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Attualità e Polemiche --> Actualidad latinoamericana --> Almeyra: La epopeya cubana de Claudio Katz

Almeyra: La epopeya cubana de Claudio Katz

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di Guillermo Almeyra

Claudio Katz es autor de numerosos y excelentes libros y artículos sobre la economía mundial escritos con un sólido enfoque marxista. Por eso mismo me considero obligado a formular algunas observaciones sobre su artículo “La epopeya cubana” que circuló por las redes sociales e incluso fue elogiado por militantes revolucionarios, trabajo que, en cambio, considero un peligroso traspié histórico, político y teórico - explicable  pero no justificable- por el contagioso atilioboronismo que padece una parte de la  izquierda y de los sectores académicos en Argentina.

A mi juicio, Katz identifica revolución cubana y dirección castrista de la misma, revolución, gobierno y Estado y, por último, Estado y partido. Además, al considerar a Cuba socialista y considerar socialistas a la Unión Soviética stalinista y los países controlados por el stalinismo confunde indirectamente el socialismo con la estatización de los medios de producción y con el reforzamiento de un Estado centralizado burocráticamente, al estilo de la Unión Soviética, cuando el socialismo como lo pensaba Marx sería una “federación de libres comunas asociadas” y la autogestión social generalizada con plena democracia para los trabajadores libremente organizados. En el socialismo los consejos de obreros y campesinos construyen desde abajo un Estado democrático de transición que impida la creación de aparatos burocráticos y vaya debilitándose y desapareciendo en un período prolongado cuya duración dependerá de la eliminación del poder burgués en cada vez más regiones del mundo y también del aumento de la cultura y  la capacidad de  autoadministración de los productores libres y de la superación gradual de las desigualdades entre el trabajo manual y el intelectual, la creciente igualdad de género y la eliminación de los valores burgueses (egoísmo, hedonismo, autoritarismo y un largo etcétera), sustituidos por la solidaridad y el internacionalismo.

Pero, en mérito a la brevedad, vamos a los que considero principales errores.

En primer lugar, la revolución cubana no fue socialista sino una revolución democrática antiimperialista con vasto apoyo popular dirigida por jóvenes revolucionarios antibatistianos.

Fidel Castro no era socialista ni marxista sino un dirigente radical del Partido Ortodoxo, influenciado por el guiterismo y, como dirigente estudiantil, había combatido sin tregua contra el PSP (el partido Comunista cubano de entonces). Sólo Raúl Castro se había formado en las filas del PSP. El Che Guevara apenas iniciaba en México sus lecturas marxistas y creía aún que Stalin y la URSS eran socialistas y un modelo a seguir. Camilo Cienfuegos era anarquista. Las reivindicaciones de  los revolucionarios eran democráticas avanzadas y los obreros y campesinos que los siguieron lo hicieron exigiendo tierra, justicia, libertad y para poner fin al terror estatal y a la corrupción. Estados Unidos, que quería desembarazarse del sargento Batista, creyó por eso que podría utilizar a Fidel Castro (entrevista al NYT) y en la lucha antibatistiana estaban desde los seguidores del ex presidente Prío Socarrás hasta sectores estudiantiles cristianos democráticos pasando por diversos políticos liberales y jóvenes militares democráticos. La Unión Soviética y los partidos comunistas de todo el mundo, supuestamente socialistas, consideraban que el ataque al Moncada y después las guerrillas en Sierra Maestra eran simplemente acciones de “pequeños burgueses aventureros” (PC argentino). Cuando en 1957 o sea dos años antes de la entrada en La Habana creamos en Argentina un Comité de Apoyo a la Revolución cubana con la Juventud Socialista y grupos estudiantiles (del cual yo era el Secretario General) el PC argentino no participó en él y Palabra Obrera, órgano del morenismo, entonces integrado ideológicamente en el peronismo, atacaba a Fidel Castro como “gorila” y defendía a Batista y a Trujillo, amigos de Perón, frente a lo que creía una acción proimperialista mientras  la IV Internacional trotskista, por su parte, ignoraba el proceso revolucionario en Cuba que le aparecía como indefinido.

Fue la incorporación masiva al M 26 y a la lucha de obreros y campesinos lo que radicalizó y  comenzó a seleccionar los dirigentes, llevó a una ruptura del PSP cubano y a la incorporación  a la guerrilla de un sector comunista y, sobre todo, lo que estableció la relación de fuerzas entre las clases que, después del triunfo en enero de 1959, respaldó a los revolucionarios antiimperialistas radicales y mandó a Miami a los dirigentes burgueses de la revolución.

Fue el ataque del imperialismo lo que llevó a Fidel Castro a responder estatizando las propiedades  estadounidenses y, pocos años después, obligó a la URSS a reconocer con retardo una revolución que no había deseado ni ayudado a triunfar y que había combatido.

Fue el ataque imperialista pero sobre todo el salto de conciencia de los trabajadores cubanos lo que profundizó la revolución democrática impulsándola hacia la construcción del socialismo, en Cuba y en el mundo, y llevó a emigrar a los burgueses y sus seguidores. Después, los partidos revolucionarios se unificaron y terminaron formando un nuevo Partido Comunista que en sus comienzos debió depurarse de los stalinistas que querían controlarlo con la ayuda de las embajadas de los países “socialistas” (proceso contra Escalante y su  microfracción).

Este proceso antiimperialista democrático radical sentó las bases para la transformación de la mayoría del pueblo cubano, que nunca había sido anteriormente socialista, en constructor de algunas de las bases del socialismo. Las masas de América Latina se reconocieron entonces en esa revolución y comenzaron también a reconocer la dirección de la misma, que durante un primer e importante período no confiaba en la URSS ni dependía de ésta. Eso hizo en efecto que se produjera una radicalización y crisis en los partidos socialistas y comunistas, los cuales se fragmentaron y entraron en su declinación final así como también una fuerte radicalización socialista en partes importantes de las juventudes, sobre todo urbanas que cambió toda la situación en nuestro continente

Pero en Cuba, contrariamente a lo que cree Katz, no hubo ni hay un “proceso socialista” en el sentido de un proyecto inicial que avanza con altibajos. Sí existe, en cambio, la lucha -aún en curso y aún no resuelta- de una parte importante del gobierno revolucionario, del PC cubano y del pueblo de Cuba por construir las bases del socialismo, tarea que todos saben hoy que no se podrá  realizar sin apoyarse en un proceso revolucionario anticapitalista mundial.

Ese sector dominante del gobierno no  construyó tampoco desde el comienzo “un esquema económico-social no capitalista” sino que hizo frente valientemente –y empíricamente-  a las medidas del imperialismo (que buscaban y  buscan desarrollar en Cuba,  para asfixiar la revolución, la escasez, la burocracia, el verticalismo en el mando, la militarización de una parte muy grande de la juventud). A pesar de la dependencia del mercado mundial capitalista, ese grupo trató de encontrar resquicios, apoyándose en la URSS y en COMECON,  para edificar un capitalismo de Estado y para combatir la reconstrucción de una clase capitalista nacional ligada al imperialismo, combatiendo burocráticamente a la burocracia y la corrupción que fomenta el bloqueo estadounidense y el mercado mundial capitalista, en el cual está insertada Cuba.

Una vez derrumbado sin lucha el régimen burocrático del “socialismo real” que imperaba en la URSS y en los países dirigidos por el stalinismo Cuba resistió, a diferencia de los países de Europa oriental donde la burocracia “socialista” se hizo inmediatamente burguesa, no porque era “socialista” sino porque el Estado- y el gobierno- contaban con el consenso que les daba sobre todo el sentimiento democrático antimperialista, ese hilo rojo presente en toda la historia cubana.

Otra cosa: La URSS no tuvo, como dice Katz, “dificultades para cortar los lazos con el mercado mundial” sino que estaba integrada en éste de un modo particular y las ideas del “mercado mundial” formaban a la burocracia dirigente: por eso cayó sin resistencia alguna, ni siquiera la de un PC burocratizado que tenía 18 millones de miembros.

Además ni las reformas de Liebermann en la URSS, ni la política de los dirigentes “comunistas” en Hungría, ni el funcionamiento de la economía yugoslava, con su autogestión falsa sometida a la dirección centralizada del Estado-Partido (en la que el Estado, de funcionamiento burgués, dirigía un Partido burocrático que tenía valores  burgueses pero no era burgués), pueden ser un modelo para Cuba, como lo demuestra, entre otras cosas, el estrepitoso fracaso de todas esas políticas.

Porque el problema principal no son las imposiciones del atraso y lo reducido de la población cubana ni el bloqueo de años: es la orientación política de la dirección política y económica central. Ésta siempre identificó el Partido con el Estado y sometió a aquél a las necesidades de éste, que se ve obligado a  actuar en el mercado mundial capitalista y en las relaciones estatales intercapitalistas y reproduce las relaciones y los valores capitalistas en un proceso revolucionario que evoluciona en cambio según los vaivenes del enfrentamiento mundial entre los explotados y los explotadores y las relaciones de fuerzas sociales cambiantes en escala mundial.

Además, el intento voluntarista de lograr una zafra azucarera de 10  millones de toneladas desordenó toda la economía y, como el trabajo voluntario, de muy baja productividad aunque de importancia político-moral, no fueron, como sostiene Katz, “paliativos” a una línea verticalmente centralizada que sustituía con directivas del aparato estatal la libertad de organización y la autoorganización de los trabajadores. Por el contrario, convertidos ya desde los primeros años de  la revolución los sindicatos en meras correas de transmisión del Partido único el cual estaba orientado por las necesidades imperiosas de un Estado que sigue siendo burgués y combatida la autoorganización y la autogestión obreras, impuesta la aberración del partido único de modelo stalinista todo pasó a depender de la comprensión y hasta de los caprichos de una dirección que sin duda era revolucionaria pero no era marxista y cuyo internacionalismo era un apoyo de Estado a Estado, no a procesos revolucionarios salvo en caso excepcionales (el apoyo a Argelia en la guerra con Marruecos, por ejemplo, o la acción de los médicos cubanos en Africa Occidental  contra el ébola).

Claudio Katz hace también una caricatura de las posiciones fundamentales que se enfrentan hoy en Cuba. No son tres –la continuista, la de los que aspiran a aspiran a convertirse en capitalistas, como sucedió con los burócratas stalinistas de los países de Europa oriental y con los chinos, la dogmático-ortodoxa a la que critica largamente con toda razón, y la que pediría inmediatamente una revolución socialista mundial que supuestamente resolvería todo pero que, evidentemente, es imposible en las condiciones actuales.

Existe otra, minoritaria y difusa en la que desde hace decenios me inscribo y con la cual colabora, que propone una política revolucionaria y autogestionaria que no ignora la realidad de los problemas y de las imposiciones del mercado y hace críticas propositivas. La primera, esquematizando, se apoya en el poder, en el aparato del ejército, en la mayoría del partido. La segunda anida, como en Venezuela, en la burocracia, entre los cínicos y desmoralizados y los tecnócratas. La tercera es deleznable como fuerza. Pero la última, autogestionaria, que Claudio calla, no porque aunque pequeña y no muy homogénea, serpentea entre una parte importante de los intelectuales revolucionarios comunistas o anarquistas y está atenta a lo que se escribe sobre Cuba en el exterior.

¿Quién puede negar la necesidad de apoyarse en la entonces Unión Soviética para reducir el costo del bloqueo estadounidense? ¿Pero era necesario decir que Brezhnev era un gran marxista, apoyar la invasión a Checoeslovaquia en 1968 o considerar que los consejos obreros húngaros o la movilización de la clase obrera polaca en 1980 estaba instigada por la CIA? ¿Quién podría oponerse a la intervención revolucionaria en Africa? ¿Pero era necesario apoyar al sangriento dictador Teodoro Obiang, de Guinea Ecuatorial, declarar gran marxista al somalí Siad Barre, agente de Estados Unidos, sostener la dictadura etíope de Haile Mariam, que oprimía a los eritreos? ¿La necesidad de romper el aislamiento en el campo diplomático latinoamericano imponía necesariamente reconocer el fraude en México y reconocer antes que nadie a Salinas de Gortari en medio de la movilización popular que lo resistía o apoyar como “antiimperialista “al dictador argentino Videla? ¿La necesidad de recurrir al turismo debe por fuerza llevar a construir lujosos campos de golf o marinas exclusivas? ¿No habría que preguntarse sobre los efectos políticos y morales de  esa línea en escala internacional y en la misma Cuba?

Es  cierto que la democracia por sí misma no aporta soluciones (aunque facilita la toma de decisiones justas) y que en Cuba no  hubieron ni gulags, ni asesinatos, ni manicomios para los opositores pero ¿fueron simples “errores” los campos de trabajo forzado para “curar” a los homosexuales, la prisión sin juicio durante años a los trotskistas, militantes de la revolución en Sierra Maestra por “estudiar El Capital sin el permiso previo del partido o la aplicación de la pena de muerte a unos marginales que habían secuestrado un ferry? ¿Discutieron los trabajadores la política económica, o los despidos de millones y las opciones posibles? ¿No es acaso absolutamente necesario y conveniente discutir previamente con los interesados directos- los trabajadores- hasta dónde hacer concesiones, puesto que recurrir al turismo, por ejemplo, aunque muy peligroso, es inevitable, en el campo financiero, de la propiedad inmobiliaria, de las empresas mixtas, etc.?

Cuba vive una NEP, es decir, decir, la coexistencia entre las imposiciones del mercado mundial, del cual depende, y del mercado controlado a escala nacional, por una parte, y los lineamientos (no puede hablarse de plan) del gobierno. La relación de fuerzas es muy favorable a la burguesía mundial y a sus influencia en  la isla y, por consiguiente, el gobierno tiene que tomar medidas que no querría y que le son impuestas (por ejemplo, ¿qué sucederá en esta situación económica mundial con el precio del níquel o con el abastecimiento petrolero venezolano? ¿Cuál será el efecto del levantamiento del bloqueo estadounidense y de la afluencia masiva de viajeros, dólares y compradores que darán una sólida base a la neo burguesía?¿Qué sucederá ahora cuando se multiplicarán por mil y potenciarán los blogs contrarrevolucionarios de miles de  Yoannas? Precisamente por eso la construcción de consenso mediante la democracia autogestionaria estimularía la capacidad de resistencia contra el capitalismo, elevaría la productividad, sería un arma fundamental para reorganizar la economía y crear una base política mayor al gobierno mismo, combatiendo la apatía, la desmoralización, la resignación, sobre todo en los  medios juveniles.

Las medidas burocráticas son insuficientes y muchas veces erróneas. Las cooperativas no son anticapitalistas por sí, se basan en el mercado y en la propiedad privada. Pueden tener más personal y menores costos si son administradas democráticamente por asambleas, pero no reemplazan la autogestión obrera en las empresas del Estado sino que extienden y fragmentan en miles de pequeños dueños la propiedad capitalista y, aunque enseñan a trabajar por el bien colectivo, aíslan y separan a los socios del resto de la población. Conceder mayor autonomía a las empresas y más poderes a los administradores, enseña el caso yugoslavo, lleva al egoísmo de la empresa, a la competencia entre las empresas, a las decisiones autoritarias de los jefes. Si las cooperativas y una mayor eficiencia y productividad de las empresas resultan hoy inevitables e imprescindibles, más imprescindible aún es el control obrero y la participación de la base en la adopción de todas las decisiones.

Esperar el Mesías de la revolución mundial es esperar un milagro salvador sin hacer nada para cambiar la terrible situación en que se encuentra Cuba, con un abastecimiento incierto en combustibles en el caso de una crisis en Venezuela, con un aumento de la temperatura que desertifica las tierras, con huracanes cada vez más fuertes por el cambio climático y en medio de las dificultades graves de la economía rusa y china. Achatarse sobre el pragmatismo y el burocratismo oficiales considerando que son realistas y no tienen alternativa, es esperar pasivamente una crisis política y social profunda que amenazará las conquistas restantes de la revolución. El dogmatismo y la ortodoxia en el fondo ayudan al mercado capitalista que dicen querer combatir. La autogestión social generalizada, manteniendo la NEP, lejos de ser una utopía, es la única salida política-social y económica que permitirá reducir los daños y crear las condiciones para salvar la revolución.       

  



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