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Attualità e Polemiche --> Actualidad latinoamericana --> Haiti: Dilla y Montaner

Haiti: Dilla y Montaner

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HAITÍ, TERREMOTO Y POLÉMICA:

¿DILLA o MONTANER?

 

Nota redazionale

Una vivace polemica su Haiti si è sviluppata in rete tra Carlos Alberto Montaner e Haroldo Dilla Alfonso, un intellettuale cubano che, senza rinnegare le sue idee di fondo, vive da anni nella Repubblica Dominicana. Dilla aveva lasciato Cuba quando, verso la metà degli anni Novanta, un duro attacco di Raúl Castro aveva chiuso molti spazi alla ricerca nel campo delle Scienze sociali, colpendo la rivista Cuadernos de Nuestra América e il Centro di Studi sull’America (che peraltro era uno strumento di ricerca del Comitato Centrale del Partito comunista cubano). Montaner è invece un intellettuale profondamente anticomunista, che ha rotto con Cuba (passando alla lotta armata e scontando per questo anche una condanna) già nel 1960, quando la rivoluzione stava nel suo periodo migliore.

Mi è sembrata una polemica utile in primo luogo per capire Haiti e i pregiudizi che la colpiscono non meno delle catastrofi naturali. Ma mi ha fatto anche piacere scoprire che Haroldo Dilla, che avevo conosciuto e apprezzato a Cuba, abbia mantenuto il suo orientamento marxista più di dieci anni dopo il suo trasferimento all’estero. Alcuni cubani, amici comuni, avevano profetizzato – sbagliando - che si sarebbe adattato all’Occidente. Io stesso lo avevo temuto, avendo visto nei decenni precedenti l’involuzione progressiva, per sfiducia e disperazione, di tanti dissidenti sovietici e delle “democrazie popolari” inizialmente impegnati nella ricerca di un’alternativa di sinistra alle società burocratiche. Mi sembra anche la conferma di un dato negato da tutti quelli che bollano come gusanos tutti i cubani che vivono all’estero, ignorando che a parte la prima emigrazione violentemente anticomunista (di cui Montaner è un esempio classico), molti se ne sono andati successivamente senza essere “dissidenti”, ma semplicemente per ragioni economiche, o per sfuggire a una pressione ideologica che rendeva difficile se non impossibile la loro attività intellettuale.

Per questo ho deciso di riproporre, accanto a questo dibattito, il testo (tradotto a suo tempo in italiano) con cui Dilla analizzava la realtà cubana senza reticenze ed eufemismi, Dilla: una transizione incerta. Si veda in particolare il paragrafo Il riciclaggio delle élites, che suscitò molto scandalo perché analizzava quello di cui tutti parlavano, ma non scrivevano: la formazione di un settore sociale che aspirava a diventare borghese. a.m. 25/1/2010

Puerto Príncipe.

El terremoto fue solo quien haló el gatillo: la pistola es la pobreza.

Haroldo Dilla Alfonso.

Siempre que voy a Puerto Príncipe, o simplemente pienso en ella, me asalta la mente una canción de Nat King Cole que mi hermana hacia resonar una y otra vez en un tocadiscos color crema que le regalaron por el cumpleaños, allá por los lejanos 60s. En ella, con su espanglish azucarado, Nat King Cole hablaba de una ciudad que mira al mar e invita al amor en un inolvidable atardecer.

Una ciudad que ya no existe. No por el terremoto, sino por la pobreza. El terremoto fue solo quien haló el gatillo: la pistola es la pobreza. En Seattle, en el 2001, hubo un terremoto de categoría 7 que solo causó un centenar de heridos y un muerto, un anciano infartado. El terremoto es recordado porque Bill Gates daba una charla cuando comenzaron los temblores. Un video muestra al hombre más rico del mundo emergiendo detrás de un podio con una sonrisa de pánico incrustada en la cara. No había una pistola apuntando a la cabeza de Seattle. En cambio, la pistola de la pobreza ha sido disparada muchas veces en Haití. En el 2004 una tormenta tropical, que causó dos muertos en Puerto Rico y 7 en República Dominicana, dejó cerca de 3 mil cadáveres regados en el norte del país; y tres años más tarde otras dos tormentas mataron a 600 personas.  

Cuando Nat King Cole cantaba a la capital haitiana, Puerto Príncipe tenía unos 150 mil habitantes, esparcidos junto al puerto, lo que aun puede notarse en las fotos aéreas: un área cuidadosamente reticulada al oeste del Palacio Nacional que alberga una arquitectura de casas sólidas y elegantes indicativas la fuerza de la ciudad histórica. Esa era la ciudad que constituía uno de los principales atractivos turísticos del Caribe –solo superada por La Habana- y que los dominicanos habían estado visitando durante décadas en busca de las aventuras lúdicas que la entonces adusta Santo Domingo –fatalmente Ciudad Trujillo por tres largas décadas- no tenía.

Pero ya por entonces Haití, y su ciudad capital, comenzaban a mostrar los síntomas de la autofagia y el empobrecimiento. No se trata de que Haití fuera rica cuando era la colonia francesa de Saint Domingue, y que comenzó a ser pobre cuando los esclavos hicieron una vigorosa revolución sencillamente para poder ser personas. Ciertamente era un pulmón económico del capitalismo naciente, pero a expensas de la degradación física, intelectual y moral del 95% de la población. Los esclavos hicieron una guerra sin cuartel a las mismas tropas napoleónicas que habían rendido imperios en Europa y al final heredaron una nación en escombros y sometida al doble cerco de la contrarrevolución europea y de la ingratitud de los nuevos países independientes hispanoamericanos, a cuyas gestas los haitianos colaboraron activamente recibiendo a cambio más aislamiento. Para apaciguar los ánimos revanchistas de la ex metrópoli los sucesores de los próceres decidieron pagar por lo que sus antecesores habían logrado a sangre y fuego: Francia recibió una compensación que según los expertos  equivale a unos 20 mil millones de dólares. 

Pero sin lugar a dudas lo que aceleró la autofagia haitiana fue su lugar en el diseño económico regional como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para las economías agroexportadoras de Cuba y República Dominicana en un principio y para todo el hemisferio posteriormente, cuando exportar fuerza de trabajo se convirtió en un gran negocio para las clases dominantes haitianas y en un drenaje brutal e irrecuperable de capital humano. Desde entonces Haití fue cada vez más pobre, y en consecuencia más personas buscaban sus sobrevivencias o sus realizaciones en otros lugares, dejando allí sus aportes y sus plusvalías, en un terrible círculo vicioso que genera más y más pobreza. Y Puerto Príncipe pasó a ser una inmensa aglomeración de cuatro millones de pobladores pobres, sin servicios, con casas colgadas de las colinas y un puerto atrozmente contaminado donde, en épocas “normales” no era difícil encontrar cadáveres de indigentes que simplemente morían de pobreza. Una aglomeración de cuatro millones de seres vulnerables. Después del terremoto, una cantidad que aun no sabemos, ahora técnicamente de sobrevivientes.

Desde la caída de la sangrienta tiranía de Duvalier –por mucho tiempo considerada como un aliado predilecto de los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo en el Caribe- se han ensayado muchas fórmulas políticas en Haití. Se han sucedido gobiernos democráticos y gobiernos militares, se  han alentado insurrecciones antigubernamentales, han ocurrido golpes militares, se han intentado gobiernos tecnocráticos bajo supervisión internacional y se han producido bloqueos y liberalizaciones. Pero Haití no ha despegado. Y creo que ha sido así porque el único recurso que puede salvar a Haití es movilizar su orgullo, su energía nacional, la misma que destrozó al ejército napoleónico en 1804, que puso en jaque a los ocupantes americanos en 1915, que destronó a Duvalier en 1986 y que en 1991 derrotó el intento de los tontons macoutes de regresar al palacio nacional.   Hubo un momento en que parecía que un movimiento político había logrado hacerlo. Fue cuando Jean Bertrand Aristide y su grupo Lavalás despertaron el ánima de la nación post-duvalierista, hasta que, removido por un golpe de estado, pactó con la oligarquía más insensible de este continente y regresó al poder, domesticado, de la mano de la administración Clinton. Por un tiempo permaneció en el poder –en el trono o tras el- revolcado en la corrupción, la represión y el mesianismo, hasta que Bush lo secuestró y lo depositó en la República Centroafricana. Fue un acto ilegal de prepotencia imperialista que, sin embargo, nadie lamentó seriamente.

Quizás este es otro momento decisivo de la historia haitiana. Siempre pensamos que Haití estaba tocando fondo, en particular cuando ciclones y lluvias podían producir miles de muertos, cuando su economía de subsistencia era arrasada y cuando sus habitantes comían barro con mantequilla. Pero ahora hemos entendido que las caídas no tienen fondo y es posible seguir bajando hasta la extinción.

Corresponde al mundo ayudar a detener esta caída. Se necesita dinero, recursos materiales y humanos y es obligación de la comunidad internacional acudir en ayuda de Haití, no simplemente para qué no mueran los millones de damnificados, sino para que en lo adelante la vida tenga para ellos un significado. Pero a pesar de que de ello se habla desde hace muchos años, hasta el momento la provisión de recursos ha sido lenta, limitada, y manejada por una burocracia internacional insensible y tan cara que termina tragando un porcentaje muy alto de los recursos en compensación por el riesgo que implica querer ayudar a Haití. La propuesta del presidente francés de condonar la deuda externa del país es simbólicamente relevante pero de escaso valor práctico si no se acompaña de fondos frescos suficientes que siempre serán menores que los subsidios transferidos a los grandes bancos o que los gastos realizados en las aventuras militares “allende los mares”. Y por supuesto menores que los que Haití pagó a Francia en el siglo XIX.

Pero sobre todo, la suerte de Haití debe ser decidida y realizada por los haitianos. Haití es un país aguijoneado por la corrupción, la indolencia funcionarial y el narcotráfico, y aunque coincidamos en que es necesaria en la presente coyuntura, también por la ocupación militar extranjera. Su clase política y su oligarquía han padecido siempre de una insensibilidad social que raya en el crimen. Un escenario particularmente agreste para movilizar las energías nacionales. Pero al mismo tiempo esa sociedad posee suficientes reservas morales como para creer que es posible cambiar el curso de la vida y colocar a este país al nivel de su historia. Esas reservas yacen en los campesinos del Artibonito que arañan año tras año sus misérrimos conucos; en las mujeres del nordeste que recorren distancias mayores con sus bártulos de mercancías; en los jóvenes universitarios capitalinos que un día se expusieron a la violencia oficial para mostrar al mundo el derecho de un pueblo a la vida decente; en los funcionarios que contra viento y marea, intentan hacer avanzar la institucionalidad y la eficiencia públicas; y en los cientos de miles de emigrantes que sacan tiempo y energía para trabajar extensas jornadas y estudiar, pensando en un día en que el regreso no signifique la miseria. 

Es necesario imaginar un Haití para y por los haitianos, sencillamente porque no hay otro camino para revertir el trágico proceso de su permanente hundimiento y las sociedades, los pueblos, nunca se suicidan. Quiero pensar que hay espacio para convertir esta inmensa tragedia en el punto de partida de algo. También quiero pensar que seremos capaces de pagar nuestras deudas con Haití.

Haroldo Dilla.

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CARLOS ALBERTO MONTANER.

COMENTARIO AL ARTÍCULO DE DILLA.

El artículo de Dilla es interesante, tiene algunos  aciertos y sin duda está recorrido por la buena fe, pero creo que no  penetra en la esencia de la tragedia haitiana.

Por la forma, el momento  y los protagonistas con que los haitianos llegaron a la Independencia, en 1804, no fueron capaces de crear las instituciones de la democracia, la modernidad y el desarrollo. La compensación exigida por Francia por la pérdida de la colonia más rica del planeta a principios del XIX (generaba más riqueza que Canadá), 90 millones de francos oro, pagada a lo largo de varias décadas, o el aislamiento diplomático que sufrió el país hasta que Lincoln lo reconoció, con ser elementos importantes no explican el desastre haitiano.

 Como  dato curioso, y para simplificar lo que quiero decir: cerca de Haití,  en Barbados, está el más exitoso estado de América, exceptuados USA y  Canadá. Barbados fue también una plantación esclavista azucarera,  terriblemente explotada por Gran Bretaña. El origen étnico de  barbadenses y haitianos es muy parecido, pero el posterior desempeño  histórico de Barbados y Haití son totalmente diferentes.

Los barbadenses asimilaron las instituciones británicas y rompieron gradualmente con la Metrópolis. Los haitianos, heroicamente, pero carentes de una clase ilustrada capaz de manejar la autoridad eficazmente, saltaron del barracón a la casa de gobierno. Fue una gesta admirable en su momento, pero el costo posterior ha sido terrible.

Mientras Barbados tuvo los beneficios culturales de la  europeización progresiva, Haití comenzó un regreso paulatino a la africanización de la vida pública. Lo que me sucede con la interpretación de Dilla es que me parece que se queda en la visión esquemática de Occidente-es-culpable. La cosa no es así: el asunto es mucho más complejo y para tratar de entenderlo hay que tratar de colocarse en el momento en que ocurrieron los hechos.

Un  abrazo,
Carlos Alberto

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HAROLDO DILLA

RESPUESTA AL COMENTARIO DE MONTANER:

Estimado Pedro: siempre me pareció que tu calificativo de excelente era un jovial gesto de condescendencia camaraderil ante un artículo que quiso por encima de todo mostrar sensibilidad ante un fenómeno de tanta trágica actualidad. Por lo que me pareció exagerado que te bajes del tren en marcha por una opinión dada por un lector, en este caso Montaner, que siempre es bienvenida. Y por supuesto te ruego no vuelvas a subir, que ya a nuestras edades no es recomendable subir y bajar de los trenes en marcha.

 Pero aunque no acostumbro a participar en estos intercambios, me veo en este caso impelido a hacerlo debido a dos razones. La primera es que Montaner necesita algunas lecturas históricas adicionales (no siempre se hace buena música tocando de oídos) y al respecto puedo poner a su disposición un interesante listado que van desde Price Mars hasta Casimir que le ayudarían  a refinar su juicio interpretativo. La segunda, porque creo que Montaner necesita dar un paso adelante respecto a los dogmas liberales y la retorica del discurso seguro que le acompañan. Su innegable talento lo merece, y sus buenas intenciones lo reclaman.

Rápidamente, pues el tiempo de todos apremia:

1-Barbados es un micro estado cuya excepcionalidad es tal que no es serio que le consideremos el estado más exitoso de América. En serio, señores, hablemos en serio.  Como decía Marx, esto se pone por debajo de la crítica. Huelga anotar, sin embargo, que jamás pensaría, ni insinúo, ni menciono, que los problemas de Haití se ligan al origen étnico de sus habitantes. No sé por cual razón Montaner hace la aclaración.

2-Es difícil compartir la idea de una colonia de Saint Domingue tan rica cuando esta riqueza se apoyaba en la superexplotación y el sometimiento absoluto de la abrumadora mayoría de la población. La riqueza de una sociedad no se mide en términos de pura estadística económica, sino por razones de la economía política. Luego, la revolución haitiana no fue una desviación de la historia. Fue la polarización absoluta de la colonia la que generó la radicalidad absoluta de la revolución. Las revoluciones son una respuesta social a coyunturas de la historia. Y me temo que así seguirá siendo mientras existan las condiciones que las generan.

3-No discuto la suma total de lo pagado a Francia en varias décadas, sino que remito a los  cálculos de los historiadores que asesoraron al gobierno haitiano en 1991. Creo que fue una hemorragia financiera que en algunos años obligó a pagar a Francia hasta el 80% de las rentas internas. Pero yo nunca digo que eso haya sido la causa de la caída haitiana. Deben leer más cuidadosamente el artículo. Yo remito esa caída a la manera como Haití quedó inserto en la economía regional/mundial en el siglo XX, como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para la acumulación capitalista en Cuba y Rep. Dom., y aun hoy en este país. La razón es compleja y está ligada al panorama político que los americanos encontraron en 1915 y que impidió el establecimiento de la agroindustria exportadora en el Artibonito. Pero es un tema muy amplio.

4-Compartiría casi todos los argumentos sobre las limitaciones históricas de La elite haitiana, y si nos referimos a la actualidad, me sentiría compensado en abundar en ello. Pero es cándido creer que el fracaso estuvo dado porque en 1804 no implantaron la democracia liberal o la modernidad (por cierto, ¿que es la modernidad?). En 1804 eso no existía en ningún lugar  y el término democracia era francamente subversivo. Los americanos, que inventaron la política moderna, demoraron bastante en modelarla. Pero quizás sorprendería constatar (pero hay que leer) que en el siglo XIX la vida institucional republicana haitiana era notablemente rica, mucho más que en buena parte de los países latinoamericanos. Si exceptuamos el período de Soulouque, los gobernantes haitianos eran frecuentemente personas cultas y con vocación pública (Petion, Boyer, Geffrad, Saget, Hyppolite, Salomon… (Probablemente por eso la escasa educación pública haitiana es notablemente buena). La percepción elitista de que brincar del barracón al palacio es intrínsecamente malo es un juicio prejuiciado, y de cualquier manera son muchas las buenas cunas que producen alimañas políticas.

5-En comparación con RD, por ejemplo, en el siglo XIX y hasta bien avanzado el XX Haití era mucho más desarrollado, moderno y sofisticado. Los dominicanos visitaban a PP como si fuera una referencia de civilización.   Y aun hoy me temo que los políticos haitianos son más sofisticados (aquí uso la palabra en exacto español) que los dominicanos, lo que determina que a pesar de que H es la pieza débil de la ecuación, puede manipular las situaciones con mayor éxito. Y los dominicanos nos quedamos siempre tragando una buena parte de las “externalidades negativas” de la relación.

Hasta aquí llego, un abrazo a todas y todos.

Haroldo

 

CARLOS ALBERTO MONTANER.

MONTANER RESPONDE A DILLA.

Querido Pedro Ramón,

He leído con mucho interés, como suelo hacer, la respuesta de Haroldo Dilla. No sabía que era un experto en historia haitiana. La bibliografía de él que conozco no permite adivinar esa faceta suya. Me parece admirable.

Mi conocimiento sobre Haití, en cambio, es más bien precario. He leído lo que cuentan las historias generales de América Latina, algunos ensayos biográficos aislados y varias docenas de artículos especializados. Apenas he visitado el país media docena de veces, y sólo en dos de ellas me aventuré a recorrerlo junto a líderes haitianos que entonces estaban vinculados a la Internacional Liberal. Fue de labios de ellos que escuché muchas historias del cochero Toussaint L´Overture, un personaje dotado de cierto talento como guerrero, de Henry Christophe, sirviente en un hotel con bastante de psicópata sanguinario, cuya Citadelle recorrí con una mezcla de admiración y horror, y de Dessalines, tan desdichado que era esclavo de otro negro, lo que, curiosamente, no disminuyó su odio feroz contra los blancos, actitud de la que los dominicanos todavía guardan cierta memoria.

Mi visión de las relaciones entre Haití y República Dominicana la adquirí en los magníficos libros de mi amigo Frank Moya Pons y en larguísimas charlas con tres de los dominicanos más inteligentes que he tratado en el país: Federico Henríquez Gratereaux, Frank Marino Hernández y José Israel Cuello. Frank Marino, lamentablemente, ya murió.

Los escuchaba con gran atención porque, al fin y al cabo, era una historia que, en alguna medida, me resultaba cercana. Una rama de mi familia materna llegó a Santo Domingo en el segundo viaje de Colón, allí se mantuvo cuatro siglos, y desciende directamente de Rodrigo Bastida y de su yerno Gonzalo Fernández de Oviedo. Mi abuela (Lavastida Landestoy) ahí nació y emigró a Cuba a principios del siglo XX. A lo largo del XIX, generalmente huyendo de la guerra y de la invasión haitiana, muchos de sus parientes ya se habían instalado en Cuba. Mi abuela, por cierto, estaba emparentada, con dos ilustres dominicanos-cubanos: Máximo Gómez Báez (por los Báez) y José María Heredia (por los Heredia).

Nada de esto, naturalmente, tiene que ver con el intercambio de ideas (no lo llamaría debate) con el amigo Dilla, pero supuse que a algunos lectores cubanos avecindados en RD les interesaría conocer estos curiosos detalles familiares escasamente relevantes, salvo para mi propia tribu.

Voy al grano.

Repito el corazón de mi argumentación: Haití, paulatinamente, se convirtió en un estado fallido porque saltó del barracón a la casa de gobierno, sin experiencia en la administración y con una élite tan frágil y tan poco densa  que no fue capaz de crear instituciones republicanas sólidas y no supo transmitir la autoridad de una manera racional.

En última instancia, lo que afirmo es que el estado haitiano fracasó por razones endógenas y no por causas externas. Ni la deuda impuesta por los franceses como indemnización por la pérdida de la colonia, ni la ausencia de reconocimiento internacional (que no impedía el comercio), ni el trato áspero de las grandes potencias causaron la progresiva pauperización y crisis del Estado haitiano. Fue la élite haitiana, salida del seno de esa convulsa sociedad, la que tomó los caminos equivocados para el conjunto.

Con el objeto de demostrar que las cosas hubieran podido ser de otro modo, destaqué el caso de la vecina isla de Barbados, reseñada en el Índice de Desarrollo Humano que anualmente publica Naciones Unidas como la sociedad más exitosa de América, exceptuados Estados Unidos y Canadá. Y si apelé a ese ejemplo, fue para demostrar que una sociedad de orígenes muy parecidos a los de Haití (una terrible plantación de esclavos cruelmente maltratados por sus amos) podía triunfar si contaba con las instituciones adecuadas, extremo que fue posible en ese país por la honda huella civilizadora y la experiencia en autogobierno que dejó Gran Bretaña en la Isla.

La reacción de Dilla a este argumento me parece sorprendente. Dilla se rió cuando la leyó y hasta buscó a Marx en su ayuda (entiendo que con esas apoyaturas se equivoque frecuentemente). Precisamente, por el hecho de ser un “micro estado” desovado por el peor colonialismo esclavista, con sólo 431 kilómetros cuadrados y unos 300,000 habitantes –una densidad poblacional parecida a la haitiana--, es la demostración de que no hay estados “inviables”, sino estados pésimamente gobernados.

Si los barbadenses, en el mismo escenario caribeño, en un espacio mucho más reducido, con peores condiciones naturales que Haití, han logrado crear suficientes riquezas (US$17,000 de PIB anual medido en poder de compra) y constituido una sociedad educada y decente, con sólo una décima parte de la población por debajo de los límites de pobreza, eso demuestra que tanto los problemas como las soluciones dependen del comportamiento interno de la sociedad y no de las circunstancias exteriores.

Me imagino que a Dilla también le parecerá risible el caso del Principado de Andorra, de tamaño similar a Barbados, pero con un milenio de historia exitosa y pacífica en medio de dos países que se destripaban frecuentemente.  Y seguramente se reirá de Singapur, otro micro estado que comenzó su andadura independiente en 1966, en medio de una crisis política y económica enorme, exactamente cuando las supersticiones marxistas demolían el aparato productivo cubano.

Como los resultados de ambos países –Cuba y Singapur--, al cabo de varias décadas están a la vista, ni siquiera me tomo el trabajo de contrastar qué ha ocurrido en el micro estado asiático frente a lo sucedido en la pobre Cuba, porque estoy seguro de que Dilla, además de conocer profundamente la historia haitiana, maneja la información adecuada sobre la economía contemporánea. La diferencia, además, no es para reír sino para echarse a llorar.

Por otra parte, fui yo quien encontró cómica la explicación de Dilla del catastrófico desempeño haitiano: “Yo remito esa caída –dice—a la manera como Haití quedó inserto en la economía regional/mundial en el siglo XX, como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para la acumulación capitalista en Cuba y República Dominicana (…)”. O sea, para el amigo Dilla la Teoría de la Dependencia, pese a la experiencia de la segunda mitad del siglo XX, continúa vigente. Como suelen decir los españoles, hay gente “inasequible al desaliento”. Cuanto lo siento.

Dilla no ha leído las declaraciones de Fernando Henrique Cardoso (autor del mejor resumen de ese disparate, escrito junto a Enzo Faletto), en las que pide que olviden cuanto escribió basado en la absurda premisa de la Teoría de la Dependencia, desmentida una docena de veces por casos como los de Taiwán, Corea del Sur, Singapur, etc., países de la supuesta “periferia” que pasaron a formar parte del “centro” con la colaboración y no la oposición de las naciones desarrolladas.

Dilla no ha tomado en cuenta las humildes rectificaciones de la CEPAL a las elucubraciones equivocadas de los economistas estructuralistas que le dieron vida, ni siquiera las del propio Raúl Prebisch, apóstol del desaguisado a mediados del siglo pasado. Dilla, cuando ve el ejemplo del Estado de Israel, un pequeño gigante brotado en el desierto, no es capaz de comprobar que nada ni nadie impide que una sociedad progrese y prospere en las peores circunstancias. Empantanado en la visión victimista de la Teoría de la Dependencia, el amigo Dilla es indiferente a la realidad.

Como Dilla, además, no sabe qué es la modernidad ni cómo se forjó, pero tiene la gentileza de recomendarme lecturas (que buscaré ávidamente), me permito proponerle que lea con mucho cuidado la obra de Douglas North, el Premio Nobel de Economía (1993), para que pondere el peso de las instituciones en el desarrollo económico, y en especial sus finas disquisiciones sobre las “sociedades de acceso abierto y acceso limitado”, porque probablemente eso contribuirá a ampliarle sus horizontes de análisis, tal vez muy constreñidos por la pobreza sin remedio del pensamiento marxista.

Otros autores que seguramente no eran populares en Cuba, pero que le recomiendo vivamente para que entienda mejor cómo las sociedades crean o destruyen la riqueza, además de North, son F. Hayek, James Buchanan, Gary Becker, Robert Fogel, Milton Friedman –los cinco obtuvieron el Nobel de Economía, y dos que no lo recibieron, pero lo merecían: L. von Mises e Israel Kirsner. La ventaja que tiene este selecto grupo de pensadores liberales es que abordan el tema desde diversas perspectivas: culturalistas, institucionalistas, monetaristas, fiscalistas y empresarialistas.

Tampoco entiendo muy bien (salvo si tomo en cuenta los estereotipos absorbidos por Dilla en Cuba tras medio siglo de distorsiones de la percepción) que me incite a “dar un paso adelante respecto a los dogmas liberales y la retórica del discurso seguro que le acompañan”.

¿Qué debo abandonar del pensamiento liberal? Me encantaría que me lo señalara. Los principios básicos que defendemos los liberales, y las medidas de gobierno que solemos recomendar, son estos: defensa de las libertades individuales, respeto por los derechos humanos, laicismo del sector público, tolerancia con la diversidad, supremacía de la sociedad civil, exigencia de transparencia y rendición de cuentas en los actos de gobierno, igualdad ante leyes neutrales, pluralismo político, consultas democráticas periódicas, descentralización del Estado, economía libre que respete la propiedad privada y que deje al mercado, y no a la arbitrariedad de los comisarios, la asignación de recursos o la fijación de los precios (como sucede en Cuba), comercio libre, control del gasto público y de la inflación, equilibrio fiscal, competencia entre las empresas y meritocracia entre las personas.

Francamente, me intriga saber cuáles son los principios o las medidas de gobierno que le resultan equivocadas o contraproducentes al economista Dilla.

¿Se da cuenta el amigo Dilla que las treinta naciones más felices y desarrolladas del planeta son las que se conducen con arreglo a esos principios y medidas liberales, unas veces bajo la gerencia de socialdemócratas, y otras bajo democristianos, conservadores o los que nos llamamos liberales, hijos todos de una misma familia procreada, en los tiempos modernos, por Locke, Smith, Montesquieu y una larga cadena de pensadores que desde la Ilustración hasta nuestros días han ido refinando incesantemente las ideas originales que dieron origen a la democracia liberal?

Me temo, en cambio, que es el amigo Dilla quien debe revisar sus lecturas y premisas, porque lo que no encaja en la tradición liberal de Occidente es el marxismo, con su receta odiosa de lucha de clases, dictadura del proletariado, intolerancia, y desaparición de las libertades y de la propiedad privada, inevitablemente conducentes a los mataderos y el empobrecimiento.

¿Cómo se puede ser marxista tras la horrenda experiencia del siglo XX? Realmente, lo ignoro. ¿Se ha percatado Dilla de que el marxismo, convertido en discurso legitimador del gobierno, siempre ha terminado erigiendo paredones y calabozos en medio de la miseria? ¿Cómo se puede ser marxista tras los ejemplos de las dos Alemania y las dos Corea? ¿Cómo se puede ser marxista y conocer a fondo lo sucedido en esa desdichada isla? ¿Cómo se puede ser marxista cuando se comprueba, invariablemente, que en la construcción de los estados comunistas han fracasado germanos, eslavos, turcomanos, latinos, latinoamericanos, asiáticos, católicos, ortodoxos, protestantes, todos, porque, como me confesara con humildad Alexander Yakolev, el padre de la Perestroika, en su despacho de Moscú (que antes había sido de Suslov), la sangrienta utopía marxista no tenía en cuenta la naturaleza humana.

En fin: tal vez la diferencia esencial entre ser liberal y marxista es ésta: un verdadero liberal, si no está dispuesto a traicionar los valores que perfilan su conciencia, tiene la obligación moral de respetar a un marxista aunque piense que está equivocado; un marxista, en cambio, en nombre de la revolución se siente justificado para perseguir a un liberal, encarcelarlo, matarlo si es necesario y, en definitiva, extirparlo de la faz de la tierra porque los adversarios de sus ideas son, en realidad, despreciables enemigos del pueblo. Es lo que han hecho siempre cuando han ocupado el poder.

HAROLDO DILLA.

RESPUESTA A CARLOS ALBERTO MONTANER.

Ante todo quiero pedir perdón a todos los lectores de esta red informal por someterlos a esta discusión a la cual me he visto arrastrado no sé ni cómo, pero de la que me salgo bajo cualquier circunstancia tras escribir y enviarles este muy breve mensaje que trata solo de puntualizar algunas cosas a Carlos Alberto Montaner (CAM). Por supuesto que obvio todo lo que CAM dice que yo digo y que no digo, como que me rio de los microestados, cuando en verdad lo que hago es poner en tela de juicio no a los microestados, sino al uso poco riguroso que CAM hace de esas experiencias.

La manera como CAM trata de conducir esta discusión me recuerda la manera como reaccionó Dios, según Saramago, cuando Lucifer le ofreció su arrepentimiento. Porque CAM, como la figura inventada  por Saramago, necesita un diablo para justificar su propia existencia. Y en este caso el diablo de CAM es un marxismo demonizado hasta en sus detalles (le llama sangrienta utopía, odiosa, erectora de paredones y mataderos, etc.) que contrasta con las inmensas virtudes de un liberalismo angelical del cual solo un mal nacido puede esperar alguna externalidad negativa. Esto no es teoría y no se puede discutir, esto es ideología, y respecto a las ideologías hay que aplicar un axioma: cada cual con su cruz.

De cualquier manera hago notar que reconozco tanto altos valores en el liberalismo como notables falencias en el marxismo como teoría social y por eso siempre he sido bastante ecléctico, pero sigo creyendo que el marxismo es la megateoría sociológica contemporánea más completa que existe. Pero eso es otra discusión.

Como también es otra discusión la manera tan poco elegante como CAM acusa a los marxistas de tener como hobby predilecto fusilar liberales. En verdad se han fusilado mutuamente, pero no entro ahora en los pormenores que han motivado esa actitud tan destructiva. Lo que me interesa es apuntar que cuando CAM escribe estas cosas, ha cerrado todos los caminos de la conversación y el debate. La denigración, la anatematización, la disminución del oponente en un debate no es una norma civilizada y respetuosa de discutir. CAM no representa aquí la tradición liberal cubana sino la tradición autoritaria, elitista y excluyente de los capitanes generales. CAM hace ahora lo que los voceros de Granma, Cubadebate y KAOS hacen con él.  Por tanto se ubica a su nivel. Afortunadamente no es el mío.

Otra aclaración: yo nunca fui un fan de la teoría de la dependencia, y que resulta en verdad una construcción gnoseológica externa y posterior al propio debate que tuvo lugar entonces. Y por eso creo que lo que estoy discutiendo tiene poco que ver con el dependentismo latinoamericano. El intercambio desigual que menciono, por ejemplo, llega de Enmanuel, no de Cardozo, y creo que hasta el momento no ha sido rebatido. Yo no diría jamás que hay una determinación externa y otra interna, eso es muy simple. Yo hablo de un sistema regional (que a la vez es parte de un sistema mundo capitalista) al que Haití se inserta como pieza del proceso de acumulación capitalista que tiene lugar a esas escalas. Y las élites son parte del asunto. Decir que las élites no son culpables porque la culpa es de un agente capitalista exterior es tan disparatado como asumir que esas elites han actuado en un vacío sistémico que les permitía tomar cualquier decisión y tomaron la peor. Esto último, simplificado, es lo que dice CAM. Pero jamás lo que ha dicho North.

CAM es totalmente sincero cuando menciona la precariedad de sus fuentes sobre la historia haitiana. Eso no es un problema, pues todos somos ignorantes en muchos asuntos. El problema reside en que seamos incapaces de detener nuestra locuacidad en el umbral de lo desconocido, justamente lo que no hace CAM. En el siglo XIX la élite haitiana tenía y ostentaba en acciones prácticas, una vocación republicana y “moderna” superior a buena parte de los países latinoamericanos, y en particular respecto a República Dominicana. Es decir que los graduados del barracón intentaron hacer las cosas en la mejor tradición francesa, y eso los hacía brillar ante los ojos de sus vecinos dominicanos.

Finalmente, la reiteración que hace CAM en contra del barracón me parece ofensiva para muchas personas. Es posible que eso me demerite, pero mi barracón estaba en Regla, un pueblo de negros abakuas al otro lado de la bahía, y mi familia fue toda de gente de barracón sin filiaciones genealógicas tan sofisticadas. Mi abuela Nena era una guajira analfabeta de Madruga, y mi abuelo Alfonso era tan pobre como anarquista y mujeriego. Mi madre solo tenía unos grados de enseñanza, aunque adoraba leer tanto a Balzac como a Corín Tellado; y mi padre trabajaba en el puerto. Yo fui un producto de la movilidad social revolucionaria, que me permitió deambular por algunas universidades europeas, americanas, canadienses y latinoamericanas, y leer la mayor parte de los autores que Montaner cita del propio anaquel liberal, junto a otros que no cita (Rawls, Mills, Hermet, etc.). Lo de conocer la revolución haitiana y Haití es más eventual: hice mi tesis de licenciatura sobre la revolución haitiana y mi tesis de postgrado en Canadá sobre los problemas del desarrollo en Haití. Ya en RD, trabajo fuertemente con los haitianos en temas fronterizos, sobre lo cual he publicado tres libros en los últimos cuatro años.

Y ahora debo terminar esta discusión porque debo volver a mi barracón. Yo no soy empresario, ni rentista, ni asalariado político. Soy FreeLancer, esa variedad de nuevos ilotas insertados en el mercado  laboral desregularizado (una invención terrible de la economía liberal) y debo buscarme la vida en mi país tercermundista. Y el poco tiempo que me queda lo uso en publicar artículos y de vez en cuando preparar algún librito. Agradezco a todos(as) ustedes (CAM incluido) que me hayan acompañado hasta aquí y ojala un día nos encontremos para hablar de temas más simpáticos de la vida, que créanme, son muchos.

Haroldo

 

 

 



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