensar que somos otra isla del Caribe, en vez de asumirnos como los raros y de vivir esta experiencia tan normal como una tragedia nacional?

Otros consideran, en cambio, que somos un caso diferente, porque aquí la gente sale por razones políticas, no económicas. Algunos incluso nos miran como una isla rodeada de caña de azúcar por todas partes, donde nadie sabe lo que pasa afuera. Pero seguro tú sí te has enterado de lo que se dice sobre Cuba y los cubanos en el mundo. Aunque no tienes Internet en tu casa,  conseguiste un buzón de correo electrónico, u oyes la BBC o Radio Caracol o Radio Exterior de España u otra de las muchas estaciones en español que se cogen desde cualquier radio. Es probable que hables con alguno de los millones de turistas que caminan por nuestras calles; que tengas un primo en Hialeah o Alicante; un amigo que viaja porque es médico, académico, músico o funcionario. Por alguna de estas vías, o por discursos que escuchas aquí mismo, habrás notado que se ha puesto de moda hablar del éxodo y de la diáspora cubanos. ¿Te has fijado que nadie se refiere a los japoneses en Sao Paulo, los turcos en Alemania o los gallegos en toda América Latina desde que llegó Colón como un éxodo o una diáspora y son muchísimos más que nosotros en cualquier parte? ¿Por qué será? Estas palabras resonantes vienen de la Biblia, donde se usan para describir el éxodo desde Egipto a la tierra prometida del pueblo de Israel; y su posterior dispersión por el mundo. ¿Acaso seremos los judíos de estos tiempos? ¿Otro pueblo elegido, que paga la culpa por sus pecados? ¿Debería tocarle entonces a la iglesia, vicaria de Dios y ajena a los éxodos, la misión de reconciliarnos? Como ves, el lenguaje no es totalmente inocente. En todo caso, esa afición a creernos excepcionales y esa marea de palabras no nos ayudan mucho a ganar claridad sobre lo que somos y nos está pasando realmente.

A fin de cuentas, dentro de poco, tú también serás  un cubano de la diáspora lo que siempre será mejor, por cierto, que si te llamaran exiliado. Cuando llegues allá, verás con tus propios ojos que algunos se fueron a la diáspora y han terminado en el exilio. Las causas de esa enemistad radican allá y aquí. En ciertos países, la industria del anticastrismo, con ramificaciones en muchos sectores, ha creado un mercado laboral, donde es posible conseguir un cierto empleo o modo de vida, si uno se radicaliza en contra. Como podrás comprobar, al revés que aquí, lo políticamente correcto allá es hablar mal de todo lo que pasa aquí, y esa norma, en ciertos lugares, puede ser muy estricta, ya lo verás. Otros, en cambio, se han puesto así porque del lado de acá les han hecho pagar costos elevados, no solo en dinero. Se han sentido castigados, sujetos de prohibiciones y separaciones, obligados a pagar una multa personal que les resulta injusta y onerosa, solo por haber decidido probar fortuna en otra parte. No importa que se haya reconocido oficialmente el origen económico y familiar de la emigración, se sigue cultivando insensiblemente entre muchos de los que parten un encono, cuyo costo rebasa todas las recaudaciones y contabilidades de corto plazo, porque deja una huella indeleble en las personas, y por lo mismo, en el cuerpo real de la nación. El precio de esa enemistad, naturalmente, es inestimable.

Como ves, aunque tu decisión personal parece solo eso, tiene un significado social y político mayor. Te reitero que nada de lo comentado hasta aquí intenta cambiar tus planes. Estoy seguro de que si te quieres ir, no hay papeleo, ni trabas, ni condicionamientos familiares, ni tarifas, ni medidas punitivas que te detengan. Eso lo saben bien aquellos cuyos hijos se han ido, experiencia que incluye a todos los grupos y jerarquías. Algunos parecen olvidar, sin embargo, que sobre este tema de la política migratoria ha habido experiencias provechosas, que deberían tener un efecto demostrativo. Por ejemplo, en el sector de la cultura. Justamente, si fueras artista o escritor, no tendrías el dilema de quedarte aquí para siempre o irte para siempre. Podrías decidir trabajar afuera durante años, y finalmente regresar a tu lugar, para salir cada vez que quieras como han hecho muchos. O seguir allá, mantenerte en contacto y colaborar con proyectos aquí, retornar una y otra vez como hacen otros. Lo cierto es que la mayoría de nuestros artistas y escritores no se ha ido del país de modo definitivo. Si se tratara solo de términos estrictamente económicos, está claro que, para los intereses del país, su valor como capital humano es muchas veces superior a las gabelas migratorias. Esa política alternativa ha dado frutos no solo para ellos, sino para todos nosotros.

No me vuelvas a decir entonces que la política no te interesa, porque la verdad es que todo esto te importa mucho igual que a la mayoría de los jóvenes como tú, que viven afuera, pendientes de lo que pasa aquí. Si te preguntaran por tus sentimientos como cubano, quizás digas que estás orgulloso de que seamos así como somos, de nuestra herencia cultural, tradiciones, luchas por la independencia, creencias, valores, patriotismo. Ya ves que tu apoliticismo es muy dudoso, digan lo que digan o lo que pienses de ti mismo. Ahora bien, probablemente sí te va convenir mucho conectarte en directo con las realidades del mundo, y aprenderlas por ti mismo, cosa difícilmente alcanzable solo con Internet, la antena o el mp3. Salir de Cuba, además de probar fortuna, te da el chance de crecer por ese lado. Nada contribuye más a la educación política que viajar, conocer otras gentes y culturas, valores y creencias ajenas, palpar directamente y hasta experimentar los problemas de otros, para darse cuenta de dónde uno está. Si hubieras tenido la oportunidad de viajar y regresar, una y otra vez, el contexto en el que tomarías tu decisión ahora sería diferente.

Quiero terminar esta carta, naturalmente, con una despedida. No queremos que te vayas. Pero si ya lo decidiste, ninguna talanquera burocrática te lo impedirá, y lo que más cuenta ahora es que no te vayas para siempre. Queremos que no partas del todo, y para asegurarlo, lo primero es poner un calzo para que la puerta siga abierta. Donde quiera que estés, piénsate uno de nosotros, y que perteneces aquí, pase lo que pase. No rompas ni nos dés la espalda ni te dejes provocar por nadie, de allá o de aquí, que pueda convertirte en un enemigo. Levántate cada día recordando esta nave donde seguimos remando, que solo se mueve si todos la empujamos. También tú puedes remar desde allá, para que siga a flote y se encamine a buen puerto. No dejes que te entre el bicho de la soledad o la nostalgia, que no sirve para nada; ni te resignes a la idea de que estás lejos; ni dejes de estar pendiente de todo lo que nos pasa. Nosotros seguimos contando contigo. Te esperamos siempre, como al que vuelve de un viaje. Lleva con orgullo que eres un ciudadano de este país, porque la cubanía no es un documento de viaje, ni la patria un pedazo de tela. Habrá quienes te digan que somos una isla virtual o imaginada, un territorio diaspórico y otras metáforas. Tú y nosotros sabemos que Cuba es el espacio real donde compartimos cosas tangibles como riesgos y resultados, costos y aspiraciones, entre todos. Así debe ser; y será, si nos lo proponemos duro. Buena suerte y hasta pronto.— La Habana,31 de mayo de 2012.

Rafael Hernández es el director de la prestigiosa revista cubana Temas. Esta carta fue publicada en La Joven Cuba

 

 2) Diosnara Ortega González: Carta de una joven que no se va

"Yo no me fui, yo me alejé un poquito.
Desde más lejos se oye más bonito."— Habana Abierta

Querido Rafael:

Cada una de sus palabras parecen un espejo donde escucho rebotar tantas voces y la mía  propia. Comparto sus  preguntas y certezas y es entonces cuando me siento tan feliz, pocas veces veo permearse las barreras generacionales por ideas y sentimientos más importantes que los discursos preestablecidos. A usted le correspondería hablar como un cuadro, un típico militante del partido, a mí simplemente no hablar. Soy de la generación de los ochenta, y tiene razón, no me acuerdo de la caída del Muro, y la Crisis de Octubre no significa nada para mí. Pero recuerdo ir a comprar jabolina  a una casa clandestina con mi mamá, las largas noches durmiendo en el piso de la sala con la puerta abierta en busca de refrescar aquellos interminables apagones, los intentos de salida del país de mis tíos, los que al fin lo lograron “por el bombo ”.

Así pudiera apuntar tantos eventos comunes a mi generación y también a la suya, solo que en momentos distintos de la vida. Cuando ya usted tenía un concepto formado de la “lucha” yo aprendía otro muy distinto que me valdría hasta el día de hoy para saber cómo se vive en Cuba. He visto irse a la mitad de mi familia, amigos que van a estudiar o trabajar “afuera” y no regresan. Pero de tantos irse ya es como algo esperado aunque no por ello menos doloroso. A diferencia de usted, más que aquel que se va, me preocupa y entristece aquellos  que no salimos físicamente del país, pero que ya no estamos. Muchos han abandonado a Cuba desde dentro: jóvenes, viejos, funcionarios,  amas de casa, campesinos, obreros. Algunos caemos como en corto circuito, por momentos nos conectamos con lo que pasa, cuando nos duele  mucho, hacemos algo, decimos algo, y otras tantas nos volvemos indiferentes  y es como si no estuviéramos, como si también nos hubiéramos ido.  Existe también una diáspora y un exilio dentro de Cuba, que se siente aunque no se ve.  Nosotros mismos las hemos construido.

Hemos aprendido demasiado de la inercia. Una y otra vez nos han enseñado que no importa lo que hagas, nunca nada cambia, al menos no como exiges o esperas que cambie, para bien tuyo y tus semejantes. Todo es un juego, parece pero no es. Y mientras tanto esta, la única vida que tenemos se nos va esperando, esperando…

Yo también aspiro a tener techo propio, a vivir feliz de mi empleo, sin penurias de transporte y luz, y más que irme de vacaciones una vez al año, tener asegurada una infancia estable económica y espiritualmente para mi pequeño, una vejez cálida y sin miserias para mis padres, que tanto han trabajado y cuyo retiro no alcanza ni para los gastos de la electricidad. No quiero ver crecer, solapada, la miseria a mi alrededor.

Soy una joven madre que no se va de Cuba, al menos no físicamente, ¿pero políticamente, espiritualmente? Tengo miedo no solo de aquel que se va, que como a usted, como a todos, nos afecta, nos abandona, tengo miedo de irme yo también de ese otro modo, con el silencio que cuenta a favor del contrario, con la indiferencia que nos deja totalmente vencidos. ¿Qué hacer, cómo romper este círculo vicioso?

Vivo en un país donde cada día mis creencias se alejan más del  los medios para alimentar a mi hijo. Estamos pasando a planos superiores de la corrupción: del chantaje nos dirigimos a la extorsión. Un país donde se instaura con agilidad una clase parásita que devora todo vestigio de decencia y dignidad. Los nuevos rumbos políticos de la economía cubana, dejan en manos de esta burocracia a una cantidad mayor  de hombres y mujeres a los que no nos queda más que vender nuestra fuerza de trabajo o invertir los recursos ahorrados con un mínimo de seguridad, la que en manos de ellos, los que inspeccionan,
autorizan, dan permisos, se esfuma.

Entonces aquí adentro ¿qué hacer: ser cómplices, no denunciar, jugar a ser víctima y así sobrevivir en un juego de poderes que siempre se sostiene gracias a tu silencio, o ser consecuente con lo que crees justo, exigir tus derechos, los que van más allá de la Constitución y también esos, y correr el alto riesgo de ser más rápido víctima de esos poderes?

La salida a este círculo vicioso sigue siendo la valentía. La valentía para dormir con la conciencia tranquila y la certeza de ser devorada a la mañana siguiente por  aquellos contra los que te levantaste ayer. Lo peor es siempre si dependes de ellos para alimentar a tu familia. Esta es una triste realidad que para muchos cuadros parecerá un exceso y ojalá lo fuera, pero eso  solo dice las distancias entre sus vidas y la de tantos otros y  otras como yo. Cuando soy cómplice de lo que creo mal hecho: del inspector que viene a “sofocarme”  y no denuncio porque mañana me va a joder, de la bodeguera que me revende la leche que toma mi hijo y el del vecino, estoy dejando atrás a Cuba, estoy viviendo su más cruda realidad y al mismo tiempo me estoy yendo. Yo también he pensado en ser parte de la institucionalidad existente y lo he hecho: he sido  militante de la UJC, he pensado aceptar ser delegada de mi circunscripción, asesora de algún Consejo Popular, he sido parte de acciones que buscan cambios, pero la realidad solo me ha
desgastado y dicho: ¿para qué?

Ya ve, no le hablo como una socióloga,  o mejor dicho, no como los que viven de la sociología. Su carta no pretende convencer a los ya convencidos, pero cada argumento me recuerda esas murallas gigantes que asfixian el futuro y el presente suyo y mío, sin importar edades. Una amiga que como yo ha tenido la posibilidad de viajar fuera de Cuba, me dijo una verdad rotunda con la que me despido: “desde más
lejos todo no se oye más bonito”.— La Habana, 15 junio 2012.

Diosnara Ortega González es una joven madre. Socióloga. Msc. Psicología Social y Comunitaria. Investigadora ICIC Juan Marinello. Cuentapropista.

 

3) Victor Fowler: A propósito de la Carta a un joven que se va.

 

Rafael:

Es difícil exponer algún comentario acerca de esa “carta a un joven que se va” que recién envías. Al menos en mi caso, he quedado con la extraña sensación  de que pertenecemos (todos) a un orden de cosas inamovible, dominado por la fuerza de decisores invisibles y cuasi-divinizados (a veces la célebre "buriocracia", otras sin nombre) y que –paradojalmente- la única transformación real que puede ser intentada es la de demostrarle a este joven hipotético (que ya decidió abandonar el país) que pese a todo sigue siendo un hijo del socialismo. De esta manera, según lo entiendo, se elude lo que –para el joven- debió de ser la cuestión fundamental: “¿es posible participar, ser escuchado, incidir en las decisiones relevantes de la vida socio-política en el país?”

Puesto que tu carta expone varios ejemplos de participación, entendida como la contribución al consenso (incluyendo el “hacer quórum en la misa de Joseph Ratzinger”), entonces parece que la pregunta debe de atravesar hasta mayor profundidad para que la respuesta explique por qué tenemos la sensación de que la “participación“ es experimentada sólo como un “hacer quórum” o sumatoria de cifras, una suerte de deriva hacia el consenso (cuyos límites y características fueron y son continuamente diseñados y discutidos por otro para quien la norma es no darnos “participación”).

En este último caso, cuando el contenido de la participación es vaciado, alienado de sí, el discurso resbala y rebota hasta verse obligado a enfrentar la más sorprendente de las paradojas; a saber, la obligación de explicar cómo es posible que la crisis del presente brote exactamente del lugar que constituye la promesa esencial del socialismo, su más elevado punto en el pasado: la idea de que la realidad de la participación hace posible la transformación del hombre, la cultura, sociedad y –en general- la vida.

En esta carta, tal y como señalas, no te presentas como “… padre, consejero o guía espiritual” y tienes suerte de que así sea, pues debe de ser profundamente desgarrador enfrentar un caso no-hipotético desde cualquiera de las posiciones que mencionas; dicho de otro modo, ¿qué ofrecer a alguien que no sea la más amplia opción de participación en el destino propio? ¿No es acaso aquí, en ese camino pleno de riesgo tanto como de posibilidad, que la “sociedad pobre” (enfrentada a la opción “dura” del consumo) renueva su atractivo, su apelación? En el reverso de esto último se encuentra la peor de las preguntas (y que también debiéramos, según mi juicio, responder): ¿qué es todo lo que se necesita no poseer (por ejemplo, siendo el hipotético joven de tu carta) para tomar la decisión de ir a vivir a otro país, teniendo como punto de partida una sociedad como la cubana?

Las preguntas son siempre muchas e igual las gracias por tu artículo.

Victor Fowler es un reconocido poeta y ensayista cubano.

 www.sinpermiso.info, 1 julio 2012

CARTA DE UN VIEJO QUE NO SE FUE…

José Antonio Gómez (Camagüey, Cuba)

He seguido con sumo cuidado las respuestas en forma epistolar con que varias personas han respondido la Carta a un joven que se va del señor director de la revista Temas. No es mi intención hacer valoración alguna acerca de su argumentación, ni la de las personas que le responden, expreso eso sí, que hay respuestas de alto vuelo.

Recuerdo haber leído alguna vez que Camilo Cienfuegos fue uno de los jóvenes que viajó a EE.UU en busca de memore condiciones de vida, de libertad, huyendo de la represión del gobierno de Fulgencio Batista. De USA fue deportado, volvió, y de allí se fue a México para ser uno de los hombres que vino en el Granma en 1956 para eliminar el estado de cosas existentes en la tierra de José Martí en realidad insostenibles.

Luego de una cruenta guerra civil los expedicionarios triunfaron, establecieron un gobierno e iniciaron una nueva etapa en la historia de Cuba. Hubo grandes mejorías, tan grandes que nadie puede ocultar.

En los inicios de esa revolución triunfante se fueron numerosos personajes vinculados al gobierno defenestrado, burgueses, propietarios, profesionales, entre otras personalidades que no gustaban del nuevo régimen lo cual era lógico pues una clase social desplazaba a otra. Sin embargo si logramos toda, o casi toda, la justicia cabe preguntarse: ¿Por qué la migración no cesa? ¿Por qué una parte importante de nuestra juventud no ve otra posibilidad de realización que abandonar su país? ¿Qué generalizo? Si, generalizo: los que están, quieren o quisieran irse, suponiendo encontrar mejores condiciones de vida. Los que se quedan no logran, en general, crearse un proyecto de vida por el cual trabajar.

La desmotivación es un mal generalizado.

Tengo cumplidos 77 años y llevo más de 50 luchando u oyendo hablar de luchar, para que las futuras generaciones tengan un futuro mejor, para que cada matrimonio tenga su hogar; el enfermo, hospital; el niño, escuela; el joven, universidad; para que el quien desee tomarse un vaso de leche pueda hacerlo. Nada de esto hemos conseguido plenamente.

Lo más terrible es que está demostrado que no lo lograremos, que moriré viendo que, incluso, para los mayores de 60 años hace mucho tiempo no hay leche, que no tenemos tiempo de esperar otros 50 años de promesas, metas imposibles, decisiones para hacer y casi de inmediato decisiones para deshacer. La vida se me ha ido. A nuestros jóvenes de hoy no se les irá porque están mejor preparados que sus ascendientes.

Hay elementos que no deben omitirse. El joven que está en Bulgaria se fue por los problemas que sufrió, sin embargo, ¿por qué se han ido los nietos de la Revolución?, los nietos o hijos de altos cargos del partido, gobierno o estado cubanos. Esos jóvenes nunca carecieron de nada. ¿Qué comprendieron? ¿Qué formaban parte de una élite, de la que quisieron separarse? ¿Qué anda mal en esas entrañas? ¿Cuál es el futuro?

Resulta deplorable que se pida más sacrificios a este pueblo, revolucionario y antiimperialista, por los que “desconocen” las carencias de 11 000 000 de cubanos. Si, lo que excede de esos 11 millones es la clase para los que no está vedado, el obispo, el venado, la tan prohibida, terca e inútilmente, carne de res… algunos miles que consumen de lo que millones carecemos. Los Menos sobre los Más, dice el trovador matancero.

La desigualdad en Cuba es una colosal vergüenza nacional: una cubana de notable familia habanera fue detectada en una ciudad marítima con una carga de langostas, un vigilante la detectó y procedió, el resultado fue que el infeliz hombre casi pierde su empleo. Otro ejemplo, un alto dirigente gubernamental consumió una escandalosa cifra de CUC en exquisitas bebidas en una provincia. Los empleados del lugar protestaron. Luego fueron visitados por una comisión de alto nivel que justificó el pago estatal de la elevada factura alegando que: “Muriano” trabaja mucho.

Y acaso ¿Nosotros no trabajamos mucho? No llevamos decenios trabajando para malvivir dificultosamente. Lamento que un joven se vaya. Pero no tienen alternativas. Volver a la Sierra Maestra es algo inimaginable, variar la composición del parlamento es imposible, elegir un gobierno que haga lo que dice no se ve en el horizonte. La Mentira es la gran protagonista del momento cubano actual en todos los sectores de la sociedad, en donde empieza a predominar, además, el chantaje. Los electores no estamos excluidos, por una u otra razón, de delinquir pues sencillamente delinquimos desde el momento en que despertamos a un nuevo día cuyo desarrollo ignoramos.

El privilegio más bárbaro está instaurado en Cubita. Se nos habló de eliminar gratuidades indebidas ¿las hay de otro tipo? ¿Qué se hizo? Lo que se vendía por un CUP, ahora se vende 1.20 CUP. Hay muchos privilegiados que disfrutan de sus vacaciones en Vietnam o en la República Popular China, además. Eso lo pagan esos jóvenes que trabajan en cualquier lugar de este país, o fuera de él generando divisas.

Lo que los cubanos vemos en la tele o en la prensa escrita es pueril: 85 % de asistencia a las asambleas de nominación de candidatos, masiva celebración del aniversario 52 de los CDR, entusiasta labor de limpieza en tal lugar para acabar con el mosquito….triunfalismo. La realidad anda por el norte y el mensaje por el sur. O viceversa. Eso sucede con la informaciones sobre Venezuela en donde hay grandes y serios problemas, como los había en la URSS y no se nos dice una palabra. Admiro a Chávez, partiendo de lo que me han dicho de él.

Si la Revolución Bolivariana es derrotada Cuba tiene su cuota de responsabilidad en ello: los venezolanos se preguntarán ¿por qué si el Socialismo es tan bueno, cientos de médicos cubanos se quedan aquí o vuelan a USA que es tan malo? Chávez tiene hoy día sólo 53 o 56 intenciones de voto a su favor, parece muy bajo. Correa tiene 85 %, allá no hay tantos médicos, profesores, técnicos, etc., cubanos.

Ya no veré la solución, pero sigo siendo optimista. En honor a la verdad expreso que no quiero que suceda aquí lo que en algunos países de Europa del este. ¿Qué quiero?

1.- Que haya periodismo en Cuba, que a los periodistas no se les diga “desde arriba” lo que pueden o no publicar. Ellos saben lo que deben hacer.

2.- Que los médicos reciban salarios y condiciones de vida acorde a su jerarquía. Si una operación de corazón vale más de 100 000 dólares ¿entonces por qué el equipo médico y paramédico tiene un salario miserable? Hay que crearles condiciones para que atiendan a sus pacientes como es debido, sin tener que estos tengan que llevarles un queso o una banda de cerdo de regalo.

3.- Que los maestros y profesores estén debidamente calificados para preparar a sus niños y jóvenes, que tengan salario adecuado para que no exijan tal cual obsequio en diciembre, no vendan pruebas, ni meriendas o materiales escolares.

4.- Que cada dirigente sepa que está en ese puesto para servir al pueblo y no para servirse de él, según Martí la Patria es ara, no pedestal.

5.- Que se depure al País de miles de corruptos que han acumulado fortunas desde sus cargos, en instancias como Vivienda, lo que les permite un modo de vida excepcionalmente elevado. Sólo habría que investigar los verdaderos propietarios de residencias en Varadero para que se haga público lo que el pueblo conoce.

6.- Si en realidad se quiere perfeccionar nuestro sistema político hagámoslo más democrático y eficaz. Pregúntele a cualquier elector quien es su diputado y verá que no lo sabe. El Delegado de la circunscripción es un pobre pelele a quien nadie hace caso, ni en la Asamblea Municipal ni en la que él dirige. Con perdón del Dr. Ricardo Alarcón de Quesada, necesitamos que los señores diputados hagan algo más que levantar las manos aprobando lo que es imposible desaprobar.

De mi generación quedamos sólo una pequeña parte. Los menos, por muy poderosos que sean desaparecerán, los jóvenes cubanos, sin odios ni rencores, aunque tengan justificaciones para ello, están obligados a resolver los grandes problemas que reciben como herencia. Es imprescindible hacer como Correa en Ecuador, luchar para que los nacionales de su país regresen, los cubanos todos tenemos en nuestro País posibilidades de trabajo y riquezas conforme a las capacidades de cada cual.

Hace casi 200 años que los cubanos andamos desperdigados por el mundo. Ello no es lo que desearían los fundadores, Céspedes, López, Gómez, Maceo, Martí….creo que hay que demostrar lo que dijo un periodista franco-español: un mundo mejor es posible.

En el Granma de hoy se publican estos versos de Jesús Orta Ruíz:

Placa en la puerta del partido:

Este lugar es un lugar propicio /para el amor y el sacrificio / aquí tienes que ser /el último en comer /

el último en dormir / el último en tener /y el primero en morir.

 

Eso era en 1968. Ahora es imprescindible rectificarlo:

 

Placa en la puerta del partido:

Este lugar es un lugar propicio / para la ocasión y el privilegio / aquí tienes que ser / el PRIMERO en comer / el PRIMERO en dormir / el PRIMERO en tener / y el ÚLTIMO en morir

 

 

Otra Carta del “joven cubano que se fue”

Iván López Monreal · · · · ·

 

21/10/12

 

 

 

Me llamo Iván López Monreal y hace varias semanas escribí una carta abierta para explicar mi posición como joven cubano emigrado. Lo hice porque quise, no porque me lo pidiera nadie. Lo hice solo, en mi habitación. Sin consultarlo con amigos ni con novias, ni siquiera con mis padres, que viven en Cuba y tal vez sean los mayores perjudicados en todo esto.

Lo hice con respeto a quienes defienden una posición distinta a la mía. Lo hice sin ofensas.

La respuesta que me llega desde los blogs oficialistas es que yo no existo, soy una mentira, una infamia, una careta tras laque se oculta un enemigo de la Revolución. Soy un manipulador, un tergiversador, un peligroso involucionista que pretende intoxicar a los jóvenes con un mensaje cargado de debilidad. Dicen que detrás de mi está la CIA, la USAID, la mafia de Miami. La basura del exilio. La gusanera enrabietada.

Aunque debo ser justo, la persona a la que estaba dirigida mi carta, Rafael Hernández, se ha mantenido al margen de esos ataques, incluso tuvo la gentileza de enviarme un mail agradeciéndome por el debate que hemos generado. Y eso le honra.

Tardé unos días en responderle, también en privado, porque no quería crearle problemas a nadie, mucho menos a mi familia,pero algunos han interpretado mi silencio como parte de una operación conspirativa, una prueba de que no existo.

De que soy un fantasma, ¿O si no por qué no aparezco en Facebook, o en Twitter, cómo es que no tengo un blog, cómo es posible que no haya publicado nada antes? Evidentemente yo debo ser un profesional de la contrarrevolución para decir las cosas que digo. Han llegado a sugerir que la carta es demasiado perfecta para ser real.

Para esos blogueros, los jóvenes cubanos carecemos de capacidad para analizar y juzgar de forma crítica la sociedad en la que vivimos. Y si lo hacemos, apartándonos de la doctrina oficial, es señal de que alguien nos manipula. Ellos no. Ellos explican y convencen. Por eso no les gusta mi visión de Cuba.

Mis palabras les han parecido falsas, equivocadas y peligrosas. Me piden que recuerde aquella frase del Che Guevara que decía “al imperialismo no se le puede dar ni un tantico así”. Y eso lo justifica todo. Porque en Cuba hay que callarse para no dar pretextos. Solo vale confiar en las decisiones de nuestro gobierno. Y sí, puedes quejarte mientras no lo hagas delante de una cámara o frente a un micrófono abierto.

Para que no malinterpreten tus palabras, para que tu discurso no se parezca al del disidente, para que nadie cometa el error de pensar que en los temas sensibles es posible el desacuerdo. Dicen que es un sacrificio necesario, un acto de fidelidad. Para mí es una forma de alimentar los fanatismos. Porque solo un fanático, un inconsciente o un inmoral puede negar la realidad del país y acusar a los que la denuncian de mercenarios.

Yo he dicho lo que pienso desde mi verdad y desde mi dolor. Soy cubano, y aunque viva en Bulgaria o en Kamchatka lo seguiré siendo. Ojalá pudiera despojarme de la identidad como de las ropas. Ojalá pudiera renunciar a mi pasaporte y empezar de cero, sería más cómodo para mí y para mi familia, pero no puedo. No sé hacerlo.

Así que no me queda otro remedio que aceptar mi condición de emigrado y pagar por ella. Porque para eso sí existo. Para pagar por cada gestión, cada papel, cada permiso que necesite, incluido el de volver a pisar el país donde nací. Existo para pagar, no para opinar. Por eso ahora me niegan. Me borran. Me anulan.

Desde hace muchos años en Cuba se niega la realidad que no se quiere ver. Es preferible echar sombras sobre todo aquello que es incómodo mientras se apela a un heroísmo de barricada. Porque un revolucionario que dude es un revolucionario débil. Y se niega la duda como se niega el miedo a la discrepancia. Ellos ven la ideología no como una opción política sino como un catecismo limitado y empobrecedor. Hablan de leer al Che como hablan los obispos de los evangelios. Y con eso basta.

Decía Miguel de Unamuno que el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Porque no hay nada como asomarse al mundo para colocar tus ideas en el sitio que les corresponde. Sin demagogias ni delirios. Y sí, hay que leer al Che, que hizo una revolución con las armas en la mano, y hay que leer a Gandhi, que hizo la suya, más humana yprofunda, sin disparar un tiro.

Hay que leer a Marx y a Lenin, pero también a Adam Smith y a Keynes. Hay que leer a Mijail Shólojov para conocer la épica de la revolución rusa, y a Solzhenitsin para descubrir la desoladora tragedia del estalinismo.

Tenemos derecho a saber y a pensar. Y nadie debería basarse en eso para criminalizar tu forma de entender la sociedad.

Ni para llamarte antipatriota. Ni para anularte. Nadie debería valerse de tu opinión para convertirte en un enemigo público.

Ni para injuriarte. Ni para condenarte. Aunque se haga en nombre de la soberanía nacional. Porque no es verdad. Eso solo busca que los que piensen como tú tenga el sentido común de callarse. O que al menos limiten el descontento a los pasillos de sus casas, a los patios interiores, a las mesas del comedor. A espacios en los que nadie les escuche.

Por eso han convertido la cotidianidad cubana en un inmenso ejercicio de hipocresía que solo beneficia a los oportunistas.

Porque ya nadie se cree nada. Porque es imposible defender desde la honestidad un estado que se empeña en poner cada día las cosas más difíciles, que desprecia a la población atragantándola de permisos y prohibiciones.

Un estado que no da explicaciones. Nunca. Por nada. Y busca cada resquicio de supervivencia para atajarlo con leyesabusivas que exacerban aún más el robo y la doble moral. Un estado empeñado en habitar una realidad ficticia mientras niega la real. La de cada día. La de la prepotencia y los abusos, la del cólera y el dengue, la de esto es una mierda y sálvese quien pueda.

Esa realidad existe, como existen quienes la sufrimos y deseamos que cambie. Algunos para tener un sueldo que les permita llegar a fin de mes, o mercados mayoristas, o mejores hospitales, escuelas, carreteras, o impuestos más justos, o acceso a Internet.

Otros para que podamos entrar y salir del país sin más exigencias que un pasaporte. Un simple pasaporte con tu nombre y tu foto. Sin humillaciones. Y sin tener que ir a los consulados a pagar por tu condición de cubano como si fuera una multa. Porque no es una multa. Es mi nacionalidad. Y no la elegí como tampoco elegí a mis padres. Nací con ese derecho.

Y ya estoy harto de que me cobren y me chantajeen por él.

Quiero un cambio para acabar con eso. Y quiero un cambio para legalizar otras opciones políticas, no porque crea que la democracia es la solución mágica a nuestros problemas, que no lo es, pero al menos hará que nuestros líderes dejen de sentirse intocables. Porque los errores se pagan, y los fracasos también. Y si yo me equivoco y asumo las consecuencias,tendremos que exigirle lo mismo a quienes nos gobiernan. Llámense como se llamen. Y vistan el uniforme que vistan.

Hasta mi padre quiere un cambio, con su carné del partido y sus medallas. Porque está harto de que le suban el precio de la comida, de que el Granma le mienta, de que cada día sea más difícil conseguir algo de forma legal. Harto de que el estado le cobre servicios en una divisa que no forma parte de su salario. Harto de ver en las noticias una Cuba que no existe.

Porque él sí existe, él es real, y sabe que negar los problemas solo sirve para agravarlos. Mi padre en muchas cosas piensa como yo, y no es un disidente. Es un revolucionario con una hoja de servicios que difícilmente puedan igualar esos que me acusan de mercenario. Pero las decisiones políticas de mi país han conseguido que generaciones dispares y con experiencias distintas, lleguemos hoy a una conclusión muy parecida: así no podemos seguir.

Y el estado lo sabe, pero no lo quiere admitir. Las figuras históricas de la Revolución prefieren mirar hacia otra parte.

Prefieren ganar tiempo porque saben que, con suerte, morirán antes de que todo se desmorone. Y así la historia culpará alos que vienen detrás. “Después de mí el diluvio”, decía Luis XIV.

Esa es la filosofía que rige el inmovilismo, no vaya a ser que les ocurra como a Gorbachov, que buscando perfeccionar el sistema lo terminó desmontando. Y ellos no quieren eso. Ellos quieren morir en la trinchera porque asumen que tumbar a Batista los legitimó para siempre, y al que no le guste, que se busque unos fusiles y empiece otra revolución.

Nos ven incapaces de construir una sociedad plural donde quepan las ideas de unos y otros, sin ofendernos ni matarnos.

Para ellos (y para algunos en Miami) la única forma de cambiar un gobierno es a través de la fuerza. Como si Cuba estuviese condenada a un interminable ciclo de violencia protagonizado por salvadores de la patria. Y donde el ganador, como en los casinos, se lo lleva todo.

Lo piensan porque no son políticos, siempre han sido soldados, y parafraseando aquella memorable carta que le escribióJosé Martí al Generalísimo Gómez, han gobernado el país como se manda un campamento.

Pero Cuba no es un campamento. Y retrasar los cambios solo servirá para que todo sea más difícil. Más amargo. Lo sé yo, y también lo saben esos blogueros oficialistas que me hablan de resistir cuando yo hablo de corrupción, que me hablan de imperialismos cuando yo hablo de pérdida de valores. Que me hablan de lo mal que está el mundo, cuando yo hablo de lo mal que está mi país.

Ellos dicen que prefieren combatir la corrupción desde allá, aunque nunca publiquen sus denuncias. Aunque nunca alzaron la voz cuando no podíamos entrar en hoteles ni pisar ciertas playas. A ellos les parece bien que seamos el país de América con más censura y menos acceso a Internet. Y que no haya una universidad cubana entre las 50 mejores deLatinoamérica (la de La Habana está en el puesto 64, y la siguiente, la de Las Villas en el 149).

Ellos jamás han pedido la dimisión de un dirigente aunque permita que se pudran toneladas de comida en un almacén del puerto o haya dejado morir de frío a treinta enfermos mentales (un escándalo que en otro país le habría costado el cargo al ministro de salud). Ellos no piden explicaciones porque el primer deber de un periodista revolucionario no es informar al pueblo sino defender y justificar al gobierno que les paga.

Ellos dicen que con un partido les basta, aunque eso implique conformarse con una sola verdad.

Yo no puedo. Ni quiero. Me niego a aceptar un pensamiento único porque no creo en elegidos ni en profetas. Y no puedo aceptar que mi país solo pueda ser lo que decida una persona. No lo quiero yo, ni todos esos cubanos que hoy viven cansados de arengas y consignas. Y solo aspiran a una vida un poco más digna.

Esos cubanos van a las marchas del primero de mayo, a las reuniones del CDR y gritan socialismo o muerte. Pero ninguno dará la vida por un proyecto que ha dividido sus familias y ha faltado a casi todas sus promesas.

Esos cubanos siguen allí. Son miembros del partido, profesores, cuentapropistas, médicos, taxistas, son sociólogos como Diosnara Ortega (magnífica tu carta), son redactores del Granma, militares, cineastas, deportistas. Incluso delegados del poder popular.

Esos cubanos existen. Son reales. Y no son treinta ni cien mil.

Son millones.


http://observatoriocriticodesdecuba.wordpress.com, octubre 2012

 

La primera carta de Iván López Monreal

Estimado Rafael Hernández,

He leído con mucho interés su “Carta a un joven que se va”. Me he sentido aludido, porque hace dos años me marché de Cuba, tengo 28 años y vivo en Pomorie, una ciudad balneario situada en el este de Bulgaria. La razón por la que le escribo es para intentar explicarle mi postura como joven cubano emigrado. Sin solemnidades ni verdades absolutas, porque si algo me ha enseñado dejar mi país, es descubrir que esas verdades no existen.

Puede que algunos de los que nos hemos marchado en los últimos años (somos miles) tengan claro el momento en que decidieron hacerlo. Yo no. Lo mío fue progresivo, casi sin darme cuenta. Empezaría con ese recurso tan cubano que es la queja. Por nimiedades, tal vez. Por lo que no hay, por lo que no llega, por lo que pasa, por lo que no pasa, por no saber. O no poder. La queja no es grave, lo grave es que se cronifique como una enfermedad cuando nada parece resolverse. Y uno puede aceptar que eso es así, y es tu país para lo bueno y para lo malo, o pasar a la siguiente categoría, que es la frustración. O sea, descubrir que la solución a la mayoría de los problemas no está en tus manos. O no te permiten hacerlo. O aún más triste: no parece importar.

Abandonar o permanecer en tu país es una decisión muy personal que nunca debe juzgarse en términos morales. Yo elegí este camino porque quería un futuro diferente al que veía en Cuba, y salí a buscarlo consciente de que podía salir mal, pero quise correr ese riesgo. No voy a mentirle diciendo que fue doloroso. No lloré en el aeropuerto. Todo lo contrario, me alegré. Le digo más, me liberé.

Tiene usted razón cuando dice que mi generación carece de esos lazos emocionales que generan experiencias como Playa Girón, la Crisis de Octubre o la guerra de Angola. Pero no se equivoque, yo también he tenido mis epopeyas. A lo mejor no tan épicas, pero sí igual de demoledoras. En estos veintidós años que menciona, he visto degradarse el país por el tanto lucharon mis padres. He visto marchar a mis maestros de primaria y secundaria. He visto a familias discutir por el derecho a comerse un pan. He visto el malecón lleno de gente nerviosa gritando contra el gobierno, y gente aún más nerviosa gritando a su favor. He visto a jóvenes construyendo balsas para huir quién sabe a dónde, y a una turba lanzando mierda de gato contra la casa de un “traidor”. Incluso, Rafael, he visto a un perro comiéndose a otro perro en la esquina habanera de 27 y F. Y también he visto a mi padre, que sí estuvo en Angola, con el rostro pálido, sin respuestas, el día que un custodio de hotel le dijo que no podía seguir caminando por una playa de Jibacoa (frente al camping internacional) por ser cubano. Yo estaba con él. Yo lo vi. Tenía diez años, y un niño de diez años no olvida cómo la dignidad de su padre se va a la mierda. Aunque haya vuelto de una guerra con tres medallas.

Me habla usted de las conquistas sociales de la Revolución. De la educación y la medicina. Voy a hablarle de mi educación. Tuve buenos maestros, y cuando se marcharon fueron sustituidos por otros menos preparados que, a su vez, fueron reemplazados por trabajadores sociales que escribían experiencia con S y eran incapaces de señalar en un mapa cinco capitales de Latinoamérica (esto no me lo contaron, lo viví) Mis padres tuvieron que contratar maestros privados para que yo aprendiera de verdad. No lo pagaban ellos sino una tía mía radicada en Toronto. De modo que si somos honestos, buena parte de la formación que tengo se la debo a los clientes del restaurante griego donde trabajaba mi tía. Pero hay más. En tiempos de mi hermana mayor era extremadamente raro que un alumno sacara una nota de cien. En mi época el cien se volvió algo común, no porque los alumnos fuésemos más brillantes sino porque los profesores bajaron sus exigencias para maquillar el fracaso escolar. ¿Y sabe una cosa? Yo tuve suerte, porque los que venían detrás de mí en vez de maestros tuvieron un televisor.

De la medicina poco tengo que decirle porque usted vive en Cuba. Y salvo el hecho de mantenerse la gratuidad, cosas que admito sigue siendo meritoria, el estado de los hospitales, la precariedad de unos médicos mal pagados y la creciente corrupción empujan cada vez más al sistema de salud hacia ese tercer mundo del que tanto hizo por alejarse. Y lo cierto es que, hoy en día, un cubano que maneje divisas tiene más posibilidades de recibir un tratamiento mejor (haciendo regalos o incluso pagando) que uno que no lo tenga, aunque sea de forma ilegal. Y aunque la constitución diga otra cosa. Por triste que resulte admitirlo, Rafael, la educación y la medicina de la que disponen los cubanos de hoy es peor que la que disfrutaron mis padres.

Usted dice que el país hace un gran esfuerzo, que existe un embargo. Y yo le respondo que también existe un gobierno que lleva cincuenta años tomando decisiones en nombre de todos los cubanos. Y si estamos en el punto en el que estamos, lo más sano es que admitiera que no ha sabido, o no ha podido, o no ha querido hacer las cosas de otra forma. Por la razones que sea. Porque el fracaso también está cargado de razones. Y en vez de atrincherarse con sus figuras históricas en el Consejo de Estado, debería dar paso a los que vienen detrás. Rafael, es muy frustrante para un joven de mi edad ver que en Cuba llevamos 50 años sin que se produzca un relevo generacional porque el gobierno no lo ha permitido. Y no hablo de que me den el poder a mí, que tengo 28 años. Hablo de los cubanos que tienen 40, 50 o incluso 60 años y no han tenido nunca la posibilidad de decidir. Porque las personas que hoy en día tienen esas edades y ocupan puestos de responsabilidad en Cuba no han sido formados para tomar decisiones, sino para aprobarlas. No son dirigentes, son funcionarios. Y ahí incluyo desde ministros hasta los delegados de la asamblea nacional. Son parte de un sistema vertical que no da margen para que ejerzan la autonomía que les corresponde. Todo se consulta. Y contrario a lo que dice el refrán: en vez de pedir perdón, todos prefieren pedir permiso.

Dice usted que en mi país se puede votar y ser elegido para cargos desde los 16 años. Y que la presencia de jóvenes delegados ha bajado desde los años 80 hasta ahora. Incluso me advierte que si seguimos marchándonos, habrá menos jóvenes votando y por tanto menos elegibles. Y yo le pregunto: ¿De qué sirve mi voto? ¿Qué puedo yo cambiar? ¿Qué han hecho los delegados de la asamblea nacional para que me interese por ellos? Seamos sinceros, Rafael, y creo que usted lo es en su carta, así que yo también quiero serlo en la mía, ambos sabemos que la asamblea nacional, tal y como está concebida, solo sirve para aprobar leyes por unanimidad. Resulta paradójico llamarle asamblea a una institución que se reúne una semana al año. Tres o cuatro días en verano y tres o cuatro días en diciembre. Y en esos días se limita a aprobar los mandatos del Consejo de Estado y de su Presidente, que es quien decide lo que se hace o no se hace en el país. Lamentablemente, yo no puedo votar a ese presidente. Y no sabe cuánto me gustaría hacerlo.

Hace unos días escuché a Ricardo Alarcón confesarle a un periodista español que él no cree en la democracia occidental “porque los ciudadanos solo son libres el día que votan, el resto del tiempo los partidos hacen lo que quieren...” Aunque fuera así, que no lo es (al menos no siempre, y no en todas las democracias), estaría reconociendo que desde que yo nací, en 1984, los electores en Estados Unidos, por ejemplo, ha tenido siete días de libertad (uno cada cuatro años) para cambiar a su presidente. Algunas veces lo han hecho para bien, y otras para mal. Pero esa es otra historia. Un joven de New Jersey que tenga mi edad ya ha tenido dos días de libertad para, por ejemplo, echar a los republicanos de Bush y nombrar a Obama. Los cubanos no hemos podido tomar una decisión así desde 1948 (no incluyo las elecciones de Batista, por supuesto). Y si usted me dice que la capacidad de nombrar a un presidente no es relevante para un país yo le digo que sí lo es. Y más para un joven que necesita sentir que se le toma en cuenta. Aunque solo sea por un día.

Usted probablemente piensa que los que nos marchamos elegimos el camino más fácil, que lo duro es quedarse a resolver los problemas. Pero le tengo que decir que mis abuelos y mis padres se quedaron en Cuba para pelearse con esos problemas. Renunciaron a muchas cosas por la Revolución y hasta se jugaron la vida por ella. Para darme un país avanzado, equitativo, progresista. Y el que me han dado es uno en el que la gente celebra poder comprar un carro y vender su casa como si fuera una conquista. Pero eso no es una conquista, es recuperar un derecho que ya teníamos antes de la Revolución. ¿A eso hemos llegado? ¿A celebrar como un éxito algo tan básico? ¿Cuántas otras cosas básicas habremos perdido en estos años? Para mis padres es doloroso asumir ese fracaso, y no lo quieren para mí. No quieren que con 55 años tenga un sueldo que no me alcance para vivir, ni el sueldo ni la libreta. Porque no alcanza. Y no quieren que para sobrevivir acuda al mercado negro, a la corrupción, a la doble moral, a fingir. Prefieren que esté lejos. A los 28 años yo me he convertido en la seguridad social de mis padres, ¿O cómo cree que sobreviven dos personas con 650 pesos? Sí, Rafael, hemos tenido que irnos cientos de miles de cubanos para que nuestro país no quiebre. Lo que Cuba ingresa de nuestras remesas es superior, en valor neto, a casi todas sus exportaciones. Eso sí, el país ha perdido juventud y talento, y en vez de abrir un debate realista sobre cómo parar esa sangría, sigue anclado a un inmovilismo ideológico que no es otra cosa que miedo al futuro. ¿Y qué hago yo en un país cuyos gobernantes le tienen miedo al futuro...? ¿Esperar a que se mueran...? ¿Esperar a que cambien las leyes por generosidad y no por convicción? ¿Qué hago yo en un país que sigue premiando la incondicionalidad política por encima del talento? ¿A qué puedo aspirar si no basta con lo que soy y lo que hago...? ¿A convertirme un cínico? ¿O me anima usted a que dé la cara y diga lo que pienso? Algunos jóvenes de mi generación ya lo han hecho, ¿Y dónde están? Recordemos a Eliécer Ávila, un estudiante de la Universidad de Oriente que tuvo la valentía de preguntarle a Ricardo Alarcón por qué los jóvenes cubanos no podíamos viajar como cualquier otro, y fue represaliado por el sistema. Él no tuvo la culpa de que allí hubiera un cámara de la BBC, ni de la respuesta ridícula que dio Alarcón (aquella barbaridad de que el cielo se llenaría de aviones que chocarían entre ellos) Hoy Eliécer vive marginado por razones políticas. Y no es un terrorista ni un mercenario ni un apátrida, es un joven humilde, mulato, universitario, que cometió el error de ser honesto. Qué triste hacer una revolución para terminar condenando a alguien por ser honesto. ¿Para eso quiere usted que me quede, Rafael?

Dejar tu país y tu familia no es un camino fácil. Ni la solución a nada, solo es un principio. Te vas a otra cultura, tienes que aprender otro idioma, pasas momentos muy malos. Te sientes solo. Pero al menos tienes el alivio de saber que con esfuerzo puedes conseguir cosas. Mi primer invierno en Bulgaria fue muy duro, conseguí trabajo como transportista y pasé cuatro meses subiendo y bajando lavadoras para ahorrar dinero y poder viajar a Turquía. Una ilusión que tenía desde niño. Y viajé. No tuve que pedir un permiso de salida ni mi avión chocó con ninguno. Pude cumplir el sueño de Eliécer. Y me alegro de haberlo hecho. He conocido otras realidades, he podido comparar. He descubierto que el mundo es infinitamente imperfecto, y que los cubanos no somos el centro de nada. Se nos admira por algunas cosas igual que se nos aborrece por otras. También he descubierto que irme no ha cambiado mis convicciones de izquierda. Porque lo de Cuba no es izquierda, Rafael. Póngale usted el nombre que quiera, pero no es izquierda. Yo estoy de parte de aquellos que buscan el progreso social con igualdad de oportunidades y sin exclusiones. Pienses como pienses. Sin sectarismo ni trincheras. Porque eso solo sirve para enfrentar a la sociedad y sustituir verdades por dogmas.

Por último, Rafael, la casualidad quiso que terminara en un país que también estuvo gobernado por un partido y una ideología única. Aquí no hubo revolución de terciopelo como en Checoslovaquia, ni derribaron un muro como en Berlín ni fusilaron un presidente como en Rumania. Aquí, como en Cuba, la gente no conocía a sus disidentes. Aquí no había fisuras, y sin embargo, en una semana pasaron de ser un estado socialista a una república parlamentaria. Y nadie protestó. Nadie se quejó. No puedo evitar preguntarme, ¿Acaso pasaron 40 años fingiendo? Desde entonces no han tenido un camino de rosas, han enfrentado varias crisis, incluso la población ha llegado a vivir con peor calidad de la que tenía en los años 80, pero curiosamente, la inmensa mayoría de búlgaros no quiere volver atrás. Y eso que el socialismo que dejaron ellos era bastante más próspero que el que hoy tenemos los cubanos. Pero en este país no piensan en el pasado, piensan en el presente. En mejorar la economía, en resolver las desigualdades (que las hay, como en Cuba), en combatir la doble moral, los personalismos y la corrupción que generó el estado durante décadas.

El día que ese presente importe en Cuba, no tenga duda, nos veremos en La Habana.

Ivan López Monreal

Pomorie, Bulgaria.

 


http://lajovencuba.wordpress.com/2012/06/13/carta-a-un-joven-que-se-va/