Movimento Operaio

La pagina di Antonio Moscato

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

Atilio Boron: Uribe

E-mail Stampa PDF

América del Sur

 

Bases militares de EEUU en Colombia

 

El tóxico de Uribe 

 

 

Atilio Boron   

La Haine

www.lahaine.org/
Con traduzione italiana in fondo (dal Manifesto)

 

 

Justificar la escalada de la ofensiva militar del imperio con el propósito de revertir los cambios que en los últimos años alteraron la fisonomía sociopolítica de la región. Ante esta desconcertante realidad la táctica de la Casa Blanca ha sido abandonar la retórica belicista de Bush y ensayar un discurso igualitarista y respetuoso de la soberanía de los países del área, pero desplegando nuevas bases militares, manteniendo a la Cuarta Flota y fortaleciendo sin pausa al Comando Sur.

 

En este sentido Barack Obama, a quien los perpetuamente desorientados “progres” europeos y latinoamericanos continúan confundiendo con Malcom X, está siguiendo al pie de la letra los consejos de Theodore Roosevelt, el padre de la gran expansión imperialista norteamericana en el Caribe y Centroamérica, cuando dijera “speak softly and carry a big stick”, es decir, “habla bajito pero lleva un gran garrote”. Roosevelt fue un maestro consumado en aplicar esa máxima a la hora de construir el Canal de Panamá y lograr, con la infame Enmienda Platt, la práctica anexión de Cuba a los Estados Unidos. Con su política de remilitarización forzada de la política exterior hacia América Latina y el Caribe Obama se interna por el camino trazado por su predecesor.

 

La justificación que Uribe esgrime en apoyo de su decisión de conceder a las fuerzas armadas de Estados Unidos siete bases militares es que de esa manera se amplía la cooperación con el país del Norte para librar un eficaz combate contra el narcotráfico y el terrorismo. Excusa insostenible a la luz de la experiencia: según una agencia especializada de las Naciones Unidas los dos países donde más creció la producción y exportación de amapola y coca son Afganistán y Colombia, ambos bajo una suerte de ocupación militar norteamericana. Y si algo enseña la historia del último medio siglo de Colombia es la incapacidad para resolver el desafío planteado por las FARC por la vía militar.

 

Pese a ello el general Freddy Padilla de León ––quien gusta decir que morir en combate “es un honor sublime”- anunció días pasados en Bogotá que las siete bases estarían localizadas en Larandia y en Apiay (ambas en el Oriente colombiano); en Tolemaida y en Palanquero (en el centro de Colombia); en Malambo (sobre el Atlántico, en la costa norte); en Cartagena, sobre el Caribe colombiano y la séptima en un lugar aún no determinado de la costa del Pacífico. El Congreso de Estados Unidos ya aprobó la suma de 46 millones de dólares para instalar su personal y sus equipos bélicos y de monitoreo en estas nuevas bases con el objeto de reemplazar las instalaciones que tenía en Manta. En la actualidad ya hay en Colombia 800 hombres de las fuerzas armadas de Estados Unidos y 600 “contratistas civiles” (en realidad, mercenarios) pero los analistas coinciden en señalar que la cifra real es mucho más elevada que la oficialmente reconocida.

 

No hace falta ser un experto militar para comprobar que con la entrega de estas bases Venezuela queda completamente rodeada, sometida al acoso permanente de las tropas del imperio estacionadas en Colombia, amén de las nativas y los “paramilitares”. A ello habría que agregar el apoyo que aportan en esta ofensiva en contra de la Revolución Bolivariana las bases norteamericanas en Aruba, Curazao y Guantánamo; la de Palmerolas, en Honduras; y la Cuarta Flota que dispone de suficientes recursos para patrullar efectivamente todo el litoral venezolano.

 

Pero no sólo Chávez está amenazado: también Correa y Evo Morales quedan en la mira del imperio si se tiene en cuenta que Alan García en Perú arde en deseos de ofrecer “una prueba de amor” al ocupante de la Casa Blanca otorgándole facilidades para sus tropas. En Paraguay, Estados Unidos se aseguró el control de la estratégica base de Mariscal Estigarribia –situada a menos de cien kilómetros de la frontera con Bolivia- y que cuenta con una de las pistas de aviación más extensas y resistentes de Sudamérica, apta para recibir los gigantescos aviones de transporte de tanques, aviones y armamento pesado de todo tipo que utiliza el Pentágono. También en ese país dispone de una enorme base en Pedro Juan Caballero, ¡localizada a 200 metros de la frontera con Brasil!, pero según Washington pertenece a la DEA y tiene como finalidad luchar contra el narcotráfico. La amenaza que representa esta expansión sin precedentes del poder militar norteamericano en Sudamérica no pasó desapercibida para Brasil, que sabe de las ambiciones que Estados Unidos guarda en relación a la Amazonía, región que “puertas adentro” los estrategas imperiales consideran como un territorio vacío, de libre acceso, y que será ocupado por quien tecnológicamente tenga la capacidad de hacerlo.

 

Ante estas amenazas los países sudamericanos tienen que reaccionar con mucha firmeza, exigiéndole a Estados Unidos archivar sus planes belicistas en Colombia, desmilitarizar América Latina y el Caribe y desactivar la Cuarta Flota. La retórica “dialoguista” de Obama es incongruente con la existencia de semejantes amenazas, y si quiere lograr un mínimo de credibilidad internacional debería ya mismo dar instrucciones para dar marcha atrás con estas iniciativas.

 

Por su parte, los gobiernos de la región nucleados en la Unasur y el Consejo Sudamericano de Defensa deberían hacer oídos sordos ante las falacias de Uribe y pasar del plano de la retórica y la indignación moral al más concreto de la política, impulsando algunos gestos bien efectivos: por ejemplo, ordenando el inmediato retiro de las misiones militares y los uniformados estacionados en nuestros países mientras no se reviertan aquellas políticas. De ese modo el mensaje de rechazo y repudio al “militarismo pentagonista” -como precozmente lo bautizara un gran latinoamericano, Juan Bosch- llegaría claro y potente a los oídos de sus destinatarios en Washington. Las súplicas y exhortaciones, en cambio, no harían sino exacerbar las ambiciones del imperialismo.

 

----------



LA POLITICA USA IN AMERICA LATINA
Il «big stick» dietro il sorriso

di Atilio Borón


Cosa cercava il presidente colombiano Álvaro Uribe con il suo frenetico giro, chiuso giovedì in Brasile, per 7 paesi dell'America latina? Nient'altro che vendere un assetto tossico, per usare il linguaggio imposto dalla crisi capitalista: giustificare l'escalation dell'offensiva militare dell'impero con l'obiettivo di rovesciare i cambiamenti che negli ultimi anni hanno alterato il profilo socio-politico della regione. Davanti a questa sconcertante realtà, la tattica della Casa bianca è stata di abbandonare la retorica bellicista di Bush e avviare un discorso egualitarista e rispettoso della sovranità dei paesi dell'area, aprendo però nuove basi militari, dispiegando la Quarta flotta e rafforzando senza soste il Comando sud.
In questo senso Barack Obama, che i disorientati «progressisti» europei e latino-americani continuano perennemente a confondere con Malcom X, sta seguendo per filo e per segno i consigli di Theodore Roosevelt, il padre del grande espansionismo imperialista nord-americano nei Caraibi e Centramerica, che usava dire «speack softly and carry a big stick», ossia «parla basso ma porta un grosso bastone». Roosevelt fu un consumato maestro nell'applicazione di questa massima al momento di costruire il canale di Panamá e ottenere, con l'infame Emendamento Platt, la pratica annessione di Cuba agli Usa. Con la sua linea di rimilitarizzazione forzata della politica estera verso l'America latina e i Caraibi, Obama si addentra sulla strada tracciata dal predecessore.
Il pretesto che Uribe presenta per giustificare la sua decisione di concedere alle forze armate degli Stati uniti sette basi militari i Colombia, è che in questo modo s'intensifica la cooperazione con il paese del nord per rendere più efficace la lotta contro il narco-traffico e il terrorismo. Una giustificazione insostenibile alla luce dei fatti: secondo le agenzie Onu, i due paesi in cui è più cresciuta la produzione ed esportazione di papavero da oppio e cocaina sono l'Afghanistan e la Colombia, entrambi sotto una sorta di occupazione nord-americana. E se qualcosa insegna la storia della Colombia nell'ultimo mezzo secolo, è l'incapacità di risolvere la sfida posta dalle Farc attraverso la lotta armata. Nonostante questo, il generale Freddy Padilla de León - a cui piace ripetere che morire in combattimento «è un onore sublime» - nei giorni scorsi ha annunciato a Bogotá che le sette basi saranno localizzate a Larandia e a Apiay (entrambe nell'oriente colombiano), a Tolemaida e a Palaquero (nella Colombia centrale), a Malambo (sull'Atlantico, nella costa nord), a Cartagena (sui Caraibi colombiani) e la settima in un posto non ancora fissato sulla costa del Pacifico. Il Congresso degli Stati uniti ha già approvato il finanziamento di 46 milioni di dollari per installare il suo personale e gli equipaggiamenti bellici e di monotoraggio in queste nuove basi con l'obiettivo di rimpiazzare le installazioni della base di Manta, in Ecuador, di cui il presidente Rafael Correa ha disdetto l'accordo. Attualmente in Colombia ci sono già 800 militari Usa e 600 «contractors», in realtà mercenari, anche se gli esperti concordono che sono in realtà molti di più.
Non bisogna essere esperti militari per verificare che con queste nuove basi il Venezuela si ritrova completamente circondato e perennemente alla mercé delle truppe dell'impero stazionate in Colombia, oltre che di quelle colombiane e dei paramilitari.. A questo bisogna poi aggiungere il sostegno che offrono a questa offensiva contro la rivoluzione bolivariana le basi Usa a Aruba, Curaçao e Guantanamo, quella di Palmarola in
Honduras e la Quarta flotta che dispone di sufficenti risorse per pattugliare le coste venezuelane.
Ma non è solo Chávez a essere minacciato: anche l'ecuadoriano Correa e il boliviano Evo Morales sono nel mirino dell'impero se si considera che il peruviano Alan García arde dal desiderio di offrire «una prova d'amore» all'inquilino della Casa bianca concedendogli facilities per le sue truppe. In Paraguay, gli Stati uniti hanno il controllo della strategica base di Mariscal Estigarríbia - situata a poche centinaia di km dalla frontiera boliviana - che conta con una delle piste d'atterraggio più lunghe del Sudamerica, adatta per ricevere i giganteschi aerei di trasporto dei carri armati, velivoli e armamento pesante di ogni tipo usati dal Pentagono. Sempre in Paraguay dispongono di un'enorme base a Pedro Juan Caballero, a soli 200 metri dalla frontiera con il Brasile, anche se secondo Washington appartiene alla Dea e ha come obiettivo la lotta contro il narco-traffico. La minaccia che rappresenta quest'espansionismo senza precedenti del potere militare Usa in Sudamerica non è sfuggita al Brasile, che sa bene delle ambizioni degli Stati uniti rispetto all'Amazzonia, regione che gli strateghi imperiali considerano, certo non in pubblico, come un territorio vuoto, di libero accesso e che sarà occupato da chi avrà le capacità tecnologiche di farlo.
Davanti a queste minacce, i paesi sudamericani devono reagire con fermezza, esigendo che gli Usa archivino i loro piani bellicisti in Colombia, che l'America latina e i Caraibi siano smilitarizzati e la Quarta flotta disattivata. La retorica «dialoghista» di Obama è incongruente con l'esistenza di simili minacce, e se vuole avere un minimo di credibilità internazionale dovrebbe immediatamente ordinare l'indietro tutta di queste iniziative. Da parte loro, i governi della regione che si riconoscono nell'Unasur (l'Unione delle nazioni sudamericane) e nel Consiglio sudamericano di difesa dovrebbero rifiutare le menzogne di Uribe e passare dalla retorica e indignazione morale al piano più concreto della politica, con alcuni gesti significativi: per esempio ordinando l'immediato ritiro delle missioni militari e dei soldati stazionati nei nostri paesi fino a che quelle politiche non siano cancellate. In questo modo il messaggio di rifiuto e ripudio del «militarismo pentagonista» - come lo battezzò precocemente un grande latino-americano come il dominicano Juan Bosch - arriverebbe chiaro e forte all'orecchio dei suoi destinatari a Washington. Le suppliche e le esortazione, al contrario, non farebbero altro che esacerbare le ambizioni dell'imperialismo.
Sociologo, giornalista argentino
©Pagina12-il manifesto