Movimento Operaio

La pagina di Antonio Moscato

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Fidel y el papa

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FIDEL CASTRO ANALIZA LA VISITA DEL PAPA CONVERSANDO CON ALGUNOS TEÓLOGOS DE LA LIBERACIÓN

Giulio Girardi[i]

            El día siguiente de la salida del papa , el lunes 26 de enero, un grupo de “teólogos de la liberación” fue invitado a cena por Fidel Castro en la sede del Consejo de Estado para intercambiar impresiones y evaluaciones sobre lo que habíamos vivido. Hablo de “teólogos de la liberación” entre comillas, porque en realidad solamente dos de nosotros, Frei Betto y yo,  eramos teólogos; los otros dos, el belga François Houtart y el brasileño Pedro Ribeiro de Oliveira eran  sociólogos de la religión, por lo demás  totalmente identificados con la teología de la liberación. Pero es significativo que el interés de Fidel para reunirse con nuestro grupo viniera de que él nos consideraba teólogos de la liberación. Frei Betto, viejo amigo personal del comandante, nos presentó como la “banda de los cuatro”. Añadió que teníamos mucha curiosidad para conocer sus apreciaciones sobre los últimos acontecimientos. Fidel respondió que era él quien quería escuchar nuestras opiniones. De hecho, él habló más que nosotros, pero nos escuchó también con mucha atención. La conversación duró unas cuatro horas, desde las diez de la noche hasta las dos de la mañana: así que hubo espacio para todos .

            Con Fidel estaban presentes algunos altos dirigentes del Estado y del partido. Carlos Lage, coordinador de los ministerios económicos del gobierno; José Ramón Balaguer, miembro del Buró Político, responsable del área ideológica; Caridad Diego, responsable de la oficina de asuntos religiosos del comité central del partido; José Albezú Fraga, director del “Departamento América” del comité central; Felipe Pérez Roque y José Barrueco Miyar, miembros del Consejo de Estado y directos colaboradores de Fidel. El comandante había invitado también a su hermano Raúl, segundo secretario del partito y vice presidente del Consejo de Estado; pero ese día era el 39 aniversario de su matrimonio, y él se despidió diciendo que iba a celebrarlo con su familia. Las autoridades invitadas no intervinieron en el debate; pero su presencia atestiguaba la importancia que Fidel le atribuíya al encuentro.

            Nos encontramos con un Fidel sumamente relajado, vivaz, brillante que, a pesar de la solemnidad del lugar, de inmediato creó entre nosotros una atmósfera de confianza, sinceridad y  amistad. Tengo que señalar  que no  grabamos  la conversación ni  tomamos apuntes (hubiera sido difícil, y hasta descortés, hacerlo durante la cena). Por lo tanto, las cosas que voy a decir sólo se basan en mis recuerdos y en los de mis compañeros de aventura. Las citas nunca son literales pero sí ,creo que puedo asegurarlo, sustancialmente fieles. Tengo que añadir que en este recuento de nuestras intervenciones he incluído también algunas inquietudes que le habíamos transmitido al comandante por escrito previamente a la reunión.

El éxito de la visita papal, un triunfo de la revolución

            Fidel empezó haciendo un  balance decididamente positivo de la visita papal: ha sido -dijo- un triunfo  de la revolución, tanto al interior del país como en el exterior. Esta evaluación se fundaba  sobre la conciencia de que él había dado un aporte decisivo al éxito de la visita a través de sus intervenciones personales como también a través de la movilización del partido y de las otras organizaciones de masas.

            Por cierto, Fidel  estaba perfectamemte informado sobre el empeño con que la iglesia católica había preparado la visita, hasta por una acción casa por casa.Aún más, sabía que una hermana suya, católica militante, había visitado personalmente a más de 700 familias. Sin embargo,  estaba convencido de que la mayoría de la población había sido involucrada en las manifestaciones  por las organizaciones de masas, y por sus propias  intervenciones en la  televisión.

            A nosotros nos pareció que al papa no se le informó de este esfuerzo de persuasión y de organización realizado por la revolución; por consiguiente, se dirigió frecuentemente a los que estabán presentes en las distintas plazas como si fueran todos católicos, cuando en realidad  la mayoría no lo era .También es probable que la iglesia local haya intentado atribuirse, ante los ojos del papa, el mérito principal de esta movilización popular. Tampoco se puede excluir que ella la  haya interpretado como una silenciosa polémica en contra de la revolución, atribuyéndole así al conjunto  de los que estaban presentes lo que era el sentimiento de una minoría.

            Al interior  - aseguró Fidel- constatamos una vez más (siempre que fuera necesario) la plena gobernabilidad del país. Apreciamos una vez más (siempre que fuera necesario) el consenso popular de que goza la revolución, reconfirmado recientemente por las elecciones políticas. Hemos mostrado confianza en nuestras ideas exponiéndolas a una confrontación pública. Al invitar al papa, sabíamos que íbamos a correr un riesgo. Lo hicimos confiando en la madurez de nuestro pueblo. Yo asumí personalmente la responsabilidad de esta decisión y le pedí al pueblo que nos diera confianza; a esta invitación el pueblo ha respondido plenamente, con una actitud calurosa, disciplinada y tolerante. Evitamos toda presencia de militares que pudieran controlar o condicionar el comportamiento de la gente. Prohibimos el porte de armas en las calles por toda la duración de la visita del papa, también para los que tenían la autorización. La gente tenía que sentirse libre, tenía que poder reaccionar espontáneamente a los mensajes de nuestro ilustre huésped.

            El discurso más virulento en contra de la revolución, el del arzobispo de Santiago Mons. Meurice en su saludo al papa, también se ha convertido,ha observado  Fidel- en un triunfo  de la revolución: ha sido fuertemente valorizado por Radio Martí de Miami, pero ha desatado un coro de protestas, indignadas pero respetuosas, en todo el país. En la misma ciudad de Santiago, la protesta popular ha consistido en el silencioso abandono de la plaza por parte de la mayoría de los presentes tras finalizar la intervención del arzobispo. Probablemente el papa se ha dado cuenta de la reacción de la gente; y quizás  por esto en su homilía omitió una frase especialmente ofensiva presente en el texto escrito: “Antonio Maceo, el gran patriota de Oriente, dijo: *Quien no ama a Diós, no ama a la patria*.” Fidel destacó el comportamiento caballeroso de su hermano Raúl, el cual había estado presente en la ceremonia, y que al salir de la misa invitó a Mons. Meurice a subir a su microbús para dirigirse al aeropuerto: lo hizo  no sólo por cortesía sino también para protegerlo ante posibles reacciones de la gente.

            Nos hemos interrogado largamente sobre la representatividad de la intervención de Mons. Meurice: ¿en qué medida se trató de una iniciativa personal, y en qué medida de una repartición de tareas entre los obispos cubanos? Nos ha parecido que, en cuanto al contenido, su intervención representa ampliamente la evaluación que los obispos cubanos dan de la revolución; que sin embargo, la oportunidad de un pronunciamiento tan crudo, en el escenario internacional y en momentos en que se busca cómo desarrollar el diálogo con el gobierno, no fuera compartida por todos. Interpretamos en este sentido el tono conciliatorio del saludo que al día siguiente, en la Plaza de la Revolución, el cardenal Ortega le dirigió al papa.

Existían todas las condiciones para un golpe

            Al exterior , siguió Fidel ,le ofrecimos al mundo, y sobre todo a los que esperaban asistir a una “caída del muro” al estilo de lo que pasó en Europa del Este, una muestra contundente del consenso popular con que cuenta la revolución. En realidad existían todas las condiciones para un golpe: la gente en las plazas y en las calles en un estado de efervescencia; discursos abiertamente polémicos hacia la revolución pronunciados libremente en las principales plazas y transmitidos por televisión al país y al mundo; la posibilidad brindada a los disidentes de verificar el consenso de que gozan en la mayoría de la población involucrándola en su protesta; la total ausencia de militares u otras fuerzas armadas capaces de reprimir un eventual levantamiento; más de tres mil periodistas y numerosas cadenas de televisión de todo el planeta, en su mayoría norteamericanos, que gozaron de una libertad total de circular, grabar, interrogar a la población y de convertirse en voceros del descontento popular; periodistas y televisiones dispuestos a difundir en todo el mundo cualquier señal de rebelión y deseosos de que el golpe de estado se convirtiera en golpe periodístico. Quedaron sorprendidos y muchos de ellos decepcionados por la realidad de los hechos: ni un incidente ni un ademán de rebelión, ni un solo desorden durante los cinco días.

            Fidel no mencionó entre las condiciones para el golpe, pero nosotros conocíamos por otra fuente, la presencia de 16 funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que habían desembarcado en La Habana una semana antes del papa y que se fueron una semana después de él: dispuestos entonces a asegurar la “transición democrática”.

Nuestra evaluación: dos niveles de la visita papal

            Le dijimos a Fidel que en nuestra evaluación de la visita habíamos distinguido  netamente dos niveles: por un lado, el acontecimiento del encuentro entre el papa y el pueblo cubano con su carga  emotiva; por el otro, los contenidos intelectuales de sus discursos . Un encuentro alegre, cordial, afectuoso, que se había convertido en una gran fiesta popular; y un conjunto de discursos fuertemente polémicos. Considerábamos que en estos días la atmósfera del país se había caracterizado especialmente por el aspecto alegre y festivo de la visita, quizás también porque la mayoría de la población no percibía el alcance polémico de los discursos papales, pronunciados siempre con un tono pacato y con un lenguaje abstracto. La gente, habíamos podido constatar, quedó impresionada sobre todo por esa figura carismática, por esa persona anciana y enferma, pero al mismo tiempo vivaz y comunicativa, que se había expuesto a un viaje largo y cansado para encontrar al pueblo de Cuba. El sentimiento prevaleciente hacia el papa era  de viva simpatía. Sólo para una minoría, la simpatía hacia el papa estaba asociada a un cuestionamiento  de la revolución. Favorecía el sentimiento de simpatía  también  la convicción de que el papa condenaría el bloqueo norteamericano, cosa que él hizo en su último discurso, con términos inequívocos. Le contamos a Fidel las palabras, emblemáticas en nuestra opinión, de una compañera que entrevistamos en la Plaza de la Revolución después de la misa, la cual había formulado una evaluación sumamente positiva de esta vivencia, concluyendo: ”¡Viva el papa! ¡Viva Fidel!”

            Esta diferenciación de niveles nos había permitido además percibir las diferencias y las semejanzas con la visita del papa a Nicaragua. La principal diferencia consistía en que en Nicaragua esta diferencia de niveles no se dió: a la condena política y teológica de la revolución le correspondió un tono decididamente agresivo y un rostro constantemente enojado. Por lo tanto, esa visita se caracterizó, al interior del país y a nivel internacional, como una confrontación entre el papa y la revolución sandinista; y la iglesia católica local hizo de esa confrontación un arma de su propia guerra fría, tanto a nivel nacional como internacional, en contra de la revolución.

            Nosotros sabíamos que Fidel se había empeñado a fondo en la preparación de la visita papal, también para evitar que se desarrollara de manera análoga a la de Nicaragua. Insistió para que el pueblo cubano diera una muestra de madurez recibiendo calurosamente a su Huésped y escuchándolo  respetuosamente aún cuando  dijera cosas desagradables.. Tras finalizar la visita, Fidel tenía razón de sentirse orgulloso del  éxito obtenido.

            Siguiendo en nuestra evaluación, nosotros  preveíamos  que a largo plazo los discursos polémicos papales adquirirían un relieve prevaleciente: la iglesia local los valoraría aprovechándolos como bases de su catequésis y de su lucha por la egemonía. Esta previsión  fue decididamente confirmada por la declaración  que el papa, una vez regresado a Roma, hizo hablando a un grupo de peregrinos polacos, a los cuales dijo sustancialmente: “La visita a Cuba me ha recordado mi primera visita a Polonia; y espero que produzca frutos parecidos”.

            Que el derrumbe del comunismo fuera el objetivo a largo plazo de su visita a Cuba, como de todo su pontificado, era evidente desde un principio para los que conocemos su pensamiento. Pero con esa declaración, él revelaba  además sus objetivos a mediano plazo, brindando una nueva clave de lectura tanto de la visita en su conjunto como de cada uno de sus discursos. Para él, no se trataba  solamente de fortalecer  la iglesia local, sino de contribuir directamente al derrumbamiento del régimen: por supuesto ¡sin meterse en política!

            Esta explicitación de sus objetivos  obliga también a reducir  la importancia que muchos observadores y las mismas autoridades cubanas le atribuyeron al tono pacato con que se expresaron el papa y casi todos los obispos, interpretándolo como la expresión de una nueva apertura al diálogo sobre temas concretos. De lo que se trataba en realidad, era de una nueva táctica de lucha, considerada hoy más eficaz.

            Además, tomando en cuenta la estrecha colaboración que a lo largo de los meses pasados se dio entre el Vaticano y la iglesia católica local, se puede legítimamente deducir que, también para ella, éste era y sigue siendo el objetivo a medio plazo de la visita papal y de su acción pastoral. La reciente declaración nos permite entender mejor el significado de esa “esperanza” a que hacía referencia la iglesia al anunciar la llegada del papa como “mensajero de verdad y esperanza.”

            Al leer, a la luz de esta última declaración, las palabras con que Fidel Castro se despidió del papa, uno se queda chocado: “Era cruelmente injusto - había dicho  indignado el comandante- que Su viaje pastoral fuese asociado a la mezquina esperanza de destruir los nobles objetivos y la independencia de un pequeño país, bloqueado y sometido a una verdadera guerra económica desde ya  casi 40 años.” Entonces, esta interpretación “cruelmente injusta” era objetiva. Estas “mezquinas esperanzas” eran y son las del papa; eran y son las de la iglesia local.

La visita del papa y el proceso de rectificación de la revolución

            Le dijimos al comandante que nosotros veíamos en la visita del papa y en la acogida que la revolución le reservó un hecho decididamente nuevo, que se debe inscribir en el proceso de “rectificación” (es decir, de autocrítica y renovación iniciado por la revolución, y en primer lugar por el propio Fidel, a mediado de los ochenta); proceso que nosotros considerábamos muy importante para diferenciar el socialismo cubano del modelo soviético y para comprender por qué, en medio del derrumbe generalizado del comunismo europeo, no se realizó el esperado derrumbamiento del comunismo cubano.

            En el discurso de clausura de la asamblea nacional del Poder Popular, pronunciado el 13 de diciembre de 1997, Fidel había recordado, en preparación a la visita del papa, dos etapas importantes de la rectificación en el terreno religioso: la reforma llevada a cabo en 1992 de la Constitución de 1975, y que había marcado  la transición  de un estado materialista ateo a un estado laico; y la decisión tomada por el IV Congreso, en 1994, de abrir el partido comunista a los creyentes.

            Hemos  destacado la diferencia  sobre este punto entre una revolución capaz de reconocer y corregir sus errores y una iglesia local convencida, según la explícita declaración del cardinal Ortega, de que ella no tiene nada que reprocharse.

            Sin embargo en este contexto, nos quedamos  francamente sorprendidos por las palabras de Fidel en su discurso de bienvenida, cuando él dijo que “si en las relaciones entre la iglesia y la revolución han surgido dificultades, no ha sido nunca culpa de la revolución”. Frei Betto le recordó a Fidel que en el curso de su entrevista, él había reconocido los errores cometidos por la revolución en el terreno de las relaciones con la religión: es decir, cuando los creyentes, inclusive los creyentes revolucionarios, se sintieron discriminados, y  lo fueron realmente.

            También reflexionamos sobre el significado de los aplausos que siempre habían suscitado las críticas del papa a la revolución. En nuestra opinión, esos aplausos no debían subestimarse, aunque fueran la expresión de una minoría, ya que ellos revelaban un descontento más difundido y más profundo de lo que pensábamos. Aunque, probablemente, sólo en unos pocos casos este descontento implicaba un rechazo del proyecto socialista y un deseo de restauración capitalista.

            De ello deducimos la necesidad de que al interior de la revolución y del partido se abran mayores espacios de debate y de crítica, para evitar que esas expresiones de descontento tuvieran que refugiarse en  las instancias de la iglesia católica. También desde este punto de vista, nos parecía, la visita del papa  podría convertirse  en un momento de la rectificación.

Fidel y el papa: relaciones personales de simpatía y aprecio mutuos

            Avanzando en nuestro análisis, manifestamos  que en las complejas relaciones de Fidel con el papa nos había parecido percibir la expresión simbólica de toda la visita y de las contradicciones que la  habían caracterizado: por un lado, un conflicto abierto en el terreno de las ideas, honestamente reconocido por las dos partes (casi estaba diciendo, por los dos frentes); por otro lado, relaciones personales marcadas por  simpatía y estima mutua.

            Fidel confirmó decididamente nuestra impresión multiplicando, con sinceridad evidente, las muestras de aprecio hacia la persona de Juan Pablo II: su calidad y sensibilidad humana, su consecuencia y combatividad, su coraje y tensión moral, su carisma, sus capacidades de comunicador. Es cierto, nos aseguró ,que, a pesar de las diferencias de ideas, se instauró entre nosotros una corriente real de simpatía y de afecto; y eso me llevó a preocuparme por las condiciones físicas del papa, sometido durante esos días a un esfuerzo extraordinario; me preocupé que pudiera pasarle algo al bajar o subir la escalerilla del avión. Esta simpatía de Fidel hacia la persona del papa se vislumbra también en su esfuerzo,del cual vamos a tratar más adelante, para explicar, analizando el contexto polaco, las razones de su anticomunismo .

Una profunda contraddición entre dos culturas: la de la revolución y la de la cristiandad

            Naturalmente, nuestra atención y la de Fidel se concentraron sobre la contraposición entre el pensamiento del papa y el de la revolución: contraposición cuya importancia es hoy acrecida por las declaraciones romanas que acabamos de señalar.

            Para el comandante como para nosotros, era claro el significado fundamental que, en la caracterización de dicha contraposición, asumían las dos opuestas evaluaciones de la conquista. Fidel, asumiendo el punto de vista de los indígenas rebeldes, denunció ya en su discurso de bienvenida, aquella empresa como el exterminio de las poblaciones originarias. Por el contrario, el papa, más cercano al punto de vista de los conquistadores, se refirió constantemente a aquella empresa exaltándola como el momento en que la cruz de Cristo fue plantada y su luz empezó a iluminar la isla y el continente.

            Por lo tanto, mientras que, en la perspectiva de Fidel, la revolución está empeñada en instaurar una lógica alternativa a la de la conquista, el papa exaltaba la continuidad entre la iglesia de hoy y la iglesia de los orígenes, entre la “nueva evangelización” y “la evangelización fundante”, y luchaba para restaurar la sociedad cristiana, indicando en la “luz de Cristo”, es decir, en una reconquista de la hegemonía por parte de la iglesia católica, el único camino para  solucionar  los problemas del país y del mundo.

            Resulstaba  claro para nosotros que la contraposición entre la cultura de la revolución y la cultura de la cristiandad había caracterizado cada uno de los discursos del papa; y a ella  se había referido  el comandante en su discurso de despedida diciendo “Por todas sus palabras, aun aquellas  con las cuales  pueda estar en desacuerdo, le doy las gracias”.

La ideología de la cristiandad determina una lectura  reductora e injusta de la historia,  la cultura y  la religiosidad cubanas

            Estuvimos de acuerdo de que buscar las raíces de la nación cubana en el cristianismo de la conquista, y sobre todo considerarlo como la fuerza propulsora de los procesos de liberación, constituye una grave tergiversación de la historia; asimismo, atribuirle a la iglesia un papel protagónico en estos procesos, evitando toda alusión a sus alianzas con los conquistadores, los colonizadores, los esclavistas y los otros poderes opresores, especialmente con la dictadura de Batista.

            Su ideología ,notamos, lleva el papa a idealizar el pasado cristiano, por ejemplo el de la moral, de la familia, de la educación; y a evitar cualquier alusión al papel  de la tradición laica y marxista en la historia y la liberación del país. A la revolución, además, no le reconoce ningún mérito, a excepción de una tímida alusión, al dirigirse al “mundo del dolor”, al “esfuerzo” hecho (no a los logros alcanzados) en el terreno de la salud. Aún más evita cuidadosamente, durante los cinco días de su visita,  pronunciar la palabra “revolución”, inclusive cuando se  refiere  a la “plaza de la revolución José Martí”, donde iba a celebrar la misa.

            Su definición de la cultura, según la cual toda cultura es “en su núcleo más íntimo religiosa y cristiana”, lo lleva a concentrar la valoración de la cultura cubana en las figuras de los cristianos Felix Varela y José Martí, y a borrar los últimos cuarenta años de historia. Proclamando además (con una cita de Antonio Maceo, cuya autenticidad muchos cuestionan) que “quien no ama a Diós, no ama a la patria”, el papa convierte ese silencio en una condena. En este contexto, Varela y Martí, que la revolución considera como sus grandes inspiradores, se convierten  en fautores de la restauración cristiana  auspiciada por la iglesia.

            Sobre la base de una visión tan reductora, el papa denuncia ,en el discurso dirigido a la conferencia episcopal , “algunas concepciones reduccionistas que intentan situar a  la Iglesia católica al mismo nivel  de ciertas manifestaciones culturales de religiosidad, al modo de los cultos sincretistas, que, aunque  merecedores de respeto, no pueden ser considerados como una religión propiamente dicha, sino como un conjunto de tradiciones y creencias.” Se trata de una descalificación que golpea probablemente  a la mayoría de los cubanos, cultores en distintas formas de las religiones de origen africano, obligadas por la persecución eclesiástica a refugiarse en el sincretismo.

¿Convergencias entre las preocupaciones de la revolución

  y el magisterio de Juan Pablo II?

 

            La profundidad de estas contradicciones,le dijimos a Fidel, suscita en nosotros algunas perplejidades con relación a sus esfuerzos por descubrir y valorar convergencias entre el magisterio del papa y las preocupaciones de la revolución, entre el angel y el diablo de los pobres; y también por percibir alguna evolución en este magisterio después del derrumbe del comunismo europeo. Uno de nosotros le dijo que, al leer su largo discurso televisivo en defensa del papa, pensó  que éste se pudiera titular: “la historia lo absolverá”.

            Nuestras perplejidades,le dijimos, nacen también del hecho que, debido a la radical contraposición entre la cultura de la revolución y la de la cristiandad, términos comunes a una y a otra, como “amor”, “civilización del amor”, “opción por los pobres”, “valores morales”, “espiritualidad”, “solidaridad”, “paz”, “liberación”, “derechos humanos”, etc. acaban por tener sentidos muy distintos. Eso ciertamente no excluye la posibilidad y la necesidad de colaborar en el terreno práctico; pero hace muy difíciles, y tal vez imposibles, las convergencias en el terreno ideal, ético y político, auspiciadas por el comandante. Además, a su esfuerzo por identificar terrenos de encuentro , nunca  correspondió, por parte del papa,  el reconocimiento de convergencias, aunque sólo sobre puntos particulares, entre la doctrina social cristiana y los combates de la revolución.

            Esta diversidad de actitud entre Juan Pablo II y Fidel surge de sus respectivos presupuestos teóricos. Según Fidel, las profundas diferencias que existen entre él y el papa en el terreno filosófico y religioso no excluyen una convergencia, teórica y práctica, en el terreno moral y social. A Juan Pablo II, en cambio, le resulta difícil, de acuerdo con su teología de la cristiandad, reconocer como auténticos  valores morales y sociales que no tengan un fundamento religioso.

            Fidel nos explicó cómo, por lo que a él se refiere, había llegado a estas conclusiones después de largas lecturas de los documentos eclesiásticos de los últimos años, de los del papa y los del episcopado latinoamericano, hasta los del sínodo de las Américas, en los cuales le impactó la resonancia de temas que eran otrora propios de la teología de la liberación; y en particular, el proyecto de una “globalización de la solidaridad”, que él interpreta como una nueva formulación del internacionalismo. Es difícil encontrar un problema social ,dijo, de los  que preocupan a la América Latina, a Africa y a todo el tercer mundo, que no haya sido afrontado por el papa: él se ha convertido en un crítico implacable del neoliberalismo y de la globalización neoliberal.

            Es significativo que en este esfuerzo de acercamiento a la iglesia católica, Fidel haya buscado y encontrado un sólido fundamento en los documentos papales y en los del episcopado latinoamericano, pero no en los de la iglesia local: él percibe, en efecto, en el terreno del compromiso social e internacional, una marcada distancia entre las posiciones del Vaticano y las de la iglesia cubana. Esta diferencia también se refiere a las relaciones políticas y diplomáticas con el Estado revolucionario: éstas siempre fueron excelentes con el Vaticano, también por mérito de algunos nuncios, entre los cuales Fidel nombra con especial simpatía a Mons. Zacchi; menos buenas, al contrario, y a menudo conflictivas, con la iglesia local.

            Fidel también insistió en las razones pedagógicas de sus estudios: para garantizar el éxito de la visita papal, un éxito que no fuera meramente formal, sino fundado en las convicciones de la gente, de los católicos y los no católicos, de los creyentes y los no creyentes, era necesario que la población no viera en el huésped a un enemigo, al angel exterminador del comunismo, sino que lo recibiera con estima y simpatía.

Juan Pablo II, ¿“angel exterminador” del comunismo?

            También por esta razón, Fidel había  dedicado  una parte de su intervención televisiva para confutar la tesis muy difundida, según la cual Juan Pablo II era y sigue siendo el “angel exterminador” del comunismo; es decir , que él había provocado con su acción el derrumbe del comunismo europeo. Tesis de la cual muchos dedujeron que la visita papal se  convertiría en algo trágico para la revolución cubana, una “espada de fuego” que liquidaría el socialismo y el comunismo.

            Conversando con nosotros, Fidel confirmó su convicción, según la cual las razones principales del derrumbe del comunismo se deben buscar al interior del campo socialista europeo, en los graves errores cometidos por los mismos dirigentes comunistas, y especialmente por Gorbachov. El papa ,repetía  Fidel- no era el secretario general del partido comunista soviético, ni era un dirigente del campo socialista o del CAME (es decir, el mercado común de los países socialistas).

            Los análisis de los errores del socialismo, que Fidel hizo durante su entrevista televisiva y que  recordó durante el intercambio con nosotros, fueron mucho más profundos y radicales, especialmente con respecto a Polonia, el contexto donde el papa se formó y donde maduró sus convicciones anticomunistas. Fidel trató de explicar porqué una persona del nivel intelectual, espiritual y moral de Karol Wojityla, se sintió obligada a combatir el comunismo. Para entenderlo, dijo, tenemos que partir de la verdad histórica. ¿Qué cosa era el comunismo en Polonia? Era un sistema impuesto por las tropas soviéticas de ocupación, hacia las cuales, también por las atrocidades que habían cometido, los polacos tenían fuertes razones de resentimiento; un sistema impuesto por el extranjero a un pueblo profundamente nacionalista y antiruso; a un pueblo católico en un 93%, en el cual la iglesia y la nación nacieron juntas; a un pueblo en el cual las condiciones objetivas y sujetivas para construir el socialismo no existían, y portanto el estado socialista fue instaurado sobre la base de un marxismo-leninismo dogmático. La rebelión popular a este tipo de socialismo , parecía decir Fidel ,era legítima y debida..

            Analizando y criticando el comunismo polaco, Fidel explica las razones por las cuales la acción del papa y la del imperialismo fueron tan eficaces: en otras palabras, él vincula la eficacia de dichas intervenciones a la fragilidad de esos sistemas socialistas, que no contaban con un consenso popular.

            Algunos cardenales del séquito del papa le habían dicho  a Fidel que ellos no compartían su análisis del derrumbe del comunismo europeo, porque le sustrae al papa el mérito histórico de haberlo provocado. Pero, formulando ese análisis ante el país y el mundo, Fidel quería evitar que los comunistas cubanos percibieran al papa como un enemigo. También quería explicar por qué, cuando tomó la decisión de invitarlo y de correr este riesgo, se sentía seguro de que la visita del papa a Cuba no produciría efectos análogos a los producidos en Polonia.

            Sin embargo, la dificultad de  comunicación con el papa viene de que él le aplica a Cuba esquemas de interpretación formados en Polonia, apoyado en esta perspectiva por las informaciones que le proporcionaron los obispos cubanos. La comparación que el papa hizo en Roma entre su viaje a Cuba y su viaje a Polonia confirma que él no percibió las diferencias entre las dos situaciones.

Juan Pablo II, ¿el más fuerte dolor de cabeza del imperialismo?

            Le preguntamos a Fidel si después de esta visita él seguía  pensando que el papa representa el más fuerte dolor de cabeza del imperialismo. Uno de nosotros le dijo que, en su opinión , se trata de un dolor de cabeza que se cura con una aspirina.

            Sin embargo, Fidel insistió en la idea de que muchos de los planteamientos  actuales del papa le resultan decididamente molestos al imperialismo: como por ejemplo, su crítica al bloqueo, a la deuda externa, a la carrera armamentista,a las armas nucleares, al neoliberalismo, a la dictadura del mercado, a la guerra de agresión y de conquista, etc.  Le impresionaba, nos dijo,  el hecho de que en muchas sedes internacionales  solamente la voz de Cuba y la del papa, en sustancial coincidencia, levantaban determinados problemas: como pasó, por ejemplo, en Roma en la conferencia internacional de la FAO, cuando él se reunió con el papa por primera vez.

            Sin embargo, en cuanto a las críticas al sistema por parte del papa, críticas cada vez más frecuentes en los últimos años, hemos destacado que ellas no golpean el capitalismo como tal, sino el capitalismo “salvaje” (suponiendo que exista otro); no golpean el liberalismo, sino el neoliberalismo. En cambio, el comunismo fue y sigue siendo condenado no por sus desviaciones sino por su esencia, por ser “intrínsecamente perverso”. Nosotros pensábamos, y se lo dijimos al comandante, que una crítica tan moderada del sistema representa en último término  un aporte a su razionalización más que a su superación.

            Nos pareció que él compartía esta evaluación, pero que sin embargo consideraba importante, en la lucha ideológica contra el liberalismo y el capitalismo, valorar los argumentos sustentados por la autoridad del papa.

La iglesia católica ¿es mayoritaria en Cuba?

            Una diferencia significativa de análisis que hemos notado entreFidel y el papa se refiere a la consistencia numérica de la iglesia católica local. El papa habló en Cuba como jefe de la religión en la cual la nación encuentra sus raíces, que fue protagonista de sus procesos de liberación, y también que es  ampliamente mayoritaria. Lo hizo basándose en las informaciones suministradas por los obispos: éstos, en el documento del  ENEC (Encuentro nacional eclesial cubano) publicado en 1986, consideraban católico a un 70% de la población cubana. El despertar religioso que ha caracterizado los últimos años los ha llevado sin duda a hacer todavía más optimistas sus estimaciones.

            La convicción de estar hablando en el nombre de una iglesia mayoritaria, y perseguida como la polaca, ha llevado el papa a dirigirse  constantemente a todo el pueblo cubano, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes; a  pensar que la iglesia católica puede considerarse madre y maestra de todos y puede hablar en nombre de todos, interpretando sus exigencias y aspiraciones.; lo ha llevado a afirmar que, defendiendo su libertad y sus derechos, la iglesia católica defiende la libertad y los derechos de todos los ciudadanos. Una actitud que ha suscitado alguna irritación, por ejemplo entre los protestantes. Sobre este concepto, además que sobre la teología de la cristiandad, se fundan asimismo las reivindicaciones, por parte de la iglesia católica, de espacios privilegiados con respecto a las otras religiones, y especialmente con respecto a las religiones afrocubanas, a las cuales la iglesia católica, como ya hemos recordado,  les niega la misma calidad de religión.

            El análisis de Fidel es diferente. El no reconoce el papel que la iglesia católica se atribuye en el surgimiento de la nación cubana y en su proceso de liberación. En el discurso de bienvenida en el aeropuerto, más bien le recordó al papa, evocando su experiencia de estudiante, el carácter racista y clasista que tenían en Cuba las escuelas católicas y por tanto el modelo de iglesia que la conquista y la colonización habían impuesto al país. Tampoco Fidel  reconoce el carácter mayoritario de la iglesia católica en Cuba: más bien piensa que, al triunfo revolucionario, ella era la religión de una minoría rica; que era totalmente ausente en el campo y en los barrios populares de las ciudades; y que gran parte de sus fieles se fueron del país. Además, apoyándose en investigaciones realizadas por organismos científicos cubanos, él considera que la religiosidad difundida en el pueblo se expresa de formas sumamente diversificadas y que la mayoría de los cubanos, aunque sean creyentes, no se identifican con ninguna institución religiosa particular.

            Por estas razones, además que por el respeto debido a la naturaleza laica del Estado, Fidel excluye que en el futuro la iglesia católica pueda gozar de un trato privilegiado respecto a las otras confesiones y religiones; excluye también que los espacios abiertos para la iglesia católica en ocasión de la visita papal tengan que  ser reconocidos en un plano estable.

            A las preguntas que le hemos hecho sobre el futuro de las relaciones entre la iglesia católica local y la revolución, como sobre los cambios que la visita del papa podría producir en el país, Fidel siempre contestó en términos problemáticos: todo depende, dijo, de la actitud que asumirá la iglesia y de las consecuencias que ella sacará de la visita del papa. Es éste ciertamente uno de los puntos de divergencia entre las partes. La iglesia católica formula sus reivindicaciones basándose en el derecho que le confieren, a su juicio, tanto su misión divina como su condición de religión mayoritaria. En cambio, el gobierno revolucionario sabe por experiencia pasada que los espacios ocupados por la iglesia católica en Cuba fácilmente se convierten en el refugio de la oposición política: porque la ”evangelización”, desde la conquista hasta hoy, nunca ha sido políticamente neutral.

            Sin embargo, prescindiendo del problema de la representatividad o menos de la iglesia católica, en la conversación con nosotros sobre las intervenciones del papa en el curso de su visita, Fidel reconoció que él había levantado algunos problemas reales, como el del aborto, de la instabilidad familiar, de la separación de los hijos de sus padres por motivo de estudio o de trabajo, etc. Sin embargo, él niega que en Cuba estos problemas sean más agudos que en otros países; al contrario, a propósito de algunos de ellos, como en el caso del aborto, el comandante piensa que en Cuba el alcance del problema  se está reduciendo fuertemente. El considera además que determinadas dificultades, presentes  en cualquier parte del mundo, cuando surgen en Cuba  se ponen  en la cuenta de la“ideología”, con la cual en realidad no tienen nada que ver. Añadió que, de todos modos, la revolución apreciaría mucho un aporte ético de parte de las iglesias y de las otras religiones en la búsqueda de soluciones a estos problemas (en términos de colaboración y no de polémica).

            Considerándose como la intérprete de las aspiraciones del pueblo cubano, la iglesia católica, a través de los discursos de Juan Pablo II, se ha apropiado y ha lanzado polémicamente algunos temas que están en el corazón del proyecto revolucionario: como los del pueblo protagonista de su destino,  de la liberación,  de la soberanía nacional,  de la solidaridad,  del amor, e los derechos humanos, de la unidad nacional,  de la reconciliación, etc. Hemos subrayado que, en esta nueva etapa de la lucha ideológica inevitablemente suscitada por la visita del papa, la revolución tendría que reafirmar la centralidad, quizás algo ofuscada, de estos temas en su proyecto y en su práctica. Fidel escuchaba y asentía.

Conclusión: marxistas y cristianos para una alternativa a la globalización neoliberal

            La importancia que Fidel le quiso atribuir a nuestra reunión y la atmósfera de amistad en la cual se ha desarrollado, han confirmado en nosotros la convicción del valor que él le atribuye a la teología de la liberación y al aporte ético, cultural y político que ella le puede ofrecer a la revolución en esta fase de crisis de valores. El encuentro nos ha alentado a no abandonar nuestras hipótesis de trabajo, hoy día completamente fuera de moda y ridiculizadas por el pensamiento único dominante, sobre la confluencia entre un marxismo humanista y crítico y un cristianismo liberador;  confluencia fundada en la toma de partido que nos pone  al lado de los excluídos y de su derecho a la vida. Aun más, nos ha estimulado a profundizar y renovar nuestras hipótesis de acuerdo al nuevo contexto internacional para elaborar un proyecto de civilización alternativo a la globalización neoliberal, un proyecto fundado sobre la globalización de la solidaridad.

            A mí en lo personal, este encuentro me ha recordado un rápido intercambio de opiniones que tuve con el comandante hace algunos meses, durante el festival internacional de la juventud. “Yo pienso, le había dicho, que hoy más que nunca existe una convergencia entre el futuro de la revolución y el futuro del cristianismo.” Tras un instante de silencio, él había contestado, destacando las palabras “Yo comparto plenamente este punto de vista; hace mucho tiempo que yo pienso esto.”



[i] Ho ritrovato il testo inviatomi a suo tempo dal caro Giulio Girardi, recentemente scomparso e non facilmemente dimenticabile. Una traduzione era apparsa anche sul Manifesto, ma non sono stato in grado di rintracciarla. Credo sia sempre di grande interesse anche per la comprensione dell’atteggiamento di Fidel Castro. (a.m. 28/3/12)